lunes, 5 de junio de 2017

Desde las sombras (05.06.2017).


El chico se sentaba en la cancela cuando llegaba la oscuridad. En aquellos tiempos, a la calle de Ciudad Jardín aún no había llegado la luz. Así que cuando el día se despedía, todo eran sombras. Pero él la silueta que esperaba era la de su padre que regresaba siempre a oscuras. Lo conocía por su andar y el cigarrillo Vencedor moviéndose en su mano derecha al ritmo de sus pasos. El corazón le daba un vuelco: «Por fin» se decía. Una caricia con los dedos entre sus pelos y un «Hola Quinillo, ¿me esperabas? Sin más, le daba la última calada al cigarrillo para luego apagarlo:«Vamos adentro, anda que aquí hace frío» y el chiquillo se agarraba a la cintura de lo que dejó de ser sombra para convertirse en sí mismo.

viernes, 3 de febrero de 2017

La casa abandonada (03.02.2017).

"La Casa abandonada". Capítulo del libro "La Banda del Cerepe y Hurto en el Zoo del Parque Doramas" de Joaquín Nieto Reguera; publicado por Cíclope Editores (2011). Colección Doramas (Nº2).


Ciudad Jardín fue siempre una zona residencial. Allí vivían familias canarias adineradas y muchos extranjeros, sobre todo ingleses. La mayor parte de las casas eran mansiones coloniales que lucían hermosas entre jardines muy cuidados y donde correteaban los niños y sus mascotas, en caso de los ingleses unos perros alargados que arrastraban sus orejas por el suelo y a los que los chiquillos llamaban salchichas. Sus dueños eran empresarios, profesionales liberales y diplomáticos que elegían el lugar buscando tranquilidad.
Algunas de aquellas mansiones quedaron con el paso de los años como lugar de vacaciones, pues sus dueños volvieron a sus países de origen para luego regresar en los meses de invierno y disfrutar del buen tiempo de la Isla. Y otras quedaron deshabitadas. Tal era el caso de la casa abandonada situada en la Calle Rafael Dávila. Los cerepes la llamaban así pues permanecía cerrada y eso daba lugar a que los miembros de La Banda la visitaran continuamente adueñándose de ella y haciendo uso de todo lo que encontraban.
Al día siguiente del paso por el subterráneo, un domingo de calor insoportable, los jóvenes tardaron en reunirse frente al Hotel Las Palmeras. Sólo Toni el Morocho y Gavi llegaron fieles a la cita ocupando el murito que daba paso a la entrada de las oficinas.
—Estos no vienen y perdemos la mañana —dijo Gavi con gesto de no gustarle la tardanza de sus amigos.
—Estarán descansando de haber dormido la noche... —bromeó el Morocho.
—Ya tú ves, pues hoy era el día perfecto para ir a darle una vuelta a los pichones de la casa abandonada —Gavi cambió la conversación—. Al menos una docena podríamos traernos y llevarlos mañana al Mercado del Puerto para ganarnos unas pesetas.
—¿Y qué problema hay en que vayamos los dos, hacemos el trabajo y nos compartimos las ganancias? Seguro que tocamos a más... —propuso Toni.
—Por mí, de acuerdo. Pasamos por mi casa y cogemos una de las jaulas. Después, a la vuelta podremos llevarnos los pichones a mi azotea, los metemos en el palomar y mañana vamos temprano como un tiro a venderlos —sentenció Gavi.
—Pues andando y que la gente siga durmiendo...
Mientras cruzaban Ciudad Jardín iban recordando cuando entraron por primera vez en la casa abandonada. Habían observado la ausencia de personas en la vivienda y llevados por la curiosidad decidieron saltar la valla y atravesar el enorme jardín para entrar. Se encontraron con una gran mansión. Toda ella era de madera. La planta noble, donde se ubicaban los salones, despachos y comedor, estaban abiertos al exterior a través de terrazas que daban al jardín donde había una piscina, en aquel momento vacía. Una escalera de servicio conducía a un sótano donde estaban la cocina, la despensa y una bodega. Frente a la puerta principal, una ancha escalera con barandales metálicos daba paso a la planta con ocho habitaciones y sus respectivos baños. En el piso superior estaban los aposentos del personal de servicio, una zona tan amplia como la baja y con tantos cuartos como la inferior, pero que sólo disponía de dos aseos, uno para hombres y el otro para mujeres. Desde allí se podía acceder al cobertizo sin ventanales donde anidaban las palomas. De los pichones se escogían aquellos que ya comían solos y estaban punto de arrancar el vuelo. Esas eran las condiciones que exigía el puestero del Mercado para quedárselos.
Aquella primera vez que entraron en la mansión pasaron mucho miedo. No sabían que podrían encontrase. A ello hubo que añadir los ruidos de las pisadas sobre la tea y un cierto tufillo a antigüedad y por tanto a misterio. Todo ello hacía que les temblaran las piernas cada vez que se movían pausadamente e intranquilos.
—Esta vez va a ser distinto... —dijo Gavi sonriendo.
—Eso espero. Hemos entrado tantas veces y nunca ha pasado nada que no entiendo porqué no va a ser igual —aseveró el Morocho dejando claro que no tenía dudas sobre lo que pudiera suceder.
Pero una vez dentro de la mansión Gavi volvió a percibir las mismas sensaciones que obtuvo en la primera visita. Miró a su amigo y estuvo a punto de decirle que desistieran, pero aquel inició el ascenso por la escalera sin darle oportunidad alguna y sin que le quedara otro remedio que seguirle. Subieron con premura hasta que se pararon en la puerta del vestíbulo para abrirla lentamente y no asustar a las aves que estaban echadas en los nidos o que daban los primeros pasos por el suelo del habitáculo. La tarea se hizo con eficacia. Enseguida cogieron ocho lindos pichones de diversas parejas y colores. Después, cerraron la puerta e iniciaron el descenso compartiendo el peso de la jaula que llevaban agarrada por un asidero de cuerda lo suficientemente ancho para que cupieran sus manos.
Gavi había perdido sus temores y estaba mucho más relajado mientras bajaban, pero tanto a él como a su amigo los corazones les dieron un salto cuando en el vestíbulo principal les esperaba, cerrándoles el paso un hombre que con cara destemplada, con los brazos en jarras y con dureza en su voz, les interrogó sobre lo que estaban haciendo:
—¿A dónde van con esas palomas? —el individuo tenía una gran estatura, una espesa barba y su apariencia era la de un mendigo pues su desaliñado aspecto así lo delataba. Los chicos se pararon y cruzaron una mirada de perplejidad ante la situación que se les había presentado y que debían superar.
—Cada mes venimos a llevarnos nuestros pichones —dijo lo primero que se le ocurrió el Morocho.

