jueves, 7 de septiembre de 2017

Del por qué de la música: Los Alcorac´s.







En 1963 aún éramos menores de edad. En Ciudad Jardín disfrutábamos de todas las oportunidades que se nos presentaba para divertirnos; y eran muchas. En nuestras casas los receptores de radio se convirtieron por obligación en los centros de atención de las familias. La televisión comenzó un año después a emitir programas nacionales, pero era muy raro que algún hogar dispusiera de una aparato que permitiera ver las imágenes de lo que pasaba por el mundo. Caminabas por las calles de Ciudad Jardín y, además de ver muchos niños y niñas, escuchabas música, siempre música; era por entonces un barrio muy alegre, con mucha vida.

Los antiguos alumnos del colegio Salesiano, en el lugar donde hoy están las oficinas parroquiales y en unos cuartos subterráneos desaprovechados, colocaron su sede y allí arreglaron un espacio para que pudiera ensayar una rondalla. Don Anselmo, un señor muy respetado y amable, llevaba la batuta. Era hombre dotado de una paciencia infinita para los aprendices. Recuerdo que vivía en la subida de Escaleritas, en aquellas casas que se construyeron al inicio de la barriada. Allí, en el sótano de colegio, iniciamos nuestros primeros pasos como músicos. Las guitarras, laúdes, bandurrias, panderos, timples, acordeones, palillos y hasta una armónica trataban de sonar al ritmo y compás que marcaba la órdenes y el pie derecho del maestro que hacía sonar, para que no perdiéramos el ritmo mientras tocaba su bandurria.

Con el tiempo y algún repertorio aprendimos los acordes y luego las canciones suficientes para enfrentarnos a algunas actuaciones como rondalla. No lo hacíamos mal, eso nos decían. Actuábamos en las fiestas del colegio y visitábamos casas de ancianos y esos lugares donde la alegría de la música sabe a miel. Con posterioridad, de forma paralela a la rondalla, creamos un invento afortunado llamado "tuna". Íbamos camuflados de universitarios, con unas capas estudiantiles y nuestras cintas y escarapelas. El objetivo era llevar la música a todos los restaurantes de la capital, donde el pandero hacía un recorrido final entre las mesas para recoger el agradecimiento en forma de monedas por llevarles las alegrías a los turistas. Gracias a eso íbamos escapando cada semana, pues las cosas en nuestras casas no estaban para grandes dispendios.



En 1965 recuerdo que un grupito de amigos, de aquellos músicos, tras la salida del ensayo, sentados en la esquina de la calle Alejandro Hidalgo con Leopardi, entonábamos canciones de The Beatles y algún que otro bolero. Ya los temas del grupo de Liverpool llegaban a través del Puerto de la Luz y de Las Palmas de Gran Canaria, traídos por la marinería inglesa y negociados por los cambuyoneros. Los hacíamos sonar en tocadiscos donde pegábamos nuestros oidos para escuchar bien la letra y sacar los acordes. No había otra fórmula pues no eran tiempos de internet ni de youtube. En el kiosko de la Plaza de las Ranas nos hacíamos con alguna que otra partitura, la verdad que no había en abundancia. Aquella noche los sonidos de "Love me do" o "Can´t buy my love" se mezclaban con los boleros de siempre, naturalmente de Los Panchos o Lucho Gatica. Un señor mayor que paseaba se paró y nos escuchó atentamente. Aplaudía cada tema y nosotros se lo agradecíamos. Cuando se marchó nos dejó un mensaje premonitorio: "Tómenlo en serio, hay madera y suena muy bien".

Aquellos años, en cada barrio de la capital y pueblos de la isla, había una banda de rock. Nosotros soñábamos por compararnos con los grandes del momento. The Beatles, The Rolling Stone, The Kinks, The Beach Boys y un largo etcétera sonaban en los receptores de nuestras casas y en los transistores que colocábamos en medio de nuestras reuniones. En España Los Brincos, Los Canarios, Los Bravos, Los Mustang tenían canciones que también nos encantaban. Así que puestos a imitar a los grandes decidimos comprar los aparatos para hacernos "famosos". Solo había un serio problema, los instrumentos para hacer aquella música costaban mucho dinero y nosotros solo contábamos con lo que podíamos obtener de nuestro trabajo como recolectadores de panderos.

Orbis era una tienda que estaba en Triana, pionera en venta de los primeros instrumentos electrónicos. Su dueño era don Manuel Santana Alonso. Pasábamos por allí constantemente. Al final hicimos un presupuesto de lo más barato y presentable. Tanto cansamos al propietario que el buen hombre nos prometió que si encontrábamos una aval nos permetiría pagarlos a plazo. Guitarras y bajo, amplificadores y una batería normalita que sirviera para llevar el ritmo. Marcas como Höfner para una guitarra, otra Fender, un bajo Framus y una batería Premier, además de tres amplificadores Hohner de los más sencillito del mercado. Don Recesvinto Trujillo Febles, presidente de los antiguos alumnos salesianos nos avaló la operación. Fue una gran alegría para los cinco que ya habíamos decidido formar la banda. Fundadores de Los Alcora´s fuimos: Jesús Pisos Suárez (DEP) (Jesús, primera guitarra) José María Blanco Sosa (Blanco: guitarra de acompañamiento o melódica, como se decía por entonces) Joaquín Nieto Reguera (Quino: bajo), Aurelio Cabrera (Yeyo: batería) y Jerónimo Gómez Martín (Jero: teclista).



Recuerdo que el primer día llevamos los instrumentos a mi casa. Allí en una habitación del tecer piso, al lado de la azotea, iniciamos nuestros ensayos. Estábamos deseando actuar porque el mes se nos venía encima y la primera cuota de pago también. Pero veíamos que no era tan fácil como pensábamos. Los instrumentos eran distintos a los que habíamos usado y las cuerdas eran metálicas, lo que nos hacía apretar mas los dedos contra los trastes y nos salían continuas bolsas. No habíamos caído en otro gran detalle, necesitábamos un cantante pues solo nos defendíamos con voces. Al final se encontró la solución en tocar canciones instrumentales para salir del paso. Por fin llegó la hora de actuar. Tres actuaciones hicimos con resultados peores de lo que esperábamos. Pero, poco a poco, fuimos saliendo adelante y tocando en distintas salas y hoteles, lo que nos aseguraba el pago de nuestra deuda. Inauguramos la Sala de Fiestas de la Residencia Corintos y éramos asiduos de los bailes de la Piscina Julio Navarro, asi como en diferentes clubes, hoteles del sur y salas de fiestas de la isla.

