lunes, 24 de agosto de 2020

Memorias de Daniel Britt: "A lifetime between longing and waiting". (24.08.2020).

 

A mi amigo Rafael Curbelo Armas. Por su inagotable generosidad y dedicación a la investigación y difusión de nuestro acervo cultural. Muchas gracias por las atenciones.                                           

 
Foto de MaxRexDefault. Ciudad Jardín

 

Caminaba hace unos días por Ciudad Jardín, cuando recordé esta historia que me contó una señora que se dio a conocer como institutriz en los jardines del hotel Santa Catalina. A su vez, ella dijo haberla obtenido de un caballero con el que había entablado amistad años atrás. Me pareció que dominaba con mucha exactitud todos los detalles, para ser tan solo amiga, de esta forma me lo contó y así lo narro.

En los años ochenta del siglo XIX, el británico Alfred L. Jones puso los cimientos de su gran imperio mercantil en la isla de Gran Canaria. A partir de la construcción de una estación carbonera en el Puerto de La Luz, a la que llamó The Grand Canary Coaling, fue incrementando sus negocios en diferentes frentes, con una visión de futuro digna de un gran emprendedor.

Con el paso de los años y para mantener este emporio, se supo rodear de los mejores especialistas británicos  e isleños. Para ello, abrió un despacho y mandó en el terreno de la economía, al joven y prometedor Mr John Britt, quien, por aquel entonces, ya intervenía en la capital inglesa en los negocios del propio Mr Jones.

El economista, cuando recibió la oferta de viajar a la isla, no lo dudó. Pocos meses atrás había enviudado de su joven esposa, con la que no tuvo descendencia y nada le ilusionaba más que dejar atrás la capital inglesa.

El nuevo residente, al poco tiempo de llegar, se hizo construir un chalet en Ciudad Jardín. Allí, la colonia inglesa fue la precursora de esa zona residencial.  La vida en el lugar  era diferente a la de su tierra natal, aunque la cercanía de los  paisanos, el arraigo a las tradiciones de su país y el clima, acabaron por restarle importancia a la lontananza.

En uno de aquellos encuentros para tomar el té, asistidos correctamente tanto por los propios ingleses, como por los nativos de la nueva burguesía, conoció a Constanza Trejo y Morales, una señorita en edad de merecer. Su belleza era equiparable a su fortuna. Nada pudieron hacer los muchos pretendientes canarios, pues el advenimiento matrimonial llegó sin demoras. Su familia, productores y exportadores de tomates y plátanos al continente, acogió con buenos ojos aquel romance. Con el tiempo, llegaría su hijo Daniel Britt y Trejo un chico que <<como se dice en estas tierras>>, nació con un pan bajo el brazo.

Desde muy corta edad, los padres del joven decidieron que recibiera una educación a la inglesa. Para ello dispusieron que ingresara en el famoso St Paul's School de Londres, cerca del Puente de Hammersmith. Así que los inviernos los pasaba en casa de su adorable abuela paterna y los veranos en su mansión de Ciudad Jardín. Al joven Daniel le encantaba disfrutar de la estancia en Gran Canaria, por lo que deseaba con ahínco que llegara el estío. 

 

                                                          St Paul's School

 

 Así fue pasando el tiempo y cuando el General Franco se alzó en armas contra el Gobierno de la República, las visitas veraniegas dejaron de producirse. Su padre, con buen criterio y debido a las malas relaciones entre España e Inglaterra, recomendó a su hijo abstenerse de visitarles. Ya por entonces Daniel era licenciado en económicas y hablaba sus dos lenguas naturales más el francés. Este último idioma adquirido por la visión universalista de su progenitor que se mostró favorable a que su hijo dominara cuantas más lenguas mejor. Recién terminado el conflicto español comenzaría la Segunda Guerra Mundial. Estas situaciones hicieron que los amigos y vecinos del matrimonio le perdieran la pista al hispano inglés. Incluso se decía en los mentideros que sus padres desconocían su paradero.

Lo que sí supieron los vecinos del matrimonio Britt fue que ambos tuvieron la desgracia de caer enfermos de tuberculosis, una enfermedad muy común aquellos años. Primero ella se debilitó. Ni el traslado a casa de los señores Massieu en La Angostura, en busca de un clima más benigno, fue capaz de ayudarle a superar tal desgraciada situación. Luego él, a continuación, agravado por la tristeza de la pérdida de su amor y la escasez de los fármacos, tan escasos debido a las dos guerras, agravaron la enfermedad. Así que, el hogar de Ciudad Jardín, a partir de la marcha de los señores a mejor vida y con su heredero lejos de la isla, quedó habitada por el matrimonio de confianza.

A mediados de los años cincuenta, regresó Daniel a su vivienda de forma inesperada. Los vecinos lo encontraron cambiado. Ya no era el joven que había salido de su última visita tostado por el sol, ni tampoco el risueño y alegre muchacho que llenaba el hogar de amigos y fiestas. Desde su arribo en un taxi procedente del Puerto de la Luz, la noticia corrió como la pólvora en los hogares colindantes

Semanas tardó en dejarse ver a través de las rejas del jardín. Leía cartas y manejaba documentos. Otras veces escribía incansablemente sentado en una de aquellas sillas metálicas de la terraza. Esas eran las pocas ocasiones que se le podía observar, siempre expuesto al sol, puesto que el resto del día lo pasaba refugiado en su hogar. Decían, de él, que buscaba amparo en la bebida hundido en su gran tristeza, por la prematura desaparición de sus queridos padres.