                               Imagen original del libro realizada por el  Ilustrador José Socorro.
—¡Sus pichones, sus pichones...! —repitió el hombre elevando el tono de la voz—, querrán decir mis pichones, pues de ellos me alimento. Y, además, esta casa es privada. Es mi casa, yo la habito desde hace mucho tiempo ¿Cómo se les ocurre venir aquí a romper la intimidad y a apoderarse de mis propiedades?
Aquellas últimas palabras no gustaron a los chicos. Estaban seguros de que su interlocutor mentía pues conocían muy bien el tiempo que la casa llevaba vacía.
Pero no era cuestión de desmentir sin saber qué tipo de personaje era aquél y cómo podía reaccionar, así que Gavi tomó la palabra para tratar de apaciguar sus ánimos:
—Decimos que los pichones son nuestros porque las palomas lo son. Se trata de palomas anilladas por nosotros, que pertenecen a nuestros palomares y que no regresan pues vienen a criar aquí ya que así se han acostumbrado. Hace mucho tiempo que venimos a llevárnoslos.
El hombre se quedó pensativo durante unos segundos pero rápidamente reaccionó contestando en el mismo tono de acritud que antes había empleado:
—Parece lógico lo que dicen, pero no me van a engañar pues no todas las palomas están anilladas, un buen número de ellas no tienen marca de propiedad y son salvajes.
—Bueno —intervino Toni apoyando a su amigo-, Usted tiene razón, algunas son salvajes pero sólo aquellas que siendo pichones nosotros no las hemos escogido para nuestros palomares porque no son bonitas o tienen defectos en el plumaje...
Los chicos notaron como el hombre había encajado sus razonamientos, pues bajó los brazos de su cintura y optó una pose más relajada. Inmediatamente se acercó al escalón bajo y apoyando su brazo izquierdo en el barandal les dijo:
—Bien, parece que dicen la verdad. Bajen, hablemos y seguro que llegaremos a un entendimiento.
Los chicos respiraron tranquilos e iniciaron el descenso. Luego, los tres se sentaron en el suelo del vestíbulo enfrascándose en una larga conversación, que a medida que pasaba el tiempo se iba haciendo más sincera y entrañable, lo que acabó por romper la mala impresión del principio.
A lo que sí llegaron rápidamente fue a la conclusión de que aquel hombre era todo un personaje con una historia muy singular. Dijo llamarse Alfredo y haber cumplido los cuarenta y cinco años aunque aparentaba tener menos edad. Desde muy joven había dejado los estudios y su hogar para viajar por el mundo, pues esa fue siempre su ilusión. Había visitado todos los continentes y trabajado en miles de trabajos circunstanciales con el único objetivo de financiarse la siguiente aventura. A la vuelta de uno de esos viajes, al verse sin posibilidades económicas decidió alistarse en La Legión. Según comentó a sus nuevos amigos había estado en las refriegas de las colonias españolas en África y cansado de la vida militar había decidido licenciarse para no tener que tomar nunca más las armas en sus manos.
Después de ese buen rato Alfredo les pidió dos pichones a los chicos para el almuerzo y mucha discreción sobre su estancia en la mansión abandonada, pues según argumentó no quería que nadie le viniera a molestar ni a compartir hogar, pues se encontraba muy cómodo en la soledad. Ellos le prometieron el silencio más absoluto y que seguirían visitándole con más asiduidad para charlar y conocer aspectos de sus aventuras, así como para llevarles algo de comer. La despedida fue muy amigable.
Los dos amigos salieron sonriendo de la casa pues había cumplido sus expectativas. Se iban, además, satisfechos por la nueva amistad, pero cuando dejaron atrás la calle Rafael Dávila se encontraron con una nueva sorpresa, pues un despliegue muy grande de la policía militar ocupaba la calle contigua. Entonces, no tuvieron tiempo de intercambiar palabra alguna pues dos soldados muy fornidos los tomaron por sus brazos y en volandas y con la jaula incluida fueron llevados ante la presencia de un mando que estaba sentado en la parte delantera de uno de los jeeps allí estacionado.
—Estos son los chicos, mi teniente —dijo uno de los soldados.
El mando descendió del auto con parsimonia y los miró de arriba abajo. Los dos amigos, hijos de militares acostumbrados al ambiente militar notaron de inmediato que por su juventud se trataba de un oficial de academia. Éste, tras el ritual de amedrentamiento les preguntó:
—¿Qué fuisteis a hacer a esa vivienda?
—A pescar, es que no nos ve. Y haga el favor de decirles a sus soldados que nos quiten las manos de encima —les dijo el Morocho rotundamente. Una cosa era encontrarse de improviso con un desconocido en una casa abandonada y otra muy distinta moverse entre militares, algo que toda la vida habían hecho.
