jueves, 27 de septiembre de 2018

Gaucín un referente familiar.





El año que  viajábamos a Gaucín, el tiempo en nuestra casa de Ciudad Jardín pasaba muy lentamente. La noticia la daba nuestro padre con solemnidad. Para él no era cualquier cosa volver a su pueblo, así que en la mesa, todos reunidos lanzaba la buena nueva: “Este año toca ir al pueblo, así que apretad en los estudios”. Los tres hermanos asentíamos y deseábamos que el tiempo pasara mucho más rápido, pero el tiempo es el tiempo y marcaba el quehacer a su manera.

Desde Las Palmas de Gran Canaria a Cádiz se tardaba dos noches y tres días ya fuera en el buque Ernesto Anastasio o en el mismo Ciudad de Cádiz. No era agradable navegar. Nos sentíamos muy mal en esa travesía que no acababa nunca, entre olores a calderas  y bamboleos de las embarcaciones. Llegar a Cádiz y poner los pies en tierra no era tampoco curarnos del sacrificio pasado, pues los mareos continuaban hasta que llegábamos a la posada y respirábamos aires de la Serranía. Y entonces allí ya éramos los niños más felices del mundo.

La posada era el lugar de encuentro de toda la familia Nieto y también de los Román, que no éramos pocos. Desde mi óptica de niño veía gente pasar y todos besarnos con mucho cariño, mi padre iba haciendo las presentaciones. Veía a los mayores  que disfrutaban de las tertulias y en ellas los cuentos de las cosas que pasaban en el pueblo. Yo aunque escuchaba con atención muchas de las historias que se decían no las entendía. Sin embargo, me admiraba la unión tan grande que captaba entre todos los miembros de la familia.

Por cierto, mi padre seguía manteniendo en Canarias la forma de hablar de como lo hacían los andaluces y eso lo llevó a cabo toda su vida. Tengo grabaciones que me cuesta mucho escuchar, por el dolor que me produce oír su voz, y fue andaluz hasta su última hora. Eso tiene mérito, teniendo en cuenta que estuvo en Canarias setenta y siete años. 



De aquellos viajes a Gaucín guardo muchos recuerdos que algún día tendré que ordenar para escribirlos. Ahora me nace hacer este reconocimiento a mi padre Sebastián Nieto Román que amó su tierra con toda su alma, que no dejó de tener un contacto en la distancia con toda la familia andaluza a través del teléfono cada día. Que supo inculcar a sus hijos el amor por la tierra que lo vio nacer; que a través de sus palabras, de sus historias,  nos supo llevar, sin necesidad de coger un barco cada verano, a Gaucín y hacernos sentir como unos hijos más de aquel pueblo encantador con el que él soñaba cada segundo de su vida.   

lunes, 9 de julio de 2018

Verano. De Ciudad Jardín a Las Canteras.



Y así, desde Ciudad Jardín era cada año, siempre que no fuéramos para Gaucín (Málaga) o Los Bermejos (Lanzarote). A Las Canteras tres meses era el plan familiar con un solo fin de disfrutar con toda la familia Y cuando digo toda era toda, los procedentes de Gran Canaria y también de Tenerife. Allí en aquella casa de la calle Bolivia nos reuníamos más que los que cabíamos, pero no nos importaba, éramos felices. Un rincón, un colchón, un catre o una litera eran suficiente para descansar. La comida en el comedor con vistas a la playa. Por cierto, aquella humilde casa tenía una entrada principal por la calle Bolivia, todavía no asfaltada, y una salida para la playa bajando por una escalera que descansaba en la misma arena de la Ciccer. Tampoco estaba hecha la avenida ni tuvimos problemas jamás para dejar la caseta a nuestra disposición durante todo el varano. Eran otros tiempos con menos preocupaciones. 