En el año 1967  nos llegó la noticia de que en la Piscina del Club Natación Metropol se haría un concurso para bandas de rock (Jueves Juventud) y nos animamos a presentarnos. Allí acudirían los mejores grupos, sus componentes eran muy buenos amigos y de lo mejorcito que había en el mercado. De entre tantos Toba, Manolín Reyes, Manolín Guerra, Fito, Vicente Ferrera, Benjamín Domínguez...  Localizamos un local en la azotea del Real Club Victoria de las Canteras y allí pasamos tres meses de ensayo para preparar los temas que íbamos a presentar. Todas las piezas fueron instrumentales de The Shadows, Relámpagos, etc. Y con ese bagaje fuimos pasando fases hasta la final donde llevamos el tema Telstar  de The Tornados y Mercado de Esclavos de Jesús Pisos. Tuvimos la fortuna de ganar el concurso y ello nos abrió muchas puertas en toda Gran Canaria. Grabamos un disco como premio de aquel concurso, pero nunca salió a la venta por desavenencias en los porcentajes. Esas grabaciones se perdieron, desgraciadamente.

Actuación en C.N. Metropol la noche que ganamos el Certamen en 1967.

Para esas giras ya teníamos cantantes de plantilla que dejaron muy buena huella, Paco Espejo (El Nariz) que había dejado Los Filipinos se nos presentó un día por el local de ensayo. Cantaba con un gorro mexicano y un acento muy particular que encantaba. A su marcha, contratamos a Boro El Boca que tenía una voz de sueño muy parecida a la de Tom Jones. Ellos dos fueron los que más tiempo ocuparon el micrófono formando parte del grupo, dándoles a la banda un empaque muy considerable, pues los instrumentos funcionaban y con voces de primera ya no podíamos pedir más. Esos años fueron de sueño y con mucha demanda. Había trabajo para todas las bandas y aunque tuvimos que sacar un carnet de músicos para poder actuar, era tal el auge de la música en vivo en la isla, que trabajábamos todas las noches. Nunca disfruté tanto como aquellos años de los sesenta en los que la música formó parte de mi vida. Pero se presentó un problema: los estudios...

En el año 1968, mi padre, militar profesional, llegó a la conclusión de que aquella vida no era la que deseaba para su hijo menor, estudiante de magisterio —a tiempo parcial diría yo...—, así que cayeron los pelos que cubrían los hombros y la espalda y dejó de sonar la guitarra al alistarme en el ejército como voluntario. No solo perdí la cabellera, también una gira por Madeiras donde la banda actuó durante días, y se presentaron a un certamen logrando otro primer premio. La noticia me llegó a Hoya Fría donde estaba en el CIR pelado a rape y con los ojos llenos de lágrimas. La cartas de mis amigos no dejaban de llegar y el tiempo se me hacía interminable. Recuerdo la visita de mi amigo Yeyo (batería). Me miró y al verme con aquella pinta se le nublaron los ojos. Nos abrazamos y me puso al corriente de como iban las cosas en el grupo. Dos horas después estaba solo de nuevo y con mis sueños  puestos en Los Alcorac´s.

En esa época ya habíamos pagado todos los instrumentos y compramos material nuevo. Nos desplazamos a Santa Cruz de Tenerife y adquirimos un equipo nuevo. Amplificadores Coral (USA) que llamaban la atención por sus excelencias tanto en sonido como en acabado y presentación. Pagamos al contado y salimos de allí sin deuda alguna. Los malos tiempos habían quedado atrás.  




A mi vuelta comenzó el declive, Jero dejó la isla para ir con su familia a Fuerteventura. Su padre fue destinado a la isla majorera y él tuvo que partir con ellos. Le sustituyó Laureano Esteban Moreno (Lauro) amigo del barrio que encajó como era de esperar. Luego, Jesús Pisos abandonó la banda allá por el año 1969. Estábamos ante un gran problema, pues no íbamos a encontrar un guitarra como él. Fundador, compositor y con la fuerza y belleza de un líder nato con la guitarra. Y efectivamente así fue, jamás lo sustituimos y nos arreglamos con una sola guitarra.

En 1970, me despedí del grupo. Un contrato en el Hotel Don Juan llegó y animó a los amigos a actuar cada noche. Aguanté durante un par de semanas y me retiré. Ya no podía compaginar mi trabajo y la música. Creo que un año después se separaron y algún compañero siguió actuando por su cuenta en otras bandas e incluso orquestas. Yo mataba el gusanillo ensayando con Alfonso Pisos (DEP) que tocaba la batería y con Héctor Morales (Teclista) y naturalmente yo al bajo.

No sé si las cosas siguen igual, aquellos años fueron maravillosos. Hablo mucho con Toba y lo admiro por sus conocimientos y persistencia. Creo que continúa con las mismas ganas de siempre, tiene muy claro que la música es su vida y así la vive; es un ejemplo a imitar. Yo tengo claro que la música también ha sido parte de mi vida y me siento orgulloso de haber estado presente en el arranque de algo tan lindo que surgió en los sesenta y que, desde mi punto de vista, se tiene olvidado. Además, sigo siendo un gran admirador de los músicos y de ese arte que embellece y anima nuestros días. Por otro lado tengo un hijo músico que canta y compone. Es hombre de rock (heavy) y me enseña por donde van los derroteros actuales. Hijo de gato caza ratones...

No quería dejar la oportunidad de escribir estos recuerdos. Espero que les guste y entiendan que cada cual vive su vida como la ama, y esta fue la forma como yo la viví, cargado de amor por el rock y con ilusiones infinitas. 

 

 


 

 



 



  

jueves, 10 de agosto de 2017

Aquel perro llamado Mono



Hace unos días volví a ver «Siempre a tu lado, Hachiko» una película protagonizada por Richard Gere, en la que se escenifica la fantástica relación del personaje principal con su perro. Una bella historia basada en la realidad. Dicha historia me llevó a recordar a Mono, un can que los amigos del barrio de Ciudad Jardín encontramos en una cueva de la montaña de Cuatro Cañones, junto a tres cachorros más y que pensamos estaban abandonados, cuando quizá su madre había ido en busca de comida para criarlos. La verdad es que estaban algo famélicos y decídimos llevárnoslos. Fueron repartidos entre los presentes y portados a nuestras casas para que se criaran en los jardines, donde con toda seguridad estarían mucho mejor.