—Me parece que os la dais de listillos. ¿Sabéis con quién estáis hablando? —prosiguió con su táctica.
—Quien no sabe con quiénes está hablando parece ser usted. Le repito lo que le pidió mi amigo. Haga el favor de decir a sus soldados que nos quiten las manos de encima o tendrá que dar explicaciones a nuestros padres en el regimiento —le dijo Gavi en el mismo tono que había empleado el militar.
El joven teniente captó inmediatamente el mensaje y supuso que la información que los chicos le habían mandado no podía ser improvisada, así que hizo una indicación a los soldados y una vez que fueron liberados continuó con el interrogatorio:
—Luego hablaremos en el regimiento con quien haga falta, pero ahora es necesario que me digáis con quién os habéis encontrado en esa casa abandonada.
—Con nadie —dijo rápidamente Toni—, la casa, como usted dice está abandonada.
—Quiero deciros chicos que os podéis meter en un buen problema si no colaboráis con nosotros. Si sois hijos de militares estáis obligados a ayudar y a no dar un disgusto a vuestros padres ¿Este hombre que veis en la foto es un prófugo, así que os repito: ¿Está en la casa? —el teniente les enseñó una foto de Alfredo. Iba vestido de legionario y de su pecho colgaban dos condecoraciones que ellos conocían muy bien: La Laureada y la de San Hermenegildo. Su amigo se trataba, por tanto, de un soldado ilustre.
—No hemos visto a nadie, esa casa lleva muchos años vacía. Y con ese militar no nos hemos encontrado —Gavi se aseguró de ser rotundo y no dejar dudas que pudiera llevarles a desconfiar de sus palabras-. Es más un profesional con esas condecoraciones no puede ser un prófugo, así que está perdiendo el tiempo. Allí no hay nadie...
—Bien, que los chicos no se muevan de aquí, luego veremos en qué queda todo esto. Avisad a los otros que vamos a entrar. Los chavales están mintiendo y el vecino que llamó a la Policía Armada lo ha identificado. Iremos con cuidado pues es probable que esté armado —dijo el teniente con autoridad. Los chicos se cruzaron una mirada y no les hizo falta decirse nada. La situación era crítica para su amigo.
Se quedaron en silencio mientras veían como los soldados seguían a su teniente muy pegados a las fachadas de las casas. Cuando llegaron a la cancela fueron saltándola uno a uno en silencio. La espera se hizo interminable, pero a los pocos minutos aparecieron de nuevo, pero esta vez con Alfredo. Lo llevaban a la carrera, esposado y rodeado de todos aquellos que habían intervenido en la operación. La escena era terrible pues el reo no podía correr a la velocidad que imponían sus captores y en varias ocasiones tuvieron que arrastrarlo.
Muy pronto llegaron a la altura de los chicos. Estos no salían de su asombro. Tenían la esperanza de que pudiera burlar el asedio, pero no hubo suerte y allí estaba el detenido. Alfredo los miró de reojo al pasar y ellos comprobaron su tristeza. Ahora, vendría lo peor, pensaron, tener que enfrentarse a la reprimenda de sus progenitores. Todos se fueron a los jeeps y una vez que fue introducido en el auto, los mismos soldados que llevaron en volandas a los chicos volvieron para acercarlos al coche. Allí el oficial le preguntó a Alfredo si los había visto en la casa. De nuevo, les volvió la preocupación pero esta vez unida a ligeros temblores en las piernas
—Los vi entrar, pero ellos no me vieron. Vinieron a buscar pichones. Cada mes lo hacen —la respuesta llenó de alegría a los jóvenes, si bien no lo reflejaron, sólo Toni se dirigió al oficial para decirle:
—Le queda claro, teniente. No le hemos mentido, por tanto nos vamos, si bien sería mucho más humano que tratara con más respeto a un militar mucho más galardonado que usted y del cual tendría mucho que aprender.
Al teniente se le sonrojaron los cachetes y atropelladamente se dirigió a ellos para despedirlos:
—Venga, largaos de aquí, no me hagáis cambiar de opinión y hacer que os tenga que llevar con vuestros padres para que os enseñe modales...
Pronto la calle quedó vacía, sólo un vecino que había visto toda la operación aplaudió el paso de la comitiva. Gavi y Toni se miraron y no fue necesario que dijeran nada, aquel personaje había sido el delator. Tendrían tiempo de pensar en ello. Emprendieron el camino a casa sin hablar y sin poder quitarse de la cabeza lo ocurrido. Estaban apenados por la suerte que podría correr aquella persona que con el tiempo había comprendido lo negativo del uso de la armas y aunque en parte les había mentido, demostró tener muy buenos sentimientos, lo que les llenaba de consuelo.