Acabo de encontrar esta foto y no dejé pasar la oportunidad de subirla al blog. Ya sé que faltan muchos miembros de la familia, pero los primos que andan por aquí, aunque algunos no se vean en ella, les va a encantar recordarla. Mi tío Quino me acoge, como siempre hizo entre sus brazos. Cuando nací él tenía diecisiete años y corrió como un loco a buscar a la partera, cuando vivíamos en La Isleta, recién llegados mis padres de Lanzarote. Mis primeros pasos los di agarrado a su mano en esa casa que ustedes ven en la imagen. Ahora está mayor, pero fuerte, gracias a Dios. En el otro lado destaca mi tío Antonio con su bigote, tal como se estilaba entonces. Con él he vivido días muy felices. También lo adoro. Ellos dos son los que quedan de los Reguera, hermanos de mi madre (a la derecha de la foto). Mis otros dos hermanos, Pepe (DEP) y Carlos Juan se sumaron a la instantánea. Dejo a los primos que se presenten o aclaren sus identidades.

Esta era la humilde casa, les dije, y una humilde familia de gente trabajadora y honrada que soñaba con la llegada del mes de julio para encontrarse en aquel paraíso familiar. Se confirma aquello de que no hace falta mucho para disfrutar de nuestra existencia.

     

viernes, 6 de julio de 2018

En recuerdo de Panchito el de los helados.



Hoy he recibido la triste noticia del fallecimiento de Panchito el de los helados. En el año 2007 publiqué mi libro A vista de Gaviota (Colección Doramas I) y entre sus páginas tuve un recuerdo para este personaje tan popular en Las Palmas de Gran Canaria. En su memoria adjunto ese recuerdo para el que quiera leerlo. Que descanse en paz Panchito.

Ventas callejeras. Los Cantos.
                                  
Para surtir de víveres a las familias sólo había dos tiendas en Ciudad Jardín, la de "Manolito", ya nombrada con anterioridad, y la denominada "Isla de Cuba" de más empaque que la anterior, ambas en la Calle León y Castillo. Así que, para las compras de alimentos, las familias estaban obligadas a invertir en ellas sus ajustados recursos económicos. Para las prendas de vestir y calzados, había que desplazarse a Triana o al Puerto. Otros productos, los vendedores callejeros los traían hasta la cancela de las casas, haciendo sonar sus cantos. Y este trabajo lo hacían de la forma más llamativa posible. Sirvan los siguientes ejemplos.

Durante cierta época, dos jóvenes que vendían hielo visitaron el barrio. Este producto servía para refrescar las soleadas mañanas del verano. Naturalmente, tenían éxito, pues a los hogares aún no habían llegado los frigoríficos y la posibilidad de mantener en sus congeladores tal preciado producto. Portaban una carretilla con dos grandes bloques de hielo a los que les sacaban, con un artilugio metálico en forma de cajetín y provisto de un raspador en su base, las escarchas que en una primera fase de la operación se agolpaban en el interior del aparato hasta llenarse y coger la forma cuadrangular, para luego perder su transparencia por el colorante que le rociaban.  Sus voces llamando a la compra se escuchaban en todo Ciudad Jardín: -"¡Hielo, hielo; al sabroso hielo con sabor...!" A los chiquillos les gustaba, pero no tanto a sus madres que sufrían el lavado a mano de las camisas pringadas por el efecto de un producto casero de dudosa calidad alimenticia, pero de un intenso poder colorante.

Hablando de buenos sabores, "los helados de Panchito" deben de tener mención especial. Este buen hombre se acercaba cada día al barrio y era uno de los personajes preferidos. Tenía un carro de madera pintado de amarillo, con dos ruedas del que subían cuatro columnas que sostenían un techo destinado a evitar el sol y la lluvia. A Panchito se le podía ver en cualquier parte, sobre todo, coincidiendo con los horarios de salidas del alumnado de los colegios de la zona. Hacía sonar una trompetilla dorada y cantaba un singular: "Hay helaaaaados", lo que estimulaba las glándulas salivales de sus jóvenes clientes.