Así el tiempo fue pasando y Daniel Britt, a vistas de los habitantes de Ciudad Jardín, fue tomándole el pulso a la vida. Los domingos, al mediodía, acudía a la Iglesia anglicana, para participar en el oficio dominical. Luego volvía a casa con su lento caminar, vestido elegantemente con su traje frock coat inglés. En su chaleco se podía ver una leontina que sostenía un reloj de bolsillo. En su mano izquierda portaba un cigarrillo Philip Morris que iba desprendiendo su peculiar aroma. En sus dedos resaltaban unas manchas de amarillo tostado, producidas por el efecto de la nicotina. En la mano derecha un bastón, con puño de plata, le servía de apoyo para poder soportar probablemente alguna lesión de rodilla. Un pañuelo del mismo color de la corbata asomaba coquetamente en el bolsillo alto de su chaqueta. Finalmente un sombrero de campana, cubría su cabeza disimulando el comienzo de la caída de su cabello, ya amenazado por el color gris azulado de sus canas. A todos estos complementos y características de su personalidad, le acompañaban su acentuada seriedad y una mirada absolutamente escondida en sus pensamientos. Al regreso a su hogar, se paraba ante el buzón de correo para retirar la correspondencia. Un monótono proceder que no modificaba domingo alguno.

 

Durante dos días a la semana, cuando fenecía la luz del día, Daniel Britt abandonaba el hogar. En efecto, los jueves y sábados se sentaba en la parte trasera de su elegante coche Austin A30, de color negro, y partía hacia rumbo desconocido. Su mayordomo José Delgado lo llevaba a algún lugar del que nadie tenía referencias. Solos ellos dos, el propio sirviente y Mr Britt Jr, iban en el automóvil. El regreso siempre se realizaba casi al amanecer. Muchas especulaciones se barajaban en el barrio sobre los comportamientos, nada habituales, del solitario y misterioso personaje.

Una mañana de invierno, a mediados de los años sesenta, el doctor  Pavillard, médico de la colonia inglesa en la isla, llegó a la mansión con su maletín de cuero y su pajarita color malva, en su Rolls-Royce. Nadie podía pensar que tras aquella corta estancia dentro de la casa, una ambulancia del Hospital inglés hiciera acto de presencia para llevarlo en camilla. Lo cierto es que a los pocos días del acontecimiento, por una enfermedad incurable, descansó para siempre en el Cementerio inglés de San José. El entierro fue discreto e íntimo. Solo la familia de sus mayordomos lo acompañaron.

Por aquel entonces, en su casa de Ciudad Jardín ya solo quedaron su hombre de confianza, entrado en edad, su esposa Dolores y sus dos hijos. Carla, la más joven, estudiaba idiomas y su hijo Tomás, un aventajado estudiante pero enfermizo muchacho, inclinó sus preferencias por los estudios de derecho. A ambos, en vida del dueño de la casa, Mr Britt Jr, les ayudaba económicamente con sus estudios. El joven Tomás tenía gran afición por la lectura y un extraordinario interés por la escritura. La chica pasaba sus años visitando países y empapándose de sus idiomas y costumbres. En el testamento se recogía que los dos chicos heredaran la propiedad inmobiliaria y una gran cantidad de dinero en efectivo que les aseguraría sus vidas.

 Con la marcha de Daniel Britt, invirtieron en acomodar la casa a sus gustos y necesidades, pero su habitación fue respetada y considerada como lugar sagrado. Nadie, ni siquiera Dolores, había querido romper sus secretos más íntimos, aunque entraba cada semana a limpiar el polvo y los pisos.

Tomás se encargó de romper la intimidad. Un fin de semana aprovechó que sus padres y su hermana Carla optaron por disfrutar de una vieja casita que poseían con árboles frutales en San Mateo. El futuro letrado abrió la puerta del dormitorio e inmediatamente la oscuridad le embargó. Se percató de un fuerte olor a humedad y naftalina. Separó las cortinas y con la claridad del exterior, le llegó la visión de la tremenda austeridad de aquella habitación. Aquel lugar le pareció un contrasentido con el lujo que podía verse en el resto de la casa. Muy cerca de la ventana, y de costado a ella, había un mueble escritorio de caoba que le llamó la atención. Se acercó y tomó de la parte superior del mueble una llave que estaba dentro de un pequeño cofre de madera tallado artesanalmente. Metió aquella llave en la cerradura y notó como una bandeja, que hacía de escritorio, cedió para posibilitar su apertura. Levantó la tapa y, ante su asombrada mirada, apareció lo que pudieran ser las razones de la vida del misterioso personaje.

En el fondo del escritorio y bajo una hilera de cajones había amontonadas, amarradas y clasificadas por años, cientos de cartas procedentes de Inglaterra. La caligrafía de los sobres era fina, alargada y casi gótica, muy de moda entre las féminas de antaño. La calidad de los sobres, el olor y lo cuidado que estaba todo denotaban un gran esmero por cuidar los detalles. En el reverso, a modo de remitente, solo tres iniciales M. I. B.. Por un momento quiso dejar todo tal como estaba, pero la curiosidad pudo con él. Abrió una de aquellas cartas y con el inglés, de andar por casa, que había aprendido en el Colegio Claret quedó enterado del valor de lo que tenía entre sus manos. Cuando hubo terminado la devolvió a su lugar de procedencia, cuidando de no desclasificarla. Siguió curioseando y la sorpresa saltó ante sus ojos, cuando del cajón central sacó cinco cuadernos, en cuyas portadas azules aparecían rotuladas la frase:

“Daniel Britt’s Memories: "A lifetime between longing and waiting".