domingo, 22 de enero de 2017

Las postales de los buques en los sesenta.


                                        Foto tomada de La Provincia/ Diario de Las Palmas

Ya no suenan de madrugada las sirenas de los buques anunciando su llegada al Puerto de La Luz y de Las Palmas de Gran Canaria. Es como si no hubiera puerto, ni tampoco a quienes dar la alegría por visitarnos. Desaparecieron en el tiempo. Ahora en las noches silenciosas solo se oye el ruido de los grandes contenedores, cuando son movidos o arrastrados, vete a saber, por esas estructuras esqueléticas que han empañado la entrañable vista de nuestra bahía. 

La canción El Tartanero que compusiera Andrés Viera Plata en mil novecientos sesenta y popularizara  Mary Sánchez y los Bandama hacía mención al atraque cada lunes del Castle y los martes del Yewoard ( "Hoy es lunes, llega el Castle y mañana llega el Yewoard", decía el estribillo). Ya no hay canciones que recuerden que ahí enfrente está el puerto y que está abierto a visitas para ofrecerles nuestra hospitalidad. Ahora nos enteramos de que llegan los grandes buques porque se dibujan casi arrinconados ocupando las dársenas y las calles se llenan de rubios visitantes de unas horas. Todo es distinto.

                           Foto tomada de la publicación 100 años de pasajes en el Pueerto de Las Palmas de José Ferrera Jiménez

En los años sesenta la chiquillada nos desplazábamos a la calle León y Castillo, en el mismo Ciudad Jardín, a ver maniobrar al práctico ayudando a los buques a atracar en puerto. Es más, en una época pusimos de moda coleccionar postales de aquellos barcos que para nosotros eran verdaderas joyas. Las íbamos a buscar a las consignatarias y allí nos las entregaban para en un ritual colocarlas en álbumes de creación casera que embellecíamos para el orgullo de los pequeños coleccionistas. Los señores empleados de la consignatarias, cuyas representaciones estaban situadas en el Parque de Santa Catalina, y las calles Sagasta, Juan Rejón y La Naval, nos conocían de tanto pasar por allí y acabaron por llamarnos por nuestros nombres de pila.

La Elder Dempster (Canary Islands) Ltd. estaba situada en el Parque de Santa Catalina. Allí conseguíamos las postales de los Castle. Eran las más preciadas. Recuerdo los nombres de los buques de la Compañía Union-Castle Line de memoria: el Pendennis Castle, el Windsor Castle, el Capetown Castle y el Pretoria Clastle.  La primera vez que llegó el Queen Mary procedente de  Southampton creo recordar que fue en 1963. El arribo a puerto fue por la mañana, temprano, era impresionante con sus tres chimeneas y causó una gran expectación en la ciudad. Al no tener postales en la consignataria tuvimos que desplazarnos caminando al puerto, donde unos marineros nos consiguieron el trofeo que deseábamos, pues no nos permitieron subir a bordo. Recuerdo que nos visitaría muchas veces más, pero para entonces ya teníamos postales repetidas. De su misma serie era el Queen Elizabeth, aunque menor, pues tenía solo dos chimeneas.

Eran muy preciados los buque italianos de la Linea Costa, el Andrea Costa y el Federico Costa. Y aquellos que no hacián escala en nuestro puerto y cruzaban otros mares también lo solicitábamos a agencias de viajes como Wagons Lits Cook que estaba situada cerca del Colegio Salesiano en el propio Ciudad Jardín.

                     Foto tomada de la publicación 100 años de pasajes en el Pueerto de Las Palmas de José Ferrera Jiménez

La línea con la Península estaba cubierta con los buques de la Trasmediterránea, que por cierto alguno tuve que usar para desplazarme a visitar a mi familia en Andalucía. Recuerdo el Ciudad de Cádiz, el Ernesto Anastasio y el Ciudad de Oviedo. Allí mismo en el Parque de Santa Catalina nos atendían para regalarnos las postales.

                                                             Foto de la Compañía Trasmediterránea

Con esas postales nos sentíamos viajeros y soñábamos visitar otras países del mundo. Tuve mucho tiempo esa colección hasta que debió perderse cuando dejamos Ciudad Jardín. Me quedó una gran tristeza por la pérdida y siempre la he recordado con gran cariño, pues ya se sabe del vínculo amoroso de los canarios con el mar. 

Seguramente, cosas de chicos de otros tiempos.








domingo, 6 de noviembre de 2016

El gorrión de la mancha en el pecho.



Desde la azotea de su casa divisaba el enorme laurel de indias que copaba gran parte del jardín de la Residencia de Oficiales del Ejército de Tierra. Un atardecer, como hiciera infinidad de veces, cuando observaba la llegada a ese refugio de los diferentes tipos de aves, se percató de la caída al patio central de un pequeño gorrión que seguramente osó dar su primer vuelo sin estar preparado para ello.

El corazón le dio un vuelco. Lo siguió con la mirada durante unos segundos. Al otro lado del jardín el gato azabache dormía plácidamente. Reponía fuerzas, con toda seguridad, para  aprovechar la noche en su cacería. Lo había visto muchas veces actuar y pensó lo peor. El pequeño gorrión, comenzando a emplumarse, piaba a buche abierto pidiendo ayuda a sus progenitores. El joven se desesperó ya que sabía que no podrían socorrerle. El pajarillo piaba de tal forma que con seguridad despertaría al minino.