Su atuendo era muy cómodo, seguramente para poder arrastrar aquel carro, tan pesado, durante tantas horas. Se abrigaba con una camisa gris, con rayas, y largas mangas que recogía por encima de sus codos; el pantalón de franela, también de color gris, caía sobre unas alpargatas de esparto gastadas por el paseo constante. Mientras iba de un lado para otro, acostumbraba a cantar canciones de la época o a silbarlas. Y eso lo interpretaban los chicos como signo de felicidad, por lo que parecía realmente dichoso con su trabajo. Muchas veces, los chiquillos coreaban sus canciones y él reía a placer.     

En ocasiones lo ayudaban en la venta y traslado de su carro, mientras él iba montado en alguna de sus bicicletas dando un paseo. A cambio, recibían unos buenos helados de vainilla o chocolate emparedados entre crujientes galletas, con el tope del servidor puesto al máximo lo que aseguraba que la cantidad de helado fuera acorde con el esfuerzo realizado. Cargaba sus productos en la Heladería Beltrá, situada frente al Cine Goya. Era todo un ritual, pues primero llenaba el carro de trozos de hielo y a continuación, iba metiendo en su interior los recipientes metálicos con los sabrosos productos. Luego, a caminar y a repartir felicidad entre los más pequeños. A Panchito se le vio durante toda la vida arrastrando su carro, mientras anunciaba su venta de la misma forma que lo hizo toda la vida: <<"Hay helaaaaados">>.

 

jueves, 12 de abril de 2018

Cuando llegó la Banda Americana de Jazz

 En el escenario del Bodegón del Pueblo Canario (años sesenta).


Actuábamos Los Alcorac´s en diferentes locales de la ciudad. Estábamos en nuestro mejor momento y compartíamos la gran demanda que había en las distintas salas con las otras bandas de la capital. Había una gran camaradería entre los componentes rockeros de los diferentes grupos. Si faltaba un batería por motivos personales, por ejemplo, siempre encontrábamos sustituto. La mayor parte de las veces los cantantes hacían más dobletes que ningún otro.

En el Pueblo Canario, por aquel entonces, había música en vivo. La sala, situada en la parte alta del Bodegón, tenía un pequeño escenario. Unas veces para amenizar veladas donde el público iba a tomar copas y hablar; y otras para bailar. Tocábamos alguna vez allí y vimos por primera vez actuar una banda (de jazz, swing, soul...), americana en directo, a la que bautizamos como I want my Amy  [por uno de los temas que interpretaban y que la letra de la canción se acercaba a este resultado fonético: "Aiwontmiaemi"]. 

Algunas noches alternamos escenario con ellos. Eran músicos fantásticos. Hicieron cierta amistad con nosotros. Al final de las actuaciones compartíamos momentos de charlas. Eran cuatro negros muy agradables y tenían una experiencia profesional que nos admiraba. Uno de aquellos músicos tocaba el contrabajo. 

Cuando terminamos el contrato nos despedimos de ellos y nos dedicamos a seguir actuando en otros locales. Una tarde apareció por casa uno de los músicos, quien parecía ser el líder del grupo. Por lo visto había preguntado por mí y llegó sin dificultad a localizarme. No hablaba español y mi inglés era básico, pues lo empezaba a estudiar y practicar (en vivo), ya que yo era estudiante de francés. En resumidas cuentas que el contrabajista tuvo un grave problema con su esposa, aquejada de una mala enfermedad y había volado a USA, por lo que necesitaban un bajista para sustituirlo. Naturalmente le dije que yo tocaba el bajo y que no tenía experiencia en aquel variado repertorio de estilos que practicaban. Me dijo que me había visto tocar y que ya llegaríamos a entendernos por lo que no tendría problema alguno en acoplarnos.

Recuerdo la primera actuación de las cuatro que estuve tocando con ellos en el Pueblo Canario. El líder (trompetista) me decía los acordes antes de empezar y me marcaba el ritmo con sonidos guturales. –Pégate a la batería y escucha el ritmo, me decía–. Poco a poco me fui acoplando y terminamos, contento por mi parte y creo que ellos ligeramente satisfechos por haber cumplido. Lo cierto es que al rato de estar allí me sentí más seguro, cuando veía que en cada tema el trompetista se viraba y me guiñaba el ojo, o asentía con la cabeza. 