El perro fue bautizado como Mono por su comportamiento. Era vivaracho y llenaba de alegría a la familia. Era corto de patas y de rabo, bajo y escaso pelo de color cobrizo. Se crió muy bien a base de biberones que Carlos Juan se encargó de suministrarle. Además, se manifestaba con mucho cariño. Mientras fue cachorro jamás salió solo a la calle, aunque la cancela estuviera abierta, lo que demostraba que tenía capacidad para entender que fuera de allí podría tener problemas. Cuando creció se inició en las salidas y nos acompañaba en nuestras correrías, lo que le sirvió para conocer los alrededores y lugares de encuentro. Así que, frecuentemente, estando reunidos los cerepes en el Parque Doramas, apareciera por allí para unirse a sus dueños.

De esa forma fue como salió y comenzó a conocer mundo. Lo cierto es que en poco tiempo nos llamó la atención que llevara una vida tan cargada de misterios. Se marchaba y estaba días fuera sin que supiéramos donde residía.  Al principio nos preocupábamos, luego pensamos que pudiera estar compartiendo familias, pero con el tiempo comenzamos a recibir noticias de que tenía diferentes parejas con crías en algunos barrios de la capital. Nosotros, los hermanos,  bromeábamos con ello pues decíamos que el perro había aprendido de sus dueños.

Lo cierto es que su conducta, en general, estaba siendo muy especial, o sea, que fue dando motivos para que entendiéramos que estábamos ante un  perro poco común. A las pruebas me remito.

Mi hermano Joselín (Pepe Nieto), el mayor de los tres, alternaba por aquellos años con chicas extranjeras y además tenía un puñado de amigas en el barrio de Las Alcaravaneras donde algunas noches de la semana acudía a reunirse con ellas. Ya saben, aquellos grupos de jóvenes que por aquel entonces llamábamos pandillas.  A las nueve y media de la noche volvía a casa. Cada jornada, diez  minutos antes, aparecía Mono en la esquina de la plazoleta del Estadio Insular para recordarle que era la hora de volver. Hacían el camino de vuelta y, tanto uno como el otro, entraban en su hogar a la hora precisa. En este apartado del relato les contaré una anécdota de las tantas que vivimos en aquella casa y con el perrito como protagonista. Los fines de semana, estando todos aparentemente dormidos, Pepe Nieto salía por una ventana del jardín para acercarse a la Sala de Fiestas El Flamingo; al lado del Hotel Santa Catalina. No contaba con el beneplácito de nuestros padres, pero sí con el pacto con su hemano menor —que es quien les narra estos hechos— o sea, compinche interno que le  abría y cerraba la cristalera del jardín a las horas pactadas. Pues bien, Mono también lo esperaba en los exteriores del Hotel Santa Catalina para regresar a casa acompañado. La entrada para acostarse la hacía por donde había salido en el piso inferior. Así que a esa hora, para que me despertara, tiraba unas piedras pequeñas a los cristales de la ventana de mi habitación, en el segundo piso, asegurándose con ello la apertura y el poder dormir en su cama. Por cierto, aquella salida que usábamos tenía unas persianas de madera que obligatoriamente dejábamos abiertas toda la noche, pues chirriaban más de la cuenta y podían torcer la fiesta.  



Mi hermano Carlos Juan se lesionó en la cadera jugando al fútbol. Fue ingresado en el Hospital Militar en la calle Juan de Quesada en Vegueta, donde hoy se encuentra la sede y el paraninfo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. La ambulancia lo llevó y allí fue operado y pasó malos momentos como consecuencia de nefastas decisiones clínicas. Aquel día que se lo llevaron Mono corrió tra la ambulancia y desapareció. Contaba mi madre que cuando iba a quedarse con él en el hospital, veía frecuentemente al perro por los alrededores y se le acercaba para recibir las caricias y chucherías que ella le daba. Por nada del mundo consiguió que se separara de aquel lugar y regresara a casa pues, al final, siempre se le escapaba. Desde aquel día que se fue Carlos Juan, el perrito no volvió más a casa, hasta que su dueño, tras pasar por la Clínica Santa Catalina para una segunda operación reparadora de la anterior, regresó en la ambulancia. La llegada de Mono fue coincidente, ambulancia delante y él detrás moviendo su rabo de alegría. Fue impactante para todos nosotros.

Conmigo no tenía un trato diferente. Lo recuerdo acompañándome al Colegio Salesiano y esperándome en la puerta que da a la calle Alejandro Hidalgo para volver a casa a la hora de comer. Todos los chicos lo conocían y acariciaban, pero él sabía por qué estaba allí y para qué. Se preocupaba de todos los hermanos por igual.



Pasados los años y ya mayor, un día de esos que acostumbraba a marcharse regresó a casa malherido. Unos desalmados le amarraron unas gomas de bicicletas alrededor de su cuerpo y le prendieron fuego. Tampoco supimos nunca dónde fue y cómo pudo llegar el animalito hasta nuestra casa. Un vecino que era practicante (ATS) lo vió en la cancela y nos avisó. Las heridas eran horribles y para quitarle los restos de la goma que le quedó pegada a su cuerpo tuvimos que hacerlo con sumo cuidado. No mostró queja alguna y se dejó curar mansamente y sin mostrar signos de dolor ¡Qué mal recuerdo tengo de esa acción tan canalla! Las curas se perpetuaron en el tiempo. Cuando sanó de sus heridas externas acudía a la casa de su salvador y se acostaba en la puerta del jardín para esperarle. De esa forma le demostraba su agradecimiento. Sus salidas se limitaron para siempre a ese corto recorrido entre ambas casas. Ya no iba de correrías ni a buscar a sus dueños. Estaba desilusionado con las personas, pues aquellas heridas fueron muy dolorosas para él. Se le veía triste y sin ganas de vivir. Cuando mejoró Carlos Juan habló con nuestro padre para dejarlo unos días y mientras se reponía en la azotea de la casa, pues teníamos miedo a que volvieran a hacerle daño. Así se hizo durante un tiempo. Una noche de festejos sonaron los fuegos artificiales y el perrito se asustó, se subió al muro de la azotea y se tiró al jardín. A la mañana siguiente lo encontramos acostado debajo de unos geranios con aquella mirada tan especial que ponía de no haber roto un plato. Él se diría ante nuestro asombro: "No es nada, simplemente me he lanzado al vacío desde un tercer piso..." 

A los pocos meses, se fue al mismo lugar donde vamos todos cuando acaba nuestro ciclo. Para nosotros fue muy injusto e impactante que viviera de esa forma tan cruel y triste sus últimos días.

En su memoria, he dejado constancia de su presencia y nombre en uno de mis libros (Chicho). Allí entre sus páginas está el recuerdo a nuestro fiel y querido amigo Mono.  