Tomás pasó el fin de semana leyendo aquellos diarios. Se tomó con paciencia e interés la amena narración. Solo le preocupaba no tener tiempo suficiente. Le inquietaba que llegara su familia de improviso. El domingo, a media mañana, decidió que continuaría leyendo desde que pudiera aquellos diarios y las cartas que tanta curiosidad le habían despertado. Cerró la puerta de la habitación y mientras salía de allí, forjaba  el convencimiento de que en aquel escritorio estaba el argumento de su primera novela. Solo sería cuestión de estudiarlo, de hacerse con los detalles de la vida del personaje y con el tiempo cambiar nombres para respetar el anonimato de su mentor.

 

         Pasaron muchas semanas para que Tomás asumiera toda la información que contenía el escritorio. Una vez que tuvo claro todo lo ocurrido al desaparecido señor de la casa, se sentó en su mesa de trabajo. En un cuaderno de campo escribió sin descanso, a fin de argumentar su nueva obra. Así se expresó para confeccionar la sinopsis:

<<A los hechos conocidos de su procedencia y marcha a Inglaterra para realizar sus estudios, Mr Daniel Britt llevó una vida de estudiante aventajado en un colegio de abolengo, aunque público, St Paul's School de Londres, cerca del Puente de Hammersmith y de antigüedad contrastada. Ello le dio la oportunidad de codearse con las familias pudientes de la nobleza inglesa. Con veinticinco años, sus estudios terminados, fue invitado por su amigo Thomas Baclerk a pasar un fin de semana en su mansión en Dover, justo en el condado de Kent. Allí, entre lujos, conoció a Lady Mary Isabel, señora de la casa y a la vez esposa de uno de los descendientes del duque de Baclerk. Entre ellos comenzó un romance que duraría años, hasta que en 1940 la Luftwaffe alemana los separó, al sobrevolar el Canal de la Mancha, e iniciar los bombardeos sobre Inglaterra. Este amor, incluso desde la lejanía, sería mutuo, profundo y marcaría toda su vida.

El joven hispano inglés,  preocupado por la política, se había enrolado en el Partido Liberal del Reino Unido. Ante la situación bélica se unió a la coalición de Sir Winston Churchill. Un buen amigo, enrolado en el Secret Intelligence Service, dado que conocía el manejo de los idiomas de Daniel Britt, le pidió que partiera hacia el continente y tomara residencia en París. Estuvo unos días acuartelado en lo que fue su colegio de menor, o sea el St Paul's School. En aquellas fechas, aquel lugar, había sido acondicionado como cuartel general del XXI Army Group, bajo las órdenes del general Bernard Montgomery. De allí se controlaban las campañas militares y preparación para el asalto al continente de los aliados por Normandía. Se ajustaba la máquina para acabar con los nazis en Europa. Allí, también, lo prepararon en sus tareas como espía y le pidieron, además, hacerse pasar por un español acaudalado de apellido Brito. Para ello, dispondría de documentación falsa. Su cometido era infiltrarse entre los alemanes ocupantes de la capital francesa, a fin de ofrecerles informaciones, engañosas o interesadas, siguiendo las directrices del MI6  del Reino Unido. Así esperaban conocer los movimientos de las tropas alemanas y manejar información ventajosa. 

 

                                                        Sir Winston Churchill

 

 

 En 1943, Daniel Brito fue conducido a la costa de Rouen por un submarino de la Royal Navy que lo dejó en una balsa a media milla de la costa. A punto de amanecer, retrasado por el mal tiempo que le impedía acercarse a la orilla de la playa, le esperaban miembros de la resistencia francesa. Pasó unos días en una cabaña en la comarca de la Bretaña hasta que, poco a poco, siempre de noche, lo acercaron a París donde lo ubicaron en un palacete de la Rive Gauche del Sena.

Allí muy pronto comenzaría a llevar una vida de lujos y fiestas a la que acudían hermosas mujeres, franceses partidarios de los invasores y alemanes de alta graduación. Entre ellos, no faltaban cargos militares de Hitler, miembros de las SS y de la peligrosa Gestapo. La información que iba aportando a los nazis, en primeras instancias verdaderas para ganarse sus confianzas, le procedían de infiltrados que se amparaban en la oscuridad de la noche. Así pasó tres años en ese menester, obteniendo valiosa información y colando noticias falsas. Pero, una investigación de la S.S. acabó obteniendo el resultado menos favorable para su persona. Según las noticias llegadas de España, con cuyo gobierno los alemanes mantenían buenas relaciones, el apellido del espía español no aparecía en sus archivos. Con esas premisas los alemanes ordenaron su detención.

Daniel Britt pasó dos semanas en los calabozos de la Gestapo francesa (llamada también Carlingue) que estaba ubicada en el 93 de la Rue Lauriston. Allí fue torturado por los miembros de la organización, que habían sido reclutados entre franceses de mala reputación y afines al fascismo. Por mucho que le apretaron no pudieron obtener palabra alguna de su condición. Las autoridades alemanas, tras recibir los informes de los franceses afines, acordaron enviarlo al campo de concentración  de Mauthausen, donde  ya se encontraban o habían sido asesinados  muchos republicanos españoles.  