Mi última actuación con ellos fue en un cine que había en Tafira, donde cerrábamos el espectáculo. Allí se despidieron de mí y en un aparte me fueron a pagar por mis acuaciones en el Pueblo Canario. Naturalmente les di las gracias y decliné con mucha educación el gesto. Me habían dado la satisfacción de tocar con aquellos magníficos profesionales y aprender de lo que para mí era una pasión, hacer música. Qué más podía obtener...


martes, 20 de febrero de 2018

El telegrama de Gaucín.




El niño nunca había visto llorar a sus padres. Tampoco que lo hicieran juntos. Estaban acostados en la cama de matrimonio cuando vivían en Ciudad Jardín. Aquella cama que había llegado de Lanzarote como regalo de boda de los padres de su mamá. Escaló confundido a lo alto del catre y saltó para colocarse entre ellos y llorar a trío sin entender nada. Pronto fue engullido por los brazos de sus progenitores y apretujado contra sus pechos. Ya eran uno solo cuando escuchó la entrecortada voz de su padre que decía: 'Pobre Mamá y yo sin estar a su lado en estos momentos'. 

Aquel día no hubo siesta, ni tampoco su papá leyó el Diario de Las Palmas sentado en la mecedora mientras fumaba su cigarrillo Vencedor. A la mente del pequeño le llegaban, una tras otra, las imágenes de su Abuela María Joaquina en la Posada de Gaucín [Serranía de Ronda] cada vez que con sus grandes brazos lo cogía para llevarlo a su regazo y cubrirlo de besos. 

Sobre la cama que llegó de Lanzarote quedó el telegrama mojado por las lágrimas del dolor de tres y el sentimiento de lejanía e impotencia de un hijo que no pudo estar al lado de su madre, en el momento de su partida definitiva.

domingo, 11 de febrero de 2018

Dimitrov


                             
                                (Del libro A vista de Gaviota de Joaquín Nieto Reguera. Cíclope Editores 2007.)

Durante mucho tiempo comentaron la derrota del Campo de Las Brujas. Se lamentaban profundamente, pero decidieron no aventurarse a un nuevo fracaso sin tener una buena estratagema que resolviera la ofensa que habían recibido. Para la próxima ocasión no sería una simple escaramuza. Mientras, los encuentros continuaban y también los acontecimientos.

-Esta tarde, vendrá Dimitrov -dijo Jero.

Todos asintieron. A las tres estarían en las barandas de eucaliptos, lugar, junto a los jardines de la Piscina Julio Navarro, preferido para el encuentro de un grupo de chicos dispuestos a no regatear esfuerzos con tal de ser felices. Allí, sentados sobre los maderos y bajo un enorme laurel, exponían sus espaldas al frescor de los geranios, mientras las mentes volaban hacia las más insospechadas aventuras.

Se despidieron para ir a almorzar. No fue necesario fijar la hora del retorno, pues Dimitrov era puntual y todos lo sabían. Jesús, Jero y Quino reían recordando el primer encuentro con aquel extraño individuo, calle Alejandro Hidalgo abajo, mientras iban buscando sus casas. Lo vieron llegar una tarde soleada. Se les acercó moviendo su corpulencia. El hombre, un cincuentón desmejorado, se desplazaba a golpe de tórax lo que le sacudía como un camello sobre las dunas del desierto. Llevaba un traje que algún día fue gris, una camisa de pana con franjas azules y verdes, unas botas marrones de cuero de vaca destrozadas por el paso de los años y, finalmente, como complemento, dejándola caer desde su cuello hasta las rodillas, una interminable bufanda color rojo reventón que le proporcionaba un toque de distinción.

—¡Hola chirguetes! -dijo de entrada, lo que hizo que los amigos se miraran sorprendidos—¿Qué, a la sombra del loro? —continuó, mientras dirigía su dedo índice hacia el laurel y se pavoneaba teatralmente, —¡pues sí, una especie arbórea de nuestra vegetación macaronésica!