  



 


     

 

lunes, 5 de junio de 2017

Desde las sombras (05.06.2017).


El chico se sentaba en la cancela cuando llegaba la oscuridad. En aquellos tiempos la luz no había llegado a la calle de Ciudad Jardín. Así que cuando el día se despedía, todo eran sombras. Pero él la silueta que esperaba era la de su padre que regresaba siempre a oscuras. Lo conocía por su andar y el cigarrillo Vencedor moviéndose en su mano derecha al ritmo de sus pasos. El corazón le daba un vuelco: «Por fin» se decía. Una caricia con los dedos entre sus pelos y un «Hola Quinillo, ¿me esperabas? Sin más, le daba la última calada al cigarrillo para luego apagarlo:«Vamos adentro, anda que aquí hace frío» y el chiquillo se agarraba a la cintura de lo que dejó de ser sombra para convertirse en sí mismo.

viernes, 3 de febrero de 2017

La casa abandonada (03.02.2017).

"La Casa abandonada". Capítulo del libro "La Banda del Cerepe y Hurto en el Zoo del Parque Doramas" de Joaquín Nieto Reguera; publicado por Cíclope Editores (2011). Colección Doramas (Nº2).


Ciudad Jardín fue siempre una zona residencial. Allí vivían familias canarias adineradas y muchos extranjeros, sobre todo ingleses. La mayor parte de las casas eran mansiones coloniales que lucían hermosas entre jardines muy cuidados y donde correteaban los niños y sus mascotas, en caso de los ingleses unos perros alargados que arrastraban sus orejas por el suelo y a los que los chiquillos llamaban salchichas. Sus dueños eran empresarios, profesionales liberales y diplomáticos que elegían el lugar buscando tranquilidad.
Algunas de aquellas mansiones quedaron con el paso de los años como lugar de vacaciones, pues sus dueños volvieron a sus países de origen para luego regresar en los meses de invierno y disfrutar del buen tiempo de la Isla. Y otras quedaron deshabitadas. Tal era el caso de la casa abandonada situada en la Calle Rafael Dávila. Los cerepes la llamaban así pues permanecía cerrada y eso daba lugar a que los miembros de La Banda la visitaran continuamente adueñándose de ella y haciendo uso de todo lo que encontraban.
Al día siguiente del paso por el subterráneo, un domingo de calor insoportable, los jóvenes tardaron en reunirse frente al Hotel Las Palmeras. Sólo Toni el Morocho y Gavi llegaron fieles a la cita ocupando el murito que daba paso a la entrada de las oficinas.
—Estos no vienen y perdemos la mañana —dijo Gavi con gesto de no gustarle la tardanza de sus amigos.
—Estarán descansando de haber dormido la noche... —bromeó el Morocho.
—Ya tú ves, pues hoy era el día perfecto para ir a darle una vuelta a los pichones de la casa abandonada —Gavi cambió la conversación—. Al menos una docena podríamos traernos y llevarlos mañana al Mercado del Puerto para ganarnos unas pesetas.
—¿Y qué problema hay en que vayamos los dos, hacemos el trabajo y nos compartimos las ganancias? Seguro que tocamos a más... —propuso Toni.
—Por mí, de acuerdo. Pasamos por mi casa y cogemos una de las jaulas. Después, a la vuelta podremos llevarnos los pichones a mi azotea, los metemos en el palomar y mañana vamos temprano como un tiro a venderlos —sentenció Gavi.
—Pues andando y que la gente siga durmiendo...
Mientras cruzaban Ciudad Jardín iban recordando cuando entraron por primera vez en la casa abandonada. Habían observado la ausencia de personas en la vivienda y llevados por la curiosidad decidieron saltar la valla y atravesar el enorme jardín para entrar. Se encontraron con una gran mansión. Toda ella era de madera. La planta noble, donde se ubicaban los salones, despachos y comedor, estaban abiertos al exterior a través de terrazas que daban al jardín donde había una piscina, en aquel momento vacía. Una escalera de servicio conducía a un sótano donde estaban la cocina, la despensa y una bodega. Frente a la puerta principal, una ancha escalera con barandales metálicos daba paso a la planta con ocho habitaciones y sus respectivos baños. En el piso superior estaban los aposentos del personal de servicio, una zona tan amplia como la baja y con tantos cuartos como la inferior, pero que sólo disponía de dos aseos, uno para hombres y el otro para mujeres. Desde allí se podía acceder al cobertizo sin ventanales donde anidaban las palomas. De los pichones se escogían aquellos que ya comían solos y estaban punto de arrancar el vuelo. Esas eran las condiciones que exigía el puestero del Mercado para quedárselos.
Aquella primera vez que entraron en la mansión pasaron mucho miedo. No sabían que podrían encontrase. A ello hubo que añadir los ruidos de las pisadas sobre la tea y un cierto tufillo a antigüedad y por tanto a misterio. Todo ello hacía que les temblaran las piernas cada vez que se movían pausadamente e intranquilos.
—Esta vez va a ser distinto... —dijo Gavi sonriendo.
—Eso espero. Hemos entrado tantas veces y nunca ha pasado nada que no entiendo porqué no va a ser igual —aseveró el Morocho dejando claro que no tenía dudas sobre lo que pudiera suceder.
Pero una vez dentro de la mansión Gavi volvió a percibir las mismas sensaciones que obtuvo en la primera visita. Miró a su amigo y estuvo a punto de decirle que desistieran, pero aquel inició el ascenso por la escalera sin darle oportunidad alguna y sin que le quedara otro remedio que seguirle. Subieron con premura hasta que se pararon en la puerta del vestíbulo para abrirla lentamente y no asustar a las aves que estaban echadas en los nidos o que daban los primeros pasos por el suelo del habitáculo. La tarea se hizo con eficacia. Enseguida cogieron ocho lindos pichones de diversas parejas y colores. Después, cerraron la puerta e iniciaron el descenso compartiendo el peso de la jaula que llevaban agarrada por un asidero de cuerda lo suficientemente ancho para que cupieran sus manos.
Gavi había perdido sus temores y estaba mucho más relajado mientras bajaban, pero tanto a él como a su amigo los corazones les dieron un salto cuando en el vestíbulo principal les esperaba, cerrándoles el paso un hombre que con cara destemplada, con los brazos en jarras y con dureza en su voz, les interrogó sobre lo que estaban haciendo:
—¿A dónde van con esas palomas? —el individuo tenía una gran estatura, una espesa barba y su apariencia era la de un mendigo pues su desaliñado aspecto así lo delataba. Los chicos se pararon y cruzaron una mirada de perplejidad ante la situación que se les había presentado y que debían superar.
—Cada mes venimos a llevarnos nuestros pichones —dijo lo primero que se le ocurrió el Morocho.