 No lo pensó ni un segundo. Bajó las escaleras desde el tercer piso de su casa y corrió hacia el recinto militar. Entró por la puerta principal como una exhalación. Allí estaba aún el animalito de sus preocupaciones. El corazón le latía aceleradamente, pero tuvo la destreza de ir acorralándolo hasta llevarlo al borde de uno de los parterres. Al fin, respiró tranquilo cuando logró tenerlo a buen recaudo entre sus manos.

Foto tomada de Biobligia (Dani Studler)


La vida de aquel osado polluelo pasaba por una alimentación adecuada, el calor de un nido y el cuidado de una familia. Una caja de zapatos con trapos y un bombillo le darían el calor. Una caña recortada en forma de plumín y leche con gofio haría el resto. Solo faltaba acompañarle mientras abría el pico con un ligero silbido que identificara que llegaban su cuidador y la comida.

Así estuvo un par de semanas, primero en la habitación, luego, ya sin bombillo, en la caja y después correteando por el piso de la azotea. Lo que no cambió en todo ese tiempo fue el silbido de llamada y la caña afilada que depositaba la leche con gofio en su buche. Aquella manera de alimentarlo fue dejando una mancha inconfundible sobre sus plumas del pecho.

Un día voló, para posarse en el muro que le ofrecía una vista espléndida de lo que era un mundo nuevo para él. Más tarde amplió el vuelo e inspeccionó ese espacio que tenía a su alcance. Su cuidador se preocupó cuando no lo vio en las inmediaciones, pero al silbar varias veces para darle su comida apareció volando y se posó ante él en actitud de espera con el buche abierto.

Aquella operación se repitió durante meses. El gorrión se había acostumbrado a volar por el mundo, a vivir su vida y a no preocuparse por la comida, pues su progenitor estaba siempre a la hora prevista ofreciéndole la alimentación.

Un día dejó de acercarse a la llamada de la comida. Definitivamente entendió que el pájaro se había emancipado El chico dio por finalizada la relación. Se sintió triste y a la vez satisfecho de haber realizado una buena acción. Pero nada más lejos de la realidad, pasado un tiempo en esa constancia del joven por ver entrar las aves al laurel, el gorrión manchado de gofio le voló hasta donde él estaba para pedir su ración como lo había hecho otras tantas veces. Extrañado corrió a la cocina y preparó la papilla. Allí estaba esperándole en actitud de demanda. Llenó su buche y emprendió vuelo hasta perderse en el laurel de indias. A los pocos minutos volvió y logrado su objetivo levantó vuelo hasta su destino. Así repitió tres veces la misma operación.

Cada tarde volvió a la demanda. Tres vuelos y tres cargas de papilla que el joven entendió como ayuda para su prole. El sistema no le pudo ir mejor. Después dejó de acercarse hasta el chico de la plumilla de caña, que había hecho de progenitor del gorrión de la mancha en el pecho y de su descendencia.






    



    



miércoles, 20 de julio de 2016

Las ventas callejeras. Los Cantos (A vista de Gaviota).