Nadie habló; luego, con el tiempo comprendieron que contestar, preguntar u opinar no entraba en los esquemas de Dimitrov. El monólogo y la puesta en escena eran sus fuertes No conocían su verdadero nombre, pues el que le adjudicaron se debió a sus grandes conocimientos [así les parecía] de los temas soviéticos, lo que suponía todo un atrevimiento en aquellos tiempos. Era usual que abordara la cuestión:

-Y nada digamos de los motivos que llevaron al pueblo a rebelarse contra el capital. Los zares fueron una ruina, de ahí la necesidad de la dictadura del proletariado y el fortalecimiento de espíritu soviético.

A ellos, hijos de militares, para quienes esa materia era tabú, tales lecciones les abría un nuevo mundo: ¿Y qué podemos decir del ejército rojo? —se contestaba: ¡Alabanzas!, ¡sólo alabanzas! ¡pues decimos que le debemos la expansión socialista por la Europa Oriental! —gritaba mientras hacía girar su cuerpo con los consabidos vaivenes... —¡Alabanzas!, ¡sólo alabanzas!—. Y cuando ya su cuerpo no le respondía, cansado por la representación, miraba hacia todos los lados para garantizar la intimidad del acto y, en contraposición al alto tono de su voz, bajaba el volumen al máximo, para continuar con su arenga: —algunos de los altos mandos de esta tierra, que nos los pintan como héroes, son unos principiantes en el arte de la guerra y el gobernar con espíritu solidario. ¡Aficionados, diría yo! —luego, dejaba intencionadamente un compás de espera para romperlo con solemnidad, al rematar la faena con la gorra en su mano izquierda: —¡Puros aficionados...!

Su procedencia era una incógnita. Por la cadencia del lenguaje, imaginaban que pudiera ser de alguna de las islas occidentales. Su exactitud horaria les hacía pensar que se producía como consecuencia de la necesidad de tener que visitar el comedor de algún familiar, ubicado en algún chalet de Ciudad Jardín. Esta hipótesis la barajaba Jesús y al resto no les parecía descabellada, pues sus buenos modales eran propios de una educación exquisita, muy amplia en conocimientos y con la característica de no usar nunca palabras malsonantes, lo que lo catalogaba como un hombre muy interesante.

—¡Es todo un personaje...! —dijo Quino mientras se despedían.

En sus casas no era usual hablar de política. Naturalmente, pasaron su infancia alejados de esos temas. Primero, por la procedencia profesional de sus padres y, también por la edad e intereses de la chiquillería, muy empeñada en disfrutar la vida. La diversión era una obsesión, así que nunca hicieron referencias a Dimitrov.

A las tres en punto, ocuparon butaca en aquel teatro en que se había convertido el exterior de la Piscina Julio Navarro. Una docena de chiquillos esperaban con ansiedad la aparición del primer actor. Era verano y, entre el calor y los estómagos llenos, estaban amodorrados, pero aguantaban con la ilusión de poder aprender algo y pasarlo bien. Además del olor a geranio, aquella tarde del año sesenta llegaban los sones armónicos de Summer de Vivaldi, tema elegido por el administrador del restaurante como fondo para amenizar el almuerzo de los turistas que se acercaban a aquel lugar y que muchas veces acababan las tardes bastante bebidos y haciéndose acompañar en improvisados coros.

Entonces, se levantó el telón y apareció Dimitrov. Llevaba su típica indumentaria, sólo que en esta ocasión cubría su cabeza con una gorra del ejercito de color añil.