                               Imagen original del libro realizada por el  Ilustrador José Socorro.
—¡Sus pichones, sus pichones...! —repitió el hombre elevando el tono de la voz—, querrán decir mis pichones, pues de ellos me alimento. Y, además, esta casa es privada. Es mi casa, yo la habito desde hace mucho tiempo ¿Cómo se les ocurre venir aquí a romper la intimidad y a apoderarse de mis propiedades?
Aquellas últimas palabras no gustaron a los chicos. Estaban seguros de que su interlocutor mentía pues conocían muy bien el tiempo que la casa llevaba vacía.
Pero no era cuestión de desmentir sin saber qué tipo de personaje era aquél y cómo podía reaccionar, así que Gavi tomó la palabra para tratar de apaciguar sus ánimos:
—Decimos que los pichones son nuestros porque las palomas lo son. Se trata de palomas anilladas por nosotros, que pertenecen a nuestros palomares y que no regresan pues vienen a criar aquí ya que así se han acostumbrado. Hace mucho tiempo que venimos a llevárnoslos.
El hombre se quedó pensativo durante unos segundos pero rápidamente reaccionó contestando en el mismo tono de acritud que antes había empleado:
—Parece lógico lo que dicen, pero no me van a engañar pues no todas las palomas están anilladas, un buen número de ellas no tienen marca de propiedad y son salvajes.
—Bueno —intervino Toni apoyando a su amigo-, Usted tiene razón, algunas son salvajes pero sólo aquellas que siendo pichones nosotros no las hemos escogido para nuestros palomares porque no son bonitas o tienen defectos en el plumaje...
Los chicos notaron como el hombre había encajado sus razonamientos, pues bajó los brazos de su cintura y optó una pose más relajada. Inmediatamente se acercó al escalón bajo y apoyando su brazo izquierdo en el barandal les dijo:
—Bien, parece que dicen la verdad. Bajen, hablemos y seguro que llegaremos a un entendimiento.
Los chicos respiraron tranquilos e iniciaron el descenso. Luego, los tres se sentaron en el suelo del vestíbulo enfrascándose en una larga conversación, que a medida que pasaba el tiempo se iba haciendo más sincera y entrañable, lo que acabó por romper la mala impresión del principio.
A lo que sí llegaron rápidamente fue a la conclusión de que aquel hombre era todo un personaje con una historia muy singular. Dijo llamarse Alfredo y haber cumplido los cuarenta y cinco años aunque aparentaba tener menos edad. Desde muy joven había dejado los estudios y su hogar para viajar por el mundo, pues esa fue siempre su ilusión. Había visitado todos los continentes y trabajado en miles de trabajos circunstanciales con el único objetivo de financiarse la siguiente aventura. A la vuelta de uno de esos viajes, al verse sin posibilidades económicas decidió alistarse en La Legión. Según comentó a sus nuevos amigos había estado en las refriegas de las colonias españolas en África y cansado de la vida militar había decidido licenciarse para no tener que tomar nunca más las armas en sus manos.
Después de ese buen rato Alfredo les pidió dos pichones a los chicos para el almuerzo y mucha discreción sobre su estancia en la mansión abandonada, pues según argumentó no quería que nadie le viniera a molestar ni a compartir hogar, pues se encontraba muy cómodo en la soledad. Ellos le prometieron el silencio más absoluto y que seguirían visitándole con más asiduidad para charlar y conocer aspectos de sus aventuras, así como para llevarles algo de comer. La despedida fue muy amigable.
Los dos amigos salieron sonriendo de la casa pues había cumplido sus expectativas. Se iban, además, satisfechos por la nueva amistad, pero cuando dejaron atrás la calle Rafael Dávila se encontraron con una nueva sorpresa, pues un despliegue muy grande de la policía militar ocupaba la calle contigua. Entonces, no tuvieron tiempo de intercambiar palabra alguna pues dos soldados muy fornidos los tomaron por sus brazos y en volandas y con la jaula incluida fueron llevados ante la presencia de un mando que estaba sentado en la parte delantera de uno de los jeeps allí estacionado.
—Estos son los chicos, mi teniente —dijo uno de los soldados.
El mando descendió del auto con parsimonia y los miró de arriba abajo. Los dos amigos, hijos de militares acostumbrados al ambiente militar notaron de inmediato que por su juventud se trataba de un oficial de academia. Éste, tras el ritual de amedrentamiento les preguntó:
—¿Qué fuisteis a hacer a esa vivienda?
—A pescar, es que no nos ve. Y haga el favor de decirles a sus soldados que nos quiten las manos de encima —les dijo el Morocho rotundamente. Una cosa era encontrarse de improviso con un desconocido en una casa abandonada y otra muy distinta moverse entre militares, algo que toda la vida habían hecho.
—Me parece que os la dais de listillos. ¿Sabéis con quién estáis hablando? —prosiguió con su táctica.
—Quien no sabe con quiénes está hablando parece ser usted. Le repito lo que le pidió mi amigo. Haga el favor de decir a sus soldados que nos quiten las manos de encima o tendrá que dar explicaciones a nuestros padres en el regimiento —le dijo Gavi en el mismo tono que había empleado el militar.
El joven teniente captó inmediatamente el mensaje y supuso que la información que los chicos le habían mandado no podía ser improvisada, así que hizo una indicación a los soldados y una vez que fueron liberados continuó con el interrogatorio:
—Luego hablaremos en el regimiento con quien haga falta, pero ahora es necesario que me digáis con quién os habéis encontrado en esa casa abandonada.
—Con nadie —dijo rápidamente Toni—, la casa, como usted dice está abandonada.
—Quiero deciros chicos que os podéis meter en un buen problema si no colaboráis con nosotros. Si sois hijos de militares estáis obligados a ayudar y a no dar un disgusto a vuestros padres ¿Este hombre que veis en la foto es un prófugo, así que os repito: ¿Está en la casa? —el teniente les enseñó una foto de Alfredo. Iba vestido de legionario y de su pecho colgaban dos condecoraciones que ellos conocían muy bien: La Laureada y la de San Hermenegildo. Su amigo se trataba, por tanto, de un soldado ilustre.
—No hemos visto a nadie, esa casa lleva muchos años vacía. Y con ese militar no nos hemos encontrado —Gavi se aseguró de ser rotundo y no dejar dudas que pudiera llevarles a desconfiar de sus palabras-. Es más un profesional con esas condecoraciones no puede ser un prófugo, así que está perdiendo el tiempo. Allí no hay nadie...
—Bien, que los chicos no se muevan de aquí, luego veremos en qué queda todo esto. Avisad a los otros que vamos a entrar. Los chavales están mintiendo y el vecino que llamó a la Policía Armada lo ha identificado. Iremos con cuidado pues es probable que esté armado —dijo el teniente con autoridad. Los chicos se cruzaron una mirada y no les hizo falta decirse nada. La situación era crítica para su amigo.
Se quedaron en silencio mientras veían como los soldados seguían a su teniente muy pegados a las fachadas de las casas. Cuando llegaron a la cancela fueron saltándola uno a uno en silencio. La espera se hizo interminable, pero a los pocos minutos aparecieron de nuevo, pero esta vez con Alfredo. Lo llevaban a la carrera, esposado y rodeado de todos aquellos que habían intervenido en la operación. La escena era terrible pues el reo no podía correr a la velocidad que imponían sus captores y en varias ocasiones tuvieron que arrastrarlo.
Muy pronto llegaron a la altura de los chicos. Estos no salían de su asombro. Tenían la esperanza de que pudiera burlar el asedio, pero no hubo suerte y allí estaba el detenido. Alfredo los miró de reojo al pasar y ellos comprobaron su tristeza. Ahora, vendría lo peor, pensaron, tener que enfrentarse a la reprimenda de sus progenitores. Todos se fueron a los jeeps y una vez que fue introducido en el auto, los mismos soldados que llevaron en volandas a los chicos volvieron para acercarlos al coche. Allí el oficial le preguntó a Alfredo si los había visto en la casa. De nuevo, les volvió la preocupación pero esta vez unida a ligeros temblores en las piernas
—Los vi entrar, pero ellos no me vieron. Vinieron a buscar pichones. Cada mes lo hacen —la respuesta llenó de alegría a los jóvenes, si bien no lo reflejaron, sólo Toni se dirigió al oficial para decirle:
—Le queda claro, teniente. No le hemos mentido, por tanto nos vamos, si bien sería mucho más humano que tratara con más respeto a un militar mucho más galardonado que usted y del cual tendría mucho que aprender.
Al teniente se le sonrojaron los cachetes y atropelladamente se dirigió a ellos para despedirlos:
—Venga, largaos de aquí, no me hagáis cambiar de opinión y hacer que os tenga que llevar con vuestros padres para que os enseñe modales...
Pronto la calle quedó vacía, sólo un vecino que había visto toda la operación aplaudió el paso de la comitiva. Gavi y Toni se miraron y no fue necesario que dijeran nada, aquel personaje había sido el delator. Tendrían tiempo de pensar en ello. Emprendieron el camino a casa sin hablar y sin poder quitarse de la cabeza lo ocurrido. Estaban apenados por la suerte que podría correr aquella persona que con el tiempo había comprendido lo negativo del uso de la armas y aunque en parte les había mentido, demostró tener muy buenos sentimientos, lo que les llenaba de consuelo.