La noche prevista para transportarle hasta el tren, la resistencia francesa había sido avisada del hecho a través de un gendarme infiltrado de los aliados en la comisaría. Así que, los milicianos estaban preparados y antes de que los militares lograran el objetivo de dejar al prisionero en la estación, una emboscada, en el cruce de la Rue Lauriston con  la Rue Víctor Hugo, acabó con los militares alemanes y consiguieron liberar al espía. Sin embargo, Daniel Britt en aquella escaramuza recibió un disparo en la rodilla que le hirió de gravedad, temiéndose por su vida.

Pasó Mr Britt Jr. unos meses escondido en diferentes pisos de París. La resistencia francesa lo mudaba de hogar durante las frías madrugadas. Una noche, cuando el herido al menos podía arrastrar su pie, no sin serias dificultades, llegó un maqui francés con la orden de llevarle a la frontera española para ser entregado a sus compatriotas de los G.E. (Guerrilleros Españoles del Partido Comunista).

La entrega se hizo sin dificultad pero la supervivencia en el monte durante tres años fue muy dura. Los Pirineos, durante el invierno, eran temibles y las escaramuzas contra los números de la Guardia Civil española les trajeron en jaque durante muchas jornadas. Pero el destino de Mr Britt Jr. de nuevo jugó a su favor. Camuflado en trenes de cercanía, con dinero aportado por los guerrilleros, llegó a la capital de España. Allí, en la embajada inglesa pudo actualizar su pasaporte, no sin ciertos problemas, al considerársele muerto por el tiempo pasado sin noticias de su persona. Lo cierto es que, la nueva documentación le permitió desplazarse a Gaucín, un pueblo de la Serranía de Ronda. Allí vivió dos años en una posada de la familia de un amigo que conoció en Canarias. Tras sentirse seguro y haber pasado en aquel lugar unos meses dedicándole tiempo a la lectura y a convivir gratamente con los vecinos, bajó hasta Cádiz y embarcó en el buque Ernesto Anastasio, tomando  rumbo a las islas Canarias. Se sintió libre cuando al tercer día de navegación comprobó que el barco enfilaba la bocaina del Puerto de la Luz.

 

                                           Buque Ernesto Anastasio

Ya había pasado lo peor. Le llegó el tiempo del descanso y de retomar su vida con otros objetivos. Quería cumplir con aquellos temas que había dejado a medias en su juventud. Al menos esa era su intención. Las cartas con Lady Mary Isabel se reanudaron e incluso su visita fugaz a Gran Canaria. Con ello rememoró sus amorosos encuentros de antaño. Pero su deseo de la unión definitiva  jamás llegó a producirse. Ambos seguían enamorados como el primer día, pero les separaba el matrimonio de ella y las dificultades para dejar atrás una familia de tanto abolengo, así como el escándalo que podía suponer en la High Society del Reino Unido. Debido a esa gran tristeza, cada sábado por la noche tomaba su coche y se dirigía al Tanger Club, cabaret de moda, donde ahogaba sus penas entre botellas de whisky y las sábanas de las señoritas que alternaban en el local. Aquel lugar se convirtió en su refugio. En contraprestación, sus dueños lo consideraban como el cliente más asiduo y exquisito de la casa.

Es importante recordar que Daniel Britt, estando en Inglaterra, había tomado contacto personal con los allegados de Sir Winston Churchill. Era bien sabido que el insigne personaje era masón. De las reuniones y enseñanzas del político, el hispano inglés se inició en la masonería. Por otro lado la decisión de otro masón de nombre Franklin Delano Roosevelt de Estados Unidos de América de entrar en guerra contra Hitler, influyó de manera decisiva en que Mr Britt Jr. echara una mano incorporándose al espionaje a favor de los aliados y su causa. 

 

                                                  Franklin Delano Roosevelt

Viene lo anterior a colación porque ya en Canarias, de vuelta de sus aventuras, tomó Mr Britt Jr contacto con los masones de Gran Canaria, que en aquellos momentos de la dictadura eran perseguidos. Y era en el hotel Santa Catalina, donde cada jueves por la noche, se reunía para poner en común las ideas e impulsar el proyecto de la Gran Logia en la isla de Gran Canaria.  También en ese proyecto, por tanto, se estaba jugando la vida como consecuencia del trato que recibían del régimen franquista. Uno de los momentos más delicados fue en 1952 cuando hubo que preparar las respuestas por escrito, al jefe del estado español, el propio General Franco, quien publicara en la prensa del Movimiento, una serie de artículos antimasónicos con el seudónimo de Jakim Boor >>.

 Según me aseguró aquella institutriz que conocí una tarde en los jardines del hotel Santa Catalina la historia jamás se había llevado al papel. Noté que desde que supo de mi condición de escritor se interesó mucho más por darme detalles de la aventuras del singular personaje.

Seguimos viéndonos muchas tardes de los jueves, pues decía que era el día libre en su trabajo. Yo dudaba, pues la edad que aparentaba no era la apropiada para tener chicos a su cargo. Me animó a escribir la historia. Le prometí que lo haría. Un día no volvió más al encuentro. Me extrañó mucho la desaparición tan repentina de aquella dama con quien había tomado tanta empatía.