—Si hay algo que me agrada es poder vivir la vida y disfrutar la solidaridad a pecho lleno. ¡Sin ataduras...! —estaba eufórico y les agradó-. ¿Eh, chirguetes, cómo les ha ido esta semana? —al igual que siempre, no esperó respuesta-: —¡Bien!, no podría ser de otra forma. ¡Ah juventud, divino tesoro! Pero, enseguida, cambió la dirección de su conversación:



                                              Ilustración de Elisa Betancort (2007)
 —Y como dijo el poeta: En trenes poseídos de una pasión errante, por el carbón y el hierro que los provoca y mueve, y en tensos aeroplanos de plumaje tajante, recorro la nación del trabajo y la nieve —hizo una parada y fue mirándolos, uno a uno, a los ojos y muy cerca de sus caras, lo que fue dejando rastros de su aliento. Luego, prosiguió recitando con estilo:
De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas, sale una voz profunda de máquinas y manos que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas, y prorrumpe entre hombres. ¡Estos son tus hermanos...!
Sonaron los aplausos y le agradó. Así que lo demostró desfilando a la vez que tarareaba una canción pegadiza que, años después, algunos escucharon con asiduidad en las manifestaciones estudiantiles. Pero aquello duró poco; enfrascado en su actuación, no se percató de cómo, de un coche negro con cristales oscuros, bajaron tres hombres y una mujer. Se dirigieron a Dimitrov y, asiéndolo por el brazo, le dijeron con respeto:
—Vamos, señor. Ya es tiempo de volver...
Se despidió con una reverencia, mientras los chicos siguieron aplaudiéndole. La mujer, con un marcado acento extranjero, se dirigió a los espectadores:
—Bueno, chicos, se acabó la función. Vuelvan a casa que es la hora de la siesta...
Luego, se dispararon las hipótesis sobre la personalidad de aquel hombre. Lo cierto es que no lo volvieron a ver, ni jamás supieron su identidad. Algunos años después, enfrascado en la lectura, cayó en las manos de Quino un poema de Miguel Hernández titulado “Rusia”, que le transportó al recuerdo de Dimitrov, aquel extraño hombre entrañable y culto que a las tres de la tarde de los miércoles, allá en los meses de calor de los sesenta, contribuyó a que un grupo de chiquillos fueran un poquito más felices y se interesaran por formas diferentes de entender la vida.

martes, 28 de noviembre de 2017

Ciudad jardín ya es otra cosa. (28.11.2017).




Ya cuando paseo por Ciudad Jardín no siento su esencia. Las calles están vacías. Observo muchos coches aparcados y un silencio que jamás conocí. Las casas están con las puertas y ventanas cerradas. Los jardines ya no lucen el colorido de antaño. Los jardineros no se mueven con las mangueras ni podan los árboles que prolongan sus ramas sobre las vías como queriendo posarse sobre el asfalto. De vez en cuando te cruzas con sombras que no miran y ni siquiera dan los saludos de rigor. Un buenos días, ¡qué menos! 

Parece como si ese trozo de la ciudad estuviera muerto, como si no existiera. Y lo peor de todos es que no ves niños jugando en las calles ni jóvenes pretendiéndose. No sé si es que no hay chiquillos en mi barrio o vete a saber si los padres los han convertido en observadores de pantallas, entreteniéndolos en el interior de los hogares. Y además, con el inconveniente de que las ventanas y las puertas están cerradas. Así entrará menos luz de fuera, menos vida...




Sesenta años atrás sí había vida, también luz, risas, canciones, juegos y jardineros que te mojaban al pasar para gozo de todos. Había madres que hacían corros para hablar de las novedades de cada casa, de las cuestiones que les preocupaban, de las cartas que recibían y de como iban los chicos en el cole. Entonces las casas no tenían ventanas ni puertas, y si las había no se necesitaban o estaban siempre abiertas para que entrara el sol, la luz, el olor a felicidad y el calor de la vida. 

Por eso, ahora, el caminante sigue por sus pasajes y está en el otro Ciudad Jardín, en el de antaño, en el que lleva permanentemente en su memoria. Y escucha a sus hermanos Joselín y Carlos Juan, a sus amigos los cerepes, a las niñas del barrio y a sus padres cuando con un silbido llamaban al recogimiento tras haber disfrutado como necesitan hacerlo los niños y los jóvenes. Este Ciudad Jardín ni siquiera huele a jazmines, ni a calas y ni parece que en el interior de sus casas haya algún que otro ramo de flores recogidos en sus jardines.