domingo, 22 de enero de 2017

Las postales de los buques en los sesenta.


                                        Foto tomada de La Provincia/ Diario de Las Palmas

Ya no suenan de madrugada las sirenas de los buques anunciando su llegada al Puerto de La Luz y de Las Palmas de Gran Canaria. Es como si no hubiera puerto, ni tampoco a quienes dar la alegría por visitarnos. Desaparecieron en el tiempo. Ahora en las noches silenciosas solo se oye el ruido de los grandes contenedores, cuando son movidos o arrastrados, vete a saber, por esas estructuras esqueléticas que han empañado la entrañable vista de nuestra bahía. 

La canción El Tartanero que compusiera Andrés Viera Plata en mil novecientos sesenta y popularizara  Mary Sánchez y los Bandama hacía mención al atraque cada lunes del Castle y los martes del Yewoard ( "Hoy es lunes, llega el Castle y mañana llega el Yewoard", decía el estribillo). Ya no hay canciones que recuerden que ahí enfrente está el puerto y que está abierto a visitas para ofrecerles nuestra hospitalidad. Ahora nos enteramos de que llegan los grandes buques porque se dibujan casi arrinconados ocupando las dársenas y las calles se llenan de rubios visitantes de unas horas. Todo es distinto.

                           Foto tomada de la publicación 100 años de pasajes en el Pueerto de Las Palmas de José Ferrera Jiménez

En los años sesenta la chiquillada nos desplazábamos a la calle León y Castillo, en el mismo Ciudad Jardín, a ver maniobrar al práctico ayudando a los buques a atracar en puerto. Es más, en una época pusimos de moda coleccionar postales de aquellos barcos que para nosotros eran verdaderas joyas. Las íbamos a buscar a las consignatarias y allí nos las entregaban para en un ritual colocarlas en álbumes de creación casera que embellecíamos para el orgullo de los pequeños coleccionistas. Los señores empleados de la consignatarias, cuyas representaciones estaban situadas en el Parque de Santa Catalina, y las calles Sagasta, Juan Rejón y La Naval, nos conocían de tanto pasar por allí y acabaron por llamarnos por nuestros nombres de pila.

La Elder Dempster (Canary Islands) Ltd. estaba situada en el Parque de Santa Catalina. Allí conseguíamos las postales de los Castle. Eran las más preciadas. Recuerdo los nombres de los buques de la Compañía Union-Castle Line de memoria: el Pendennis Castle, el Windsor Castle, el Capetown Castle y el Pretoria Clastle.  La primera vez que llegó el Queen Mary procedente de  Southampton creo recordar que fue en 1963. El arribo a puerto fue por la mañana, temprano, era impresionante con sus tres chimeneas y causó una gran expectación en la ciudad. Al no tener postales en la consignataria tuvimos que desplazarnos caminando al puerto, donde unos marineros nos consiguieron el trofeo que deseábamos, pues no nos permitieron subir a bordo. Recuerdo que nos visitaría muchas veces más, pero para entonces ya teníamos postales repetidas. De su misma serie era el Queen Elizabeth, aunque menor, pues tenía solo dos chimeneas.

Eran muy preciados los buque italianos de la Linea Costa, el Andrea Costa y el Federico Costa. Y aquellos que no hacián escala en nuestro puerto y cruzaban otros mares también lo solicitábamos a agencias de viajes como Wagons Lits Cook que estaba situada cerca del Colegio Salesiano en el propio Ciudad Jardín.

