miércoles, 20 de julio de 2016

Las ventas callejeras. Los Cantos (A vista de Gaviota).


Para surtir de víveres a las familias sólo había dos tiendas en Ciudad Jardín, la de “Manolito” y la denominada “Isla de Cuba” de más empaque que la anterior, ambas en la Calle León y Castillo. Así que, para las compras de alimentos las familias estaban obligadas a invertir en ellas sus ajustados recursos económicos. Para las prendas de vestir y calzados, había que desplazarse a Triana o al Puerto. Otros productos, los vendedores callejeros los traían hasta las cancelas de las casas, haciendo sonar sus cantos. Y este trabajo lo hacían de la forma más llamativa posible. Sirvan los siguientes ejemplos.
Durante cierta época, dos jóvenes que vendían hielo visitaron el barrio. Este producto servía para refrescar las soleadas mañanas del verano. Naturalmente tenían éxito, pues a los hogares aún no habían llegado los frigoríficos y la posibilidad de mantener en sus congeladores tan preciado producto. Portaban una carretilla con dos grandes bloques de hielo a los que les sacaban, con un artilugio metálico en forma de cajetín y provisto de un raspador en su base, las escarchas que en una primera fase de la operación se agolpaban en el interior del aparato hasta llenarse y coger la forma cuadrangular, para luego perder su transparencia por el colorante que le rociaban. Sus voces llamando a la compra se escuchaban en todo Ciudad Jardín: -¡Hielo, hielo; al sabroso hielo con sabor...! A los chiquillos les gustaba, pero no tanto a sus madres que sufrían el lavado a mano de las camisas pringadas por el efecto de un producto casero de dudosa calidad alimenticia, pero de un intenso poder colorante.
Hablando de buenos sabores, “los helados de Panchito” deben tener mención especial. Este buen hombre se acercaba cada día y era uno de los personajes preferidos. Tenía un carro de madera pintado de amarillo, con dos ruedas del que subían cuatro columnas que sostenían un techo destinado a evitar el sol y la lluvia. A Panchito se le podía ver en cualquier parte, sobre todo, coincidiendo con los horarios de salida del alumnado de los colegios de la zona. Hacía sonar una trompetilla dorada y cantaba un singular: “Hay helaaaaados”, lo que estimulaba las glándulas salivales de sus jóvenes clientes.
Su atuendo era muy cómodo, seguramente para poder arrastrar aquel carro, tan pesado, durante tantas horas. Se abrigaba con una camisa gris, con rayas, y largas mangas que recogía por encima de sus codos; el pantalón de franela, también de color gris, caía sobre unas alpargatas de esparto gastadas por el paseo constante. Mientras iba de un lado para otro, acostumbraba a cantar canciones de la época o a silbarlas. Y eso lo interpretaban los chicos como signo de felicidad, por lo que parecía realmente di- choso con su trabajo. Muchas veces, los chiquillos coreaban sus canciones y él reía a placer.
En ocasiones lo ayudaban en la venta y traslado de su carro, mientras él iba montado en alguna de sus bicicletas dando un paseo. A cambio, recibían unos buenos helados de vainilla o chocolate emparedados entre crujientes galletas, con el tope del servidor puesto al máximo lo que aseguraba que la cantidad de helado fuera acorde con el esfuerzo realizado. Cargaba sus productos en la Heladería La Moderna de Beltrá, situada frente al Cine Goya. Era todo un ritual, pues primero llenaba el carro de trozos de hielo y a continuación, iba metiendo en su interior los recipientes metálicos con los sabrosos productos. Luego, a caminar y a repartir felicidad entre los más pequeños. A Panchito se le vio durante toda la vida arrastrando su carro, mientras anunciaba su venta de la misma forma que lo hizo toda la vida: Hay helaaaaados.
Los panes del ejército, o sea los chuscos, siempre fueron de gran calidad, a pesar de la mala prensa. Estaban hechos con buenos productos y bien trabajados. A las casas de los militares los llevaban cada mañana, normalmente en el camión del reparto de pan y, luego, eran descontados de los paupérrimos sueldos. Los soldados se encargaban de depositarlos en las bolsas de tela que a esos efectos dejaban en las cancelas. Si por algún descuido la bolsa no estaba en sus sitio, un toque con los nudillos y un aviso: “El pan, señora” era suficiente para resolver el problema. Los pequeños eran los encargados de colocar la bolsa y de retirarla, lo que hacían como una rutina más. Pero muy diferente era cuando no podía venir el camión por avería o como consecuencia de traslado de personal militar, y aparecía “el burro Perico” para realizar un viaje de fantasía.