Después de dos meses de mi último encuentro, un jueves, un Austin A30 de color negro se paró frente a la entrada del hotel. Yo esperaba, como siempre, la presencia de la misteriosa dama. Del lujoso auto se bajó un chófer y me entregó un sobre acolchado. Con posterioridad, vi como el auto se alejaba del hotel por la calle de servicio. Al pasar a mi altura el oscuro cristal trasero se abrió y observé la imagen de la mujer. Era la dama que había sido la emisora de aquellos testimonios tan importantes. Entonces, levantó su mano que cubría con un guante blanco y esbozó una ligera sonrisa  en señal de despedida. Tras el cierre del cristal el auto abordó la calle León y Castillo y se alejaron del lugar.

Me temblaba todo el cuerpo. Abrí el sobre con mucho cuidado para no romper el documento que hubiera en su interior. Allí encontré cinco cuadernos azules donde en su portada se podía leer:

“Daniel Britt’s Memories: "A lifetime between longing and waiting".

 

 

 

 

 Además, entre los cuadernos descubrí una nota muy escueta que decía:

 

<<Amigo escritor:

Mientras han durado estos encuentros, has ganado mi confianza. Por ello, te hago entrega de este legado que deberás usar para escribir lo que me has prometido. No te había olvidado y solo he faltado a nuestros encuentros para comprobar tu interés en la historia que ya conoces. Me alegro mucho de encontrarte aquí esperándome. Cuando hayas terminado la obra, te pido que lo que hay en este sobre lo custodies como propio. Cuida de ello para que jamás se pierda. Gracias por tu compromiso.  Atentamente: C. D. >>.

Ahora cuando este caminante pasea por Ciudad Jardín y pasa justo por delante de la casa de los señores Britt, me encuentro mucho más aliviado al dar a conocer, en parte, lo que durante todo este tiempo he guardado en el más absoluto de los secretos.

Definitivamente, con este primer avance ya he comenzado a cumplir mi promesa. Si bien esta declaración pública es solo un adelanto de lo que con toda seguridad llegará para desvelar otros detalles de la impresionante vida de Mr Daniel Britt y Trejo.


miércoles, 19 de agosto de 2020

En el largo y sinuoso camino. The long and winding road (19.08.2020).

 

 

 


El caminante paseó anoche por Ciudad Jardín. No fue igual que otras veces cuando frecuentaba esas salidas. Esta vez fue distinto. Caminaba casi desnudo pues sus ropas eran trapos que colgaban de sus carnes. No vestía con vaqueros acampanados, ni camisa de flores y ni siquiera sus botas eran de media caña. Su pelo tampoco caía sobre sus hombros.

 

El barrio estaba a oscuras, sin embargo era de día. En las calles los coches se apretujaban para ganarse el espacio que en otro tiempo sobraba. Las casas estaban cerradas, los jardines sin plantas que lucieran flores, las cancelas echadas, los balcones y ventanas presagiaban que, tras sus persianas, nadie hacía vida. Tampoco cantaban los mirlos ni los canarios.

 

Los chicos del lugar no se veían jugando en las calles. Las bicicletas se habían convertido en motos que miraban hacia los frontis de las casas esperando que aparecieran sus dueños, para llevarlos lejos de aquel silencioso lugar. No se escuchaban las guitarras eléctricas ni las voces entonando <<The Long and Winding Road>>.

 

Aquel espacio vacío no podía ser su amado Ciudad Jardín.  Allí fue el chico más feliz del mundo. Allí sus amigos eran los dueños de las calles. Allí, siempre, hubo vida. Allí los jardines estaban mojados, las plantas lucían flores que competían en belleza. Allí la alegría reía. Allí los chicos y las chicas se querían, si era preciso, en la distancia, con una mirada, con un roce de sus manos, a través de una sonrisa o con una simple carta escrita en una hoja de libreta.

 

—<<¡Así no!>> —dijo malhumorado. Volvió a su casa cabizbajo. No quiso caminar por aquellas calles tan tristes. Aquel desmejorado barrio no era Ciudad Jardín.

 

Por la mañana, el caminante se despertó muy pronto. Tomó camino de la ducha y cuando el agua resbaló por sus carnes se dio cuenta de que años atrás todos eran jóvenes y que Ciudad Jardín era otro lugar. Se percató de que ya él tampoco era quien fue, aunque cada día soñara con serlo  y vivir lo que en aquel lugar vivió tan intensamente.

 


domingo, 25 de agosto de 2019

A nuestro amigo, quien soñaba con zapatos nuevos. (25.08.2019).





Era uno más entre los chicos del barrio, pero no era igual al resto. Nos conocía a todos por la talla de nuestros pies. Tenía obsesión por el calzado y le encantaba ponérselos nuevos, así que cuando iniciábamos la vida de nuestros mocasines, sandalias, botas, etc. él se ocupaba de lucirlos y también de alargarlos.  En casa éramos tres hermanos y cuando llegaba el mes de mayo, nuestra madre nos compraba zapatos nuevos, pues íbamos empaquetados a la procesión de la Virgen Auxiliadora por Ciudad Jardín. Mis calzados estaban libres de ser puestos, ya que era el menor de la familia, pero mis dos hermanos lo traían desde unos días antes para que los luciera y alargara subiendo las escaleras de los tres pisos que tenía la casa donde vivíamos. En esa costumbre yo me hice mayor y entré en el protocolo, por lo que también lucía y alargaba los míos. Hace años que se fue por una mala dolencia, seguro que allá donde esté seguirá mirando los pies y probándose los calzados nuevos de todos los amigos que sufran la consecuencias de un complemento tan delicado.


jueves, 10 de enero de 2019

Nadadores de Selección. (10.01.2019).