Para surtir de víveres a las familias sólo había dos tiendas en Ciudad Jardín, la de “Manolito” y la denominada “Isla de Cuba” de más empaque que la anterior, ambas en la Calle León y Castillo. Así que, para las compras de alimentos las familias estaban obligadas a invertir en ellas sus ajustados recursos económicos. Para las prendas de vestir y calzados, había que desplazarse a Triana o al Puerto. Otros productos, los vendedores callejeros los traían hasta las cancelas de las casas, haciendo sonar sus cantos. Y este trabajo lo hacían de la forma más llamativa posible. Sirvan los siguientes ejemplos.
Durante cierta época, dos jóvenes que vendían hielo visitaron el barrio. Este producto servía para refrescar las soleadas mañanas del verano. Naturalmente tenían éxito, pues a los hogares aún no habían llegado los frigoríficos y la posibilidad de mantener en sus congeladores tan preciado producto. Portaban una carretilla con dos grandes bloques de hielo a los que les sacaban, con un artilugio metálico en forma de cajetín y provisto de un raspador en su base, las escarchas que en una primera fase de la operación se agolpaban en el interior del aparato hasta llenarse y coger la forma cuadrangular, para luego perder su transparencia por el colorante que le rociaban. Sus voces llamando a la compra se escuchaban en todo Ciudad Jardín: -¡Hielo, hielo; al sabroso hielo con sabor...! A los chiquillos les gustaba, pero no tanto a sus madres que sufrían el lavado a mano de las camisas pringadas por el efecto de un producto casero de dudosa calidad alimenticia, pero de un intenso poder colorante.
Hablando de buenos sabores, “los helados de Panchito” deben tener mención especial. Este buen hombre se acercaba cada día y era uno de los personajes preferidos. Tenía un carro de madera pintado de amarillo, con dos ruedas del que subían cuatro columnas que sostenían un techo destinado a evitar el sol y la lluvia. A Panchito se le podía ver en cualquier parte, sobre todo, coincidiendo con los horarios de salida del alumnado de los colegios de la zona. Hacía sonar una trompetilla dorada y cantaba un singular: “Hay helaaaaados”, lo que estimulaba las glándulas salivales de sus jóvenes clientes.
Su atuendo era muy cómodo, seguramente para poder arrastrar aquel carro, tan pesado, durante tantas horas. Se abrigaba con una camisa gris, con rayas, y largas mangas que recogía por encima de sus codos; el pantalón de franela, también de color gris, caía sobre unas alpargatas de esparto gastadas por el paseo constante. Mientras iba de un lado para otro, acostumbraba a cantar canciones de la época o a silbarlas. Y eso lo interpretaban los chicos como signo de felicidad, por lo que parecía realmente di- choso con su trabajo. Muchas veces, los chiquillos coreaban sus canciones y él reía a placer.
En ocasiones lo ayudaban en la venta y traslado de su carro, mientras él iba montado en alguna de sus bicicletas dando un paseo. A cambio, recibían unos buenos helados de vainilla o chocolate emparedados entre crujientes galletas, con el tope del servidor puesto al máximo lo que aseguraba que la cantidad de helado fuera acorde con el esfuerzo realizado. Cargaba sus productos en la Heladería La Moderna de Beltrá, situada frente al Cine Goya. Era todo un ritual, pues primero llenaba el carro de trozos de hielo y a continuación, iba metiendo en su interior los recipientes metálicos con los sabrosos productos. Luego, a caminar y a repartir felicidad entre los más pequeños. A Panchito se le vio durante toda la vida arrastrando su carro, mientras anunciaba su venta de la misma forma que lo hizo toda la vida: Hay helaaaaados.
Los panes del ejército, o sea los chuscos, siempre fueron de gran calidad, a pesar de la mala prensa. Estaban hechos con buenos productos y bien trabajados. A las casas de los militares los llevaban cada mañana, normalmente en el camión del reparto de pan y, luego, eran descontados de los paupérrimos sueldos. Los soldados se encargaban de depositarlos en las bolsas de tela que a esos efectos dejaban en las cancelas. Si por algún descuido la bolsa no estaba en sus sitio, un toque con los nudillos y un aviso: “El pan, señora” era suficiente para resolver el problema. Los pequeños eran los encargados de colocar la bolsa y de retirarla, lo que hacían como una rutina más. Pero muy diferente era cuando no podía venir el camión por avería o como consecuencia de traslado de personal militar, y aparecía “el burro Perico” para realizar un viaje de fantasía.
Este simpático animal fue durante años la delicia de toda la chiquillería. Era feo a reventar, pequeño, grisáceo, musculoso y con la orejas tan largas que se doblaban sobre si mismas...; pero tenía, a entender de los más chicos, dos grandes virtudes: era muy coqueto, pues hacía sonar alegremente los cascabeles que rodeaban sus cuello, y además, cariñoso; tanto, que al enfilar la calle Gago Coutinho, demostraba su apego lanzando un rebuzno tras otro, hasta que los más jóvenes aparecían en escena y le aportaban unos granos de azúcar. Tenía su cuadra en el Castillo de Mata, donde estaba acuartelada una Batería de Artillería. Cuando salía, realizaba el mismo recorrido y cometido que el camión, pero naturalmente más despacio y con otro estilo. Perico tiraba de dos lanzas que, enganchadas a sus costados, servían para arrastrar un carro pequeño con techo y un pescante donde iba sentado el arriero. En dicho pescante se sentaban los más rápidos en salir a recibirlo y el resto lo acompañaban en un reparto de ida y vuelta que llegaba hasta las Alcaravaneras, donde vivían algunos militares. Pero un día, Perico no acudió.
Quino pensó que había pasado lo peor, pero su padre, destinado en el Cuartel de Mata, le prolongó, durante largo tiempo, las esperanzas de que algún día volviera, al decirle que había sufrido un empache y que pronto estaría en condiciones de realizar su trabajo. Pero lo cierto es que no volvió, así que, en una ocasión que lo acompañó a su trabajo, se acercó a la cuadra y comprobó que allí sólo estaba el carro y sus aparejos. La pérdida de su amigo le produjo un gran pesar.
Los pescadores de la Playa de Las Alcaravaneras y San Cristóbal también se acercaban a realizar sus ventas. A la voz de: “Hay sardinas, señora; hay longorones...” , como productos más preciados, reunían a su alrededor a las vecinas que portaban sus fiambreras. De entre ellos, Mariquita “la barquillera” era la más solicitada, y no precisamente por su producto, que era de la misma calidad que los demás, sino por su vehemencia y simpatía. Les alegraba la mañana con ocurrencias, vetadas para los más pequeños y que ellas reían a carcajadas. Como compensación a ese buen rato de teatro, se ganaba sus buenas pesetillas en el peso que restaba al producto, al ajustar la balanza presionándola con su dedo meñique. Una verdadera obra de arte de aquella maga de la escena que fue descubierta después de muchas actuaciones, al haberse comprobado el pescado en las pesas de las reposterías de las casas: “ochocientos cincuenta gramos, por un kilo...” Así que, desde que corrió la voz, se acabaron los espectáculos de Mariquita “la barquillera”.