                     Foto tomada de la publicación 100 años de pasajes en el Pueerto de Las Palmas de José Ferrera Jiménez

La línea con la Península estaba cubierta con los buques de la Trasmediterránea, que por cierto alguno tuve que usar para desplazarme a visitar a mi familia en Andalucía. Recuerdo el Ciudad de Cádiz, el Ernesto Anastasio y el Ciudad de Oviedo. Allí mismo en el Parque de Santa Catalina nos atendían para regalarnos las postales.

                                                             Foto de la Compañía Trasmediterránea

Con esas postales nos sentíamos viajeros y soñábamos visitar otras países del mundo. Tuve mucho tiempo esa colección hasta que debió perderse cuando dejamos Ciudad Jardín. Me quedó una gran tristeza por la pérdida y siempre la he recordado con gran cariño, pues ya se sabe del vínculo amoroso de los canarios con el mar. 

Seguramente, cosas de chicos de otros tiempos.








domingo, 6 de noviembre de 2016

El gorrión de la mancha en el pecho.



Desde la azotea de su casa divisaba el enorme laurel de indias que copaba gran parte del jardín de la Residencia de Oficiales del Ejército de Tierra. Un atardecer, como hiciera infinidad de veces, cuando observaba la llegada a ese refugio de los diferentes tipos de aves, se percató de la caída al patio central de un pequeño gorrión que seguramente osó dar su primer vuelo sin estar preparado para ello.

El corazón le dio un vuelco. Lo siguió con la mirada durante unos segundos. Al otro lado del jardín el gato azabache dormía plácidamente. Reponía fuerzas, con toda seguridad, para  aprovechar la noche en su cacería. Lo había visto muchas veces actuar y pensó lo peor. El pequeño gorrión, comenzando a emplumarse, piaba a buche abierto pidiendo ayuda a sus progenitores. El joven se desesperó ya que sabía que no podrían socorrerle. El pajarillo piaba de tal forma que con seguridad despertaría al minino.

 No lo pensó ni un segundo. Bajó las escaleras desde el tercer piso de su casa y corrió hacia el recinto militar. Entró por la puerta principal como una exhalación. Allí estaba aún el animalito de sus preocupaciones. El corazón le latía aceleradamente, pero tuvo la destreza de ir acorralándolo hasta llevarlo al borde de uno de los parterres. Al fin, respiró tranquilo cuando logró tenerlo a buen recaudo entre sus manos.

Foto tomada de Biobligia (Dani Studler)


La vida de aquel osado polluelo pasaba por una alimentación adecuada, el calor de un nido y el cuidado de una familia. Una caja de zapatos con trapos y un bombillo le darían el calor. Una caña recortada en forma de plumín y leche con gofio haría el resto. Solo faltaba acompañarle mientras abría el pico con un ligero silbido que identificara que llegaban su cuidador y la comida.

Así estuvo un par de semanas, primero en la habitación, luego, ya sin bombillo, en la caja y después correteando por el piso de la azotea. Lo que no cambió en todo ese tiempo fue el silbido de llamada y la caña afilada que depositaba la leche con gofio en su buche. Aquella manera de alimentarlo fue dejando una mancha inconfundible sobre sus plumas del pecho.

Un día voló, para posarse en el muro que le ofrecía una vista espléndida de lo que era un mundo nuevo para él. Más tarde amplió el vuelo e inspeccionó ese espacio que tenía a su alcance. Su cuidador se preocupó cuando no lo vio en las inmediaciones, pero al silbar varias veces para darle su comida apareció volando y se posó ante él en actitud de espera con el buche abierto.

Aquella operación se repitió durante meses. El gorrión se había acostumbrado a volar por el mundo, a vivir su vida y a no preocuparse por la comida, pues su progenitor estaba siempre a la hora prevista ofreciéndole la alimentación.

Un día dejó de acercarse a la llamada de la comida. Definitivamente entendió que el pájaro se había emancipado El chico dio por finalizada la relación. Se sintió triste y a la vez satisfecho de haber realizado una buena acción. Pero nada más lejos de la realidad, pasado un tiempo en esa constancia del joven por ver entrar las aves al laurel, el gorrión manchado de gofio le voló hasta donde él estaba para pedir su ración como lo había hecho otras tantas veces. Extrañado corrió a la cocina y preparó la papilla. Allí estaba esperándole en actitud de demanda. Llenó su buche y emprendió vuelo hasta perderse en el laurel de indias. A los pocos minutos volvió y logrado su objetivo levantó vuelo hasta su destino. Así repitió tres veces la misma operación.

Cada tarde volvió a la demanda. Tres vuelos y tres cargas de papilla que el joven entendió como ayuda para su prole. El sistema no le pudo ir mejor. Después dejó de acercarse hasta el chico de la plumilla de caña, que había hecho de progenitor del gorrión de la mancha en el pecho y de su descendencia.






    



    



miércoles, 20 de julio de 2016

Las ventas callejeras. Los Cantos (A vista de Gaviota).