Del libro "A Vista de Gaviota" .                                                    
Ciclope Editores. Joaquín Nieto


                                      Piscina Julio Navarro. Foto tomada de La Provincia.es



Cuando llegaba la noche, la Piscina Julio Navarro era el lugar preferido de los miembros de la Banda del Cerepe. A esas horas, desaparecía la práctica oficial y llegaba la libertad. En ese tiempo oficial y con el rigor del entrenamiento, sólo contados cerepes, acudían a someterse a las variadas disciplinas de la natación, pues si es cierto que algunos pasaron por distintos clubes, lo apetecible para ellos era la aventura de la pesca submarina, sin olvidar que en la modalidad de saltos Angelito el Rubio y Juan el Moreno pujaban por estar entre los mejores saltadores.
 
El complejo deportivo provocaba una actividad constante. Los clubes que tenían adjudicados ‑Alcaravaneras y Unión Deportiva Las Palmas- se disputaban la primacía y el privilegio de desear contar en sus filas con los mejores nadadores y cuando llegaba la competición, aunque fuera local, y se acercaran los del Club Natación Metropol el elenco de nadadores, campeones nacionales y europeos, que allí se reunían, hacían las delicias de la chiquillería. En sus retinas, siempre quedarán las excelencias de nadadoras como Rita Pulido y las hermanas Martín entre las féminas, y Nazario Padrón, los hermanos Lang Lenton y Cabrera, entre los hombres.
Como se dijo anteriormente, la otra práctica, la no oficial, la realizaban los de la Banda del Cerepe una vez  finalizaban las oficiales, o sea de noche y, por tanto, con la escasa luz que aportaba la luna. Ataviados con bañadores -los que venían preparados para lo ocasión-, o sin ellos, el juego preferido era la cogida, pero en el agua y con los trampolines y palanca como recursos. La alegría era desbordante y el escándalo mayúsculo y aunque las voces y risas llegaran a todos los rincones del barrio, tenían la confianza y amistad de los serenos, por lo que la tranquilidad era absoluta.
En una ocasión, los operarios vaciaron la piscina y comenzaron con el tratamiento de cloración y pintura, lo que les llevó una semana. A la vez, otros empleados engalanaron todo el complejo y colgaron en los muros de acceso y en el bar restaurante los carteles que anunciaban el “Campeonato de Europa de Natación”. Los chicos no se lo podían creer, por fin verían a los legendarios nadadores del continente, así que la noticia corrió como la pólvora. Luego, con la reflexión, les embargó una sola inquietud: ¿la entrada sería gratuita?
El correr del tiempo se hizo interminable, pero al fin llegó el día deseado. Las selecciones nacionales de los países europeos habían ido llegando y con ellos la española, entre los que había una abundante representación canaria. Las autoridades hicieron acto de presencia y se dio por inaugurada la competición. La asistencia de público, ese día y el resto, fue masiva y entre ellos naturalmente estaban los cerepes que usaban como “pase de privilegio” un rasgón producido intencionadamente en la base de la valla metálica exterior del recinto y que, una vez realizaba su cometido, se volvía a disimular con es- mero. Después, sentados en las gradas preferentes, animaban sin desmayo a los nacionales y como no, a la selección sueca femenina.
Las nadadoras suecas eran rubias como el oro y muy guapas. Luego, con el paso de los días, embellecieron por los efectos del sol canario. Así que, por las condiciones de ser buenas nadadoras y hermosas señoritas, los estímulos les llegaron pronto desde las gradas, al menos desde los asientos ocupados por los de la Banda del Cerepe, que voceaban al unísono los nombres de cada una de las chicas y sus aplausos sonaban con más fuerza. Y comoquiera que la expedición escandinava estaba hospedada en el Hotel Metropol, el traslado lo hacían caminando y bien acompañadas, a pesar del disgusto de los suecos que no veían con buenos ojos la presencia de los canarios alrededor de sus bellas chicas.
A los pocos días, las atenciones de las chicas se fueron diluyendo y entraron en la indiferencia más absoluta. Ya los gritos de ánimo no eran correspondidos con sonrisas y gestos de agradecimiento. Ni siquiera pudieron acompañarlas en el regreso al Hotel, pues alquilaron una guagua que transportaba a todos los seleccionados y equipo técnico. El cambio fue brusco y los cerepes lo notaron. No hizo falta estrujarse la cabeza pensando qué motivo había influido para el cambio de actitud, pues a la vista estaba que los entrenadores habían llamado la atención a las nadadoras como consecuencia de las quejas de sus compañeros. El enfado fue mayúsculo y llegaron a la conclusión de que deberían vengarse. Así que, a la mañana siguiente, durante el entrenamiento de la selección escandinava y pensando cómo desquitarse de los “vikingos celosos”, surgió la fórmula.
                            Rita Pulido. Foto tomada del Blog la "Historia de la Natación en Canarias" de R. Reyes.
 Los nórdicos usaban, durante las pruebas, unos bañadores cortos de color limón y de una tela muy especial que se ajustaba al cuerpo para no oponer resistencia. Sólo los utilizaban en competición y para mejorar marca, pues para entrenar tenían otros de menor calidad, así que, una vez que realizaban su función, los tendían al sol en la parte posterior de los trampolines. Jero y Quino se percataron de la  dinámica y acordaron actuar. Así que, en un descuido, incluso de sus propios compañeros, pasaron por el secadero y se echaron dos bañadores a los bolsillos. Luego, lo comentaron con el resto y mostraron sus excelencias. No pasó mucho tiempo para que desapareciera la saca donde se guardaban todos los bañadores de competición. La consecuencia fue que tuvieron que nadar el resto del Campeonato de Europa con los de entrenamiento.
No hubo más contacto con las chicas y el día de la clausura algunas de ellas se despidieron con pícaras sonrisas, gestos interpretados por la Banda del Cerepe como de conocimiento y aprobación de la trama llevada a cabo.
La clausura cerró el Campeonato de Europa de Natación, pero aquella misma noche, en la Piscina Julio Navarro, hubo desfile oficial de la Selección de  Natación de la Banda del Cerepe. Uniformados con los bañadores verde limón, y al compás del pasodoble Islas Canarias, unas veces tarareado y otras silbado, dieron dos vueltas alrededor de la piscina, una en homenaje a las bellas suecas que les habían prendado y otra en agravio y burla de sus compañeros vikingos celosos que habían acabado con sus ilusionados proyectos.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Gaucín un referente familiar. (27.09.2018).