Angelillo “el Chispa” vendía a voces el periódico por las casas: “Prensa” o “Diarioooo, Diariooooo de Las Palmas”. Tenía algunos suscriptores a los que les tiraba el periódico al balcón, ovillado de tal forma que por los golpes jamás se desenvolvía. Recibió su apodo debido a un famoso personaje del suplemento dominical que los chicos esperaban con ilusión, a la vez que caminaba veloz y sin descanso a pesar de ir portando el peso de los papeles que no eran escasos, lo que sirvió para dar, con más motivo, pábulo a su mote.
Pero el engaño más sonado fue el de los dos gitanos que a base de verborrea vendieron a una vecina unos metros de tela ignífuga de color beige que iba a tener como fin un traje para su esposo. El mencionado producto, cantado a voces como: “la tela que no arde” superó, delante de la pobre engañada, la prueba del fuego. Unas buenas pesetas que se fueron, como la tela, cuando ella quiso demostrar a su pareja la bondad de lo adquirido. Desde entonces, recibió en la intimidad de los otros hogares el sobrenombre de “la cerillera”.
Del libro “A Vista de Gaviota” (Cíclope Editores/ Colección Doramas Nº1- Canarias  2007) de Joaquín Nieto Reguera. Ilustración de Elisa Betancort.



sábado, 25 de junio de 2016

"Lolilla"

                            Con un grupo de alumnos mostrándoles mi antigua casa. Ahí ocurrieron los hechos

A mi hermano Carlos Juan Nieto Reguera, él lo vivió como uno más de aquella familia donde nuestra madre, sin tener para todos y en momentos muy difíciles, supo aumentar el número de miembros familiares.



Lolilla llegó un día hasta la puerta de nuestra casa en Ciudad Jardín, junto a su madre, pidiendo algo de comer. Ambas mujeres presentaban un aspecto deplorable, tanto en lo físico con unas grandes ojeras y caras de estarlo pasando muy mal, como en sus ropas -que más que vestimenta eran verdaderos harapos-. Mi madre las miró cuando se pararon en la puerta y conoció inmediatamente a la mayor: ¿Eres de Lanzarote y te llamas Sara, verdad? La señora asintió. Tras preguntarles cómo estaban y qué necesitaban, las hizo entrar. Desayunaron con apetito y viendo la situación que presentaban tras la llegada a la isla, y lo expuesto en ese rato que pasaron calentando las tripas, les ofreció trabajo en casa a la hija para ayudarla.

Nosotros, los hijos, nos dimos cuenta que aquella joven con cara de niña y cuerpo de mujer muy poco podría saber. Es más, también nos dimos cuenta que sus capacidades y habilidades tampoco la ayudarían, pero mamá era así. Lolilla y Sara estaban necesitadas y eran de Lanzarote. Aquella casa fue siempre, además de lugar de encuentro de la muchachada del barrio y sus guitarras, posada y fonda para todos los familiares y amigos conejeros que venían a Gran Canaria; ya fuera por vacaciones, por enfermedad o estudios. A mi padre, cuando llegó del trabajo, su esposa se encargó de ponerlo al corriente, así que él reforzó la postura de su mujer.
Desde el día siguiente Lolilla ocupó su puesto de trabajo. Poco a poco fue entrando en la dinámica, cogió peso, lucía más arreglada, llenita y repartía su agradecimiento con sonrisas. Además, nos enseñó algo muy importante que fuimos descubriendo con el paso de los años: Las luces de alegría y felicidad  que desprendían sus ojos eran inenarrables. Así que, independientemente de sus limitaciones era la persona más simpática y ocurrente del mundo; y ello conllevó que nuestra dicha aumentara de forma considerable con sus logros y repentinas ideas.

Amigos de Ciudad Jardín en la calle Gago Coutinho 

Antes, en las azoteas de las casas, cuando las economías no daban para más que para salir del paso, las familias se las apañaban colocando palomares, gallineros o conejeras. Con ello se ayudaba, en la escasez, aportando productos para el consumo. Viene esto a cuento, porque encontrándose un día mi padre metido en el gallinero cogiendo los huevos del día Lolilla se acercó y le preguntó:

-¿Non Nieto, -Así le llamaba- por qué las gallinas están tan sucias? Mi padre como buen coñón andaluz le contestó:

-Lolilla es que no he tenido tiempo de bañarlas, alguna tarde de estas me pondré a ello, no te preocupes que verás que lindas van a quedar.

A la mañana siguiente Lolilla desapareció en aquella casa inmensa de tres plantas. Pensábamos que andaba ocupada en sus quehaceres, pero al momento salimos de nuestras dudas, cuando el escándalo de las gallinas llamó nuestra atención. Subimos tan rápido como pudimos y al llegar a la azotea nos la encontramos dentro del gallinero, tendida en el piso, llena de excrementos de las aves y con una de ella agarrada por el cuello. Increíble la imagen, como para enmarcarla. La ayudamos a salir y le preguntamos qué hacía allí con aquella pinta. La respuesta fue genial:

-Non Nieto me dijo que las gallinas estaban sucias y que iba a bañarlas y tengo la lavadora preparada para asearlas…

Efectivamente, la lavadora estaba en condiciones de usarse. Los mayores recordarán que las primeras máquinas de lavar la ropa, además de muy escandalosas, no centrifugaban. Para ello tenían un rodillo en la parte superior por donde se hacía pasar la prenda para oprimirla y que fuera, en sucesivas ocasiones, perdiendo el agua antes de tenderla al sol. Siempre me he preguntado si Lolilla también tuvo en mente pasar las gallinas por el rodillo centrifugador.