Para surtir de víveres a las familias sólo había dos tiendas en Ciudad Jardín, la de “Manolito” y la denominada “Isla de Cuba” de más empaque que la anterior, ambas en la Calle León y Castillo. Así que, para las compras de alimentos las familias estaban obligadas a invertir en ellas sus ajustados recursos económicos. Para las prendas de vestir y calzados, había que desplazarse a Triana o al Puerto. Otros productos, los vendedores callejeros los traían hasta las cancelas de las casas, haciendo sonar sus cantos. Y este trabajo lo hacían de la forma más llamativa posible. Sirvan los siguientes ejemplos.
Durante cierta época, dos jóvenes que vendían hielo visitaron el barrio. Este producto servía para refrescar las soleadas mañanas del verano. Naturalmente tenían éxito, pues a los hogares aún no habían llegado los frigoríficos y la posibilidad de mantener en sus congeladores tan preciado producto. Portaban una carretilla con dos grandes bloques de hielo a los que les sacaban, con un artilugio metálico en forma de cajetín y provisto de un raspador en su base, las escarchas que en una primera fase de la operación se agolpaban en el interior del aparato hasta llenarse y coger la forma cuadrangular, para luego perder su transparencia por el colorante que le rociaban. Sus voces llamando a la compra se escuchaban en todo Ciudad Jardín: -¡Hielo, hielo; al sabroso hielo con sabor...! A los chiquillos les gustaba, pero no tanto a sus madres que sufrían el lavado a mano de las camisas pringadas por el efecto de un producto casero de dudosa calidad alimenticia, pero de un intenso poder colorante.
Hablando de buenos sabores, “los helados de Panchito” deben tener mención especial. Este buen hombre se acercaba cada día y era uno de los personajes preferidos. Tenía un carro de madera pintado de amarillo, con dos ruedas del que subían cuatro columnas que sostenían un techo destinado a evitar el sol y la lluvia. A Panchito se le podía ver en cualquier parte, sobre todo, coincidiendo con los horarios de salida del alumnado de los colegios de la zona. Hacía sonar una trompetilla dorada y cantaba un singular: “Hay helaaaaados”, lo que estimulaba las glándulas salivales de sus jóvenes clientes.
Su atuendo era muy cómodo, seguramente para poder arrastrar aquel carro, tan pesado, durante tantas horas. Se abrigaba con una camisa gris, con rayas, y largas mangas que recogía por encima de sus codos; el pantalón de franela, también de color gris, caía sobre unas alpargatas de esparto gastadas por el paseo constante. Mientras iba de un lado para otro, acostumbraba a cantar canciones de la época o a silbarlas. Y eso lo interpretaban los chicos como signo de felicidad, por lo que parecía realmente di- choso con su trabajo. Muchas veces, los chiquillos coreaban sus canciones y él reía a placer.
En ocasiones lo ayudaban en la venta y traslado de su carro, mientras él iba montado en alguna de sus bicicletas dando un paseo. A cambio, recibían unos buenos helados de vainilla o chocolate emparedados entre crujientes galletas, con el tope del servidor puesto al máximo lo que aseguraba que la cantidad de helado fuera acorde con el esfuerzo realizado. Cargaba sus productos en la Heladería La Moderna de Beltrá, situada frente al Cine Goya. Era todo un ritual, pues primero llenaba el carro de trozos de hielo y a continuación, iba metiendo en su interior los recipientes metálicos con los sabrosos productos. Luego, a caminar y a repartir felicidad entre los más pequeños. A Panchito se le vio durante toda la vida arrastrando su carro, mientras anunciaba su venta de la misma forma que lo hizo toda la vida: Hay helaaaaados.
Los panes del ejército, o sea los chuscos, siempre fueron de gran calidad, a pesar de la mala prensa. Estaban hechos con buenos productos y bien trabajados. A las casas de los militares los llevaban cada mañana, normalmente en el camión del reparto de pan y, luego, eran descontados de los paupérrimos sueldos. Los soldados se encargaban de depositarlos en las bolsas de tela que a esos efectos dejaban en las cancelas. Si por algún descuido la bolsa no estaba en sus sitio, un toque con los nudillos y un aviso: “El pan, señora” era suficiente para resolver el problema. Los pequeños eran los encargados de colocar la bolsa y de retirarla, lo que hacían como una rutina más. Pero muy diferente era cuando no podía venir el camión por avería o como consecuencia de traslado de personal militar, y aparecía “el burro Perico” para realizar un viaje de fantasía.
Este simpático animal fue durante años la delicia de toda la chiquillería. Era feo a reventar, pequeño, grisáceo, musculoso y con la orejas tan largas que se doblaban sobre si mismas...; pero tenía, a entender de los más chicos, dos grandes virtudes: era muy coqueto, pues hacía sonar alegremente los cascabeles que rodeaban sus cuello, y además, cariñoso; tanto, que al enfilar la calle Gago Coutinho, demostraba su apego lanzando un rebuzno tras otro, hasta que los más jóvenes aparecían en escena y le aportaban unos granos de azúcar. Tenía su cuadra en el Castillo de Mata, donde estaba acuartelada una Batería de Artillería. Cuando salía, realizaba el mismo recorrido y cometido que el camión, pero naturalmente más despacio y con otro estilo. Perico tiraba de dos lanzas que, enganchadas a sus costados, servían para arrastrar un carro pequeño con techo y un pescante donde iba sentado el arriero. En dicho pescante se sentaban los más rápidos en salir a recibirlo y el resto lo acompañaban en un reparto de ida y vuelta que llegaba hasta las Alcaravaneras, donde vivían algunos militares. Pero un día, Perico no acudió.
Quino pensó que había pasado lo peor, pero su padre, destinado en el Cuartel de Mata, le prolongó, durante largo tiempo, las esperanzas de que algún día volviera, al decirle que había sufrido un empache y que pronto estaría en condiciones de realizar su trabajo. Pero lo cierto es que no volvió, así que, en una ocasión que lo acompañó a su trabajo, se acercó a la cuadra y comprobó que allí sólo estaba el carro y sus aparejos. La pérdida de su amigo le produjo un gran pesar.
Los pescadores de la Playa de Las Alcaravaneras y San Cristóbal también se acercaban a realizar sus ventas. A la voz de: “Hay sardinas, señora; hay longorones...” , como productos más preciados, reunían a su alrededor a las vecinas que portaban sus fiambreras. De entre ellos, Mariquita “la barquillera” era la más solicitada, y no precisamente por su producto, que era de la misma calidad que los demás, sino por su vehemencia y simpatía. Les alegraba la mañana con ocurrencias, vetadas para los más pequeños y que ellas reían a carcajadas. Como compensación a ese buen rato de teatro, se ganaba sus buenas pesetillas en el peso que restaba al producto, al ajustar la balanza presionándola con su dedo meñique. Una verdadera obra de arte de aquella maga de la escena que fue descubierta después de muchas actuaciones, al haberse comprobado el pescado en las pesas de las reposterías de las casas: “ochocientos cincuenta gramos, por un kilo...” Así que, desde que corrió la voz, se acabaron los espectáculos de Mariquita “la barquillera”.

Angelillo “el Chispa” vendía a voces el periódico por las casas: “Prensa” o “Diarioooo, Diariooooo de Las Palmas”. Tenía algunos suscriptores a los que les tiraba el periódico al balcón, ovillado de tal forma que por los golpes jamás se desenvolvía. Recibió su apodo debido a un famoso personaje del suplemento dominical que los chicos esperaban con ilusión, a la vez que caminaba veloz y sin descanso a pesar de ir portando el peso de los papeles que no eran escasos, lo que sirvió para dar, con más motivo, pábulo a su mote.
Pero el engaño más sonado fue el de los dos gitanos que a base de verborrea vendieron a una vecina unos metros de tela ignífuga de color beige que iba a tener como fin un traje para su esposo. El mencionado producto, cantado a voces como: “la tela que no arde” superó, delante de la pobre engañada, la prueba del fuego. Unas buenas pesetas que se fueron, como la tela, cuando ella quiso demostrar a su pareja la bondad de lo adquirido. Desde entonces, recibió en la intimidad de los otros hogares el sobrenombre de “la cerillera”.
Del libro “A Vista de Gaviota” (Cíclope Editores/ Colección Doramas Nº1- Canarias  2007) de Joaquín Nieto Reguera. Ilustración de Elisa Betancort.