El año que  viajábamos a Gaucín, el tiempo en nuestra casa de Ciudad Jardín pasaba muy lentamente. La noticia la daba nuestro padre con solemnidad. Para él no era cualquier cosa volver a su pueblo, así que en la mesa, todos reunidos lanzaba la buena nueva: “Este año toca ir al pueblo, así que apretad en los estudios”. Los tres hermanos asentíamos y deseábamos que el tiempo pasara mucho más rápido, pero el tiempo es el tiempo y marcaba el quehacer a su manera.

Desde Las Palmas de Gran Canaria a Cádiz se tardaba dos noches y tres días ya fuera en el buque Ernesto Anastasio o en el mismo Ciudad de Cádiz. No era agradable navegar. Nos sentíamos muy mal en esa travesía que no acababa nunca, entre olores a calderas  y bamboleos de las embarcaciones. Llegar a Cádiz y poner los pies en tierra no era tampoco curarnos del sacrificio pasado, pues los mareos continuaban hasta que llegábamos a la posada y respirábamos aires de la Serranía. Y entonces allí ya éramos los niños más felices del mundo.

La posada era el lugar de encuentro de toda la familia Nieto y también de los Román, que no éramos pocos. Desde mi óptica de niño veía gente pasar y todos besarnos con mucho cariño, mi padre iba haciendo las presentaciones. Veía a los mayores  que disfrutaban de las tertulias y en ellas los cuentos de las cosas que pasaban en el pueblo. Yo aunque escuchaba con atención muchas de las historias que se decían no las entendía. Sin embargo, me admiraba la unión tan grande que captaba entre todos los miembros de la familia.

Por cierto, mi padre seguía manteniendo en Canarias la forma de hablar de como lo hacían los andaluces y eso lo llevó a cabo toda su vida. Tengo grabaciones que me cuesta mucho escuchar, por el dolor que me produce oír su voz, y fue andaluz hasta su última hora. Eso tiene mérito, teniendo en cuenta que estuvo en Canarias setenta y siete años. 



De aquellos viajes a Gaucín guardo muchos recuerdos que algún día tendré que ordenar para escribirlos. Ahora me nace hacer este reconocimiento a mi padre Sebastián Nieto Román que amó su tierra con toda su alma, que no dejó de tener un contacto en la distancia con toda la familia andaluza a través del teléfono cada día. Que supo inculcar a sus hijos el amor por la tierra que lo vio nacer; que a través de sus palabras, de sus historias,  nos supo llevar, sin necesidad de coger un barco cada verano, a Gaucín y hacernos sentir como unos hijos más de aquel pueblo encantador con el que él soñaba cada segundo de su vida.   

lunes, 9 de julio de 2018

Verano. De Ciudad Jardín a Las Canteras. (09.07.2018).



Y así, desde Ciudad Jardín era cada año, siempre que no fuéramos para Gaucín (Málaga) o Los Bermejos (Lanzarote). A Las Canteras tres meses era el plan familiar con un solo fin de disfrutar con toda la familia Y cuando digo toda era toda, los procedentes de Gran Canaria y también de Tenerife. Allí en aquella casa de la calle Bolivia nos reuníamos más que los que cabíamos, pero no nos importaba, éramos felices. Un rincón, un colchón, un catre o una litera eran suficiente para descansar. La comida en el comedor con vistas a la playa. Por cierto, aquella humilde casa tenía una entrada principal por la calle Bolivia, todavía no asfaltada, y una salida para la playa bajando por una escalera que descansaba en la misma arena de la Ciccer. Tampoco estaba hecha la avenida ni tuvimos problemas jamás para dejar la caseta a nuestra disposición durante todo el varano. Eran otros tiempos con menos preocupaciones. 