          Amigos de Ciudad Jardín en la calle Gago Coutinho. A la derecha la Residencia de Oficiales, al fondo los Salesianos

Ella estuvo mucho tiempo con nosotros. Un día llegó con la novedad de que tenía un pretendiente. Pues bueno, aquella noticia fue lógicamente la comidilla en casa. ¿Quién sería, de donde vendría, con qué intenciones la pretendía…? Mi madre andaba muy preocupada con aquella relación. Pero, pasaban los meses, y ella seguía mencionando a su novio, se perfumaba y salía de su trabajo más arreglada y contenta que antes. Hablaba de las salidas con el chico, contaba sobre sus paseos, los planes para el futuro… La veíamos centrada y feliz. En esa medida constante en el tiempo, la pregunta de mi hermano Carlos Juan fue la esperada y lógica:

-Lolilla y con ese novio que tienes: ¿no piensas casarte?

Nunca estuvo más acertada en su repuesta. Con aquella forma especial que tenía de hablar y en un trabalenguas que con el tiempo fuimos interpretando a la perfección, le contestó lúcidamente:

-Pero Carlos Juan, ¿tú qué te crees? ¡Ni que casarse fuera “asoplar” y hacer botellas!

Estos días atrás hablaba con mi hermano y recordábamos aquellas anécdotas con alegría y cierta nostalgia. Lolilla se fue de casa años más tarde. Terminó casándose y teniendo hijos. El final de su marido fue accidentado y trágico. 

Yo volví a encontrarla mucho tiempo después en El Polvorín en una visita que hice al colegio público. La vi muy desmejorada y me acerqué a ella. No le dije quien era, para ver si me reconocía. Ella me miraba con aquellos ojos tan especiales que tenía y  lanzaban chispas de curiosidad. Ya presentado, se abrazó a mi y lloró desconsoladamente. Entre sollozos nos nombraba a todos y preguntaba continuamente por mi madre, Non Nieto y mis hermanos. 

Lolilla fue un ángel bueno en aquella casa de Ciudad Jardín donde todos fuimos tan dichosos. Así es como la recordamos, con mucho cariño pues siempre nos compensó con el suyo, con su alegría y también con las geniales ocurrencias.












viernes, 25 de marzo de 2016

Guille: Aquel ángel...



Guille quiso nacer con ellos. Él supo elegir hogar y familia a pesar de sus limitaciones a la hora de decidirse. No tuvo dudas. Sus padres se querían. Eran buenos progenitores y desprendían felicidad. La felicidad es empática y a él eso le llamó la atención antes de elegir otra alternativa.  Es más, la casa estaba llena de buenos hermanos que lo mimarían. Así que optar fue fácil.

Guille era un ángel de ojos rasgados que miraba continuamente a todos, agradeciendo a su manera los gestos hacia su persona. No necesitó pensar, pues las decisiones las tomaban consensuadas. No precisó caminar con destreza, pues muchas manos le acercaban lo que deseaba. No le fue necesario masticar, pues cualquiera de ellos le daba el puré con amor. Es fácil de entender que se enamorara de ellos, pues los ángeles nacen sabiendo elegir. No son como el resto de los mortales. Vienen, nos acompañan, nos alegran la vida y nos cargan de dicha.

Guille, nuestro ángel, pasaba el día donando motivos para la alegría en medio de sus seres queridos. Era el centro de atención. Ahí iba una caricia, al poco caía un beso, luego un achuchón. Mientras, sentado en el suelo y con su visera como complemento, rompía la prensa del día acabando con todas las noticias. Ya fueran buenas o malas, viñetas u opiniones. Él, con sus deditos minúsculos y redondos, las reducía a pequeñas tiras milimétricas de papel. Verdaderas obras de arte de las mismas dimensiones y calibre que iba dejando caer en su derredor hasta cubrir todos sus dominios. Mientras deshacía el mundo, permanecía extasiado pensando sus cosas y también cuanto lo querían. A la vez y de fondo escuchaba las conversaciones, las risas y el ruido de las máquinas de tricotar. Todos ellos y nosotros, los amigos que a la vez éramos vecinos, disfrutábamos acompañándolo y llevándole la prensa que en casa ya se había leído. Alguna vez lo vestían de militar, de soldado o de oficial, de galán o de pirata. Él era el personaje principal de la obra de teatro del día con tal de alegrarlo y gozarlo.


                                                 Guille foto de la familia González Pino.

Por las tardes continuaba entreteniéndose en su interminable tarea mientras sus padres, los señores González, y los matrimonios Arias y Nieto, se reunían para jugar al parchís. Él observaba como ganaban siempre las mamás. Rara era la semana que la tabla del juego no volaba hasta el jardín por el enfado de los papás ante tanta pérdida. No ganaban los militares de la época tanto como para tener que poner cristales al cartón del juego cada semana. 

                                                              Guille foto de la familia González Pino.

Guille eligió estar acompañando a su familia una veintena de años en aquella casa de Ciudad Jardín. Un día extendió sus alas y voló hasta el cielo de donde vino, para desde allí arropar a todos los que le habían querido. Tomó el camino dejándoles para siempre el hermoso recuerdo de un ser adorable, de un ángel que pasó por este mundo entre algodones y aportó a cambio junto a su dulzura, todo el amor que su corazón albergaba, que por cierto era infinito y ha resultado eterno.