Este simpático animal fue durante años la delicia de toda la chiquillería. Era feo a reventar, pequeño, grisáceo, musculoso y con la orejas tan largas que se doblaban sobre si mismas...; pero tenía, a entender de los más chicos, dos grandes virtudes: era muy coqueto, pues hacía sonar alegremente los cascabeles que rodeaban sus cuello, y además, cariñoso; tanto, que al enfilar la calle Gago Coutinho, demostraba su apego lanzando un rebuzno tras otro, hasta que los más jóvenes aparecían en escena y le aportaban unos granos de azúcar. Tenía su cuadra en el Castillo de Mata, donde estaba acuartelada una Batería de Artillería. Cuando salía, realizaba el mismo recorrido y cometido que el camión, pero naturalmente más despacio y con otro estilo. Perico tiraba de dos lanzas que, enganchadas a sus costados, servían para arrastrar un carro pequeño con techo y un pescante donde iba sentado el arriero. En dicho pescante se sentaban los más rápidos en salir a recibirlo y el resto lo acompañaban en un reparto de ida y vuelta que llegaba hasta las Alcaravaneras, donde vivían algunos militares. Pero un día, Perico no acudió.
Quino pensó que había pasado lo peor, pero su padre, destinado en el Cuartel de Mata, le prolongó, durante largo tiempo, las esperanzas de que algún día volviera, al decirle que había sufrido un empache y que pronto estaría en condiciones de realizar su trabajo. Pero lo cierto es que no volvió, así que, en una ocasión que lo acompañó a su trabajo, se acercó a la cuadra y comprobó que allí sólo estaba el carro y sus aparejos. La pérdida de su amigo le produjo un gran pesar.
Los pescadores de la Playa de Las Alcaravaneras y San Cristóbal también se acercaban a realizar sus ventas. A la voz de: “Hay sardinas, señora; hay longorones...” , como productos más preciados, reunían a su alrededor a las vecinas que portaban sus fiambreras. De entre ellos, Mariquita “la barquillera” era la más solicitada, y no precisamente por su producto, que era de la misma calidad que los demás, sino por su vehemencia y simpatía. Les alegraba la mañana con ocurrencias, vetadas para los más pequeños y que ellas reían a carcajadas. Como compensación a ese buen rato de teatro, se ganaba sus buenas pesetillas en el peso que restaba al producto, al ajustar la balanza presionándola con su dedo meñique. Una verdadera obra de arte de aquella maga de la escena que fue descubierta después de muchas actuaciones, al haberse comprobado el pescado en las pesas de las reposterías de las casas: “ochocientos cincuenta gramos, por un kilo...” Así que, desde que corrió la voz, se acabaron los espectáculos de Mariquita “la barquillera”.

Angelillo “el Chispa” vendía a voces el periódico por las casas: “Prensa” o “Diarioooo, Diariooooo de Las Palmas”. Tenía algunos suscriptores a los que les tiraba el periódico al balcón, ovillado de tal forma que por los golpes jamás se desenvolvía. Recibió su apodo debido a un famoso personaje del suplemento dominical que los chicos esperaban con ilusión, a la vez que caminaba veloz y sin descanso a pesar de ir portando el peso de los papeles que no eran escasos, lo que sirvió para dar, con más motivo, pábulo a su mote.
Pero el engaño más sonado fue el de los dos gitanos que a base de verborrea vendieron a una vecina unos metros de tela ignífuga de color beige que iba a tener como fin un traje para su esposo. El mencionado producto, cantado a voces como: “la tela que no arde” superó, delante de la pobre engañada, la prueba del fuego. Unas buenas pesetas que se fueron, como la tela, cuando ella quiso demostrar a su pareja la bondad de lo adquirido. Desde entonces, recibió en la intimidad de los otros hogares el sobrenombre de “la cerillera”.
Del libro “A Vista de Gaviota” (Cíclope Editores/ Colección Doramas Nº1- Canarias  2007) de Joaquín Nieto Reguera. Ilustración de Elisa Betancort.