Acabo de encontrar esta foto y no dejé pasar la oportunidad de subirla al blog. Ya sé que faltan muchos miembros de la familia, pero los primos que andan por aquí, aunque algunos no se vean en ella, les va a encantar recordarla. Mi tío Quino me acoge, como siempre hizo entre sus brazos. Cuando nací él tenía diecisiete años y corrió como un loco a buscar a la partera, cuando vivíamos en La Isleta, recién llegados mis padres de Lanzarote. Mis primeros pasos los di agarrado a su mano en esa casa que ustedes ven en la imagen. Ahora está mayor, pero fuerte, gracias a Dios. En el otro lado destaca mi tío Antonio con su bigote, tal como se estilaba entonces. Con él he vivido días muy felices. También lo adoro. Ellos dos son los que quedan de los Reguera, hermanos de mi madre (a la derecha de la foto). Mis otros dos hermanos, Pepe (DEP) y Carlos Juan se sumaron a la instantánea. Dejo a los primos que se presenten o aclaren sus identidades.

Esta era la humilde casa, les dije, y una humilde familia de gente trabajadora y honrada que soñaba con la llegada del mes de julio para encontrarse en aquel paraíso familiar. Se confirma aquello de que no hace falta mucho para disfrutar de nuestra existencia.

     

viernes, 6 de julio de 2018

En recuerdo de Panchito el de los helados.(6.07.2018).



Hoy he recibido la triste noticia del fallecimiento de Panchito el de los Helados. En el año 2007 publiqué mi libro A vista de Gaviota (Colección Doramas I) y entre sus páginas tuve un recuerdo para este personaje tan popular en Las Palmas de Gran Canaria. En su memoria adjunto ese recuerdo para el que quiera leerlo. Que descanse en paz Panchito.

Ventas callejeras. Los Cantos.
                                  
Para surtir de víveres a las familias sólo había dos tiendas en Ciudad Jardín, la de "Manolito", ya nombrada con anterioridad, y la denominada "Isla de Cuba" de más empaque que la anterior, ambas en la Calle León y Castillo. Así que, para las compras de alimentos, las familias estaban obligadas a invertir en ellas sus ajustados recursos económicos. Para las prendas de vestir y calzados, había que desplazarse a Triana o al Puerto. Otros productos, los vendedores callejeros los traían hasta la cancela de las casas, haciendo sonar sus cantos. Y este trabajo lo hacían de la forma más llamativa posible. Sirvan los siguientes ejemplos.

Durante cierta época, dos jóvenes que vendían hielo visitaron el barrio. Este producto servía para refrescar las soleadas mañanas del verano. Naturalmente, tenían éxito, pues a los hogares aún no habían llegado los frigoríficos y la posibilidad de mantener en sus congeladores tal preciado producto. Portaban una carretilla con dos grandes bloques de hielo a los que les sacaban, con un artilugio metálico en forma de cajetín y provisto de un raspador en su base, las escarchas que en una primera fase de la operación se agolpaban en el interior del aparato hasta llenarse y coger la forma cuadrangular, para luego perder su transparencia por el colorante que le rociaban.  Sus voces llamando a la compra se escuchaban en todo Ciudad Jardín: -"¡Hielo, hielo; al sabroso hielo con sabor...!" A los chiquillos les gustaba, pero no tanto a sus madres que sufrían el lavado a mano de las camisas pringadas por el efecto de un producto casero de dudosa calidad alimenticia, pero de un intenso poder colorante.

Hablando de buenos sabores, "los helados de Panchito" deben de tener mención especial. Este buen hombre se acercaba cada día al barrio y era uno de los personajes preferidos. Tenía un carro de madera pintado de amarillo, con dos ruedas del que subían cuatro columnas que sostenían un techo destinado a evitar el sol y la lluvia. A Panchito se le podía ver en cualquier parte, sobre todo, coincidiendo con los horarios de salidas del alumnado de los colegios de la zona. Hacía sonar una trompetilla dorada y cantaba un singular: "Hay helaaaaados", lo que estimulaba las glándulas salivales de sus jóvenes clientes.

Su atuendo era muy cómodo, seguramente para poder arrastrar aquel carro, tan pesado, durante tantas horas. Se abrigaba con una camisa gris, con rayas, y largas mangas que recogía por encima de sus codos; el pantalón de franela, también de color gris, caía sobre unas alpargatas de esparto gastadas por el paseo constante. Mientras iba de un lado para otro, acostumbraba a cantar canciones de la época o a silbarlas. Y eso lo interpretaban los chicos como signo de felicidad, por lo que parecía realmente dichoso con su trabajo. Muchas veces, los chiquillos coreaban sus canciones y él reía a placer.     

En ocasiones lo ayudaban en la venta y traslado de su carro, mientras él iba montado en alguna de sus bicicletas dando un paseo. A cambio, recibían unos buenos helados de vainilla o chocolate emparedados entre crujientes galletas, con el tope del servidor puesto al máximo lo que aseguraba que la cantidad de helado fuera acorde con el esfuerzo realizado. Cargaba sus productos en la Heladería Beltrá, situada frente al Cine Goya. Era todo un ritual, pues primero llenaba el carro de trozos de hielo y a continuación, iba metiendo en su interior los recipientes metálicos con los sabrosos productos. Luego, a caminar y a repartir felicidad entre los más pequeños. A Panchito se le vio durante toda la vida arrastrando su carro, mientras anunciaba su venta de la misma forma que lo hizo toda la vida: <<"Hay helaaaaados">>.