jueves, 10 de agosto de 2017

Aquel perro llamado Mono



Hace unos días volví a ver «Siempre a tu lado, Hachiko» una película protagonizada por Richard Gere, en la que se escenifica la fantástica relación del personaje principal con su perro. Una bella historia basada en la realidad. Dicha historia me llevó a recordar a Mono, un can que los amigos del barrio de Ciudad Jardín encontramos en una cueva de la montaña de Cuatro Cañones, junto a tres cachorros más y que pensamos estaban abandonados, cuando quizá su madre había ido en busca de comida para criarlos. La verdad es que estaban algo famélicos y decídimos llevárnoslos. Fueron repartidos entre los presentes y portados a nuestras casas para que se criaran en los jardines, donde con toda seguridad estarían mucho mejor.

El perro fue bautizado como Mono por su comportamiento. Era vivaracho y llenaba de alegría a la familia. Era corto de patas y de rabo, bajo y escaso pelo de color cobrizo. Se crió muy bien a base de biberones que Carlos Juan se encargó de suministrarle. Además, se manifestaba con mucho cariño. Mientras fue cachorro jamás salió solo a la calle, aunque la cancela estuviera abierta, lo que demostraba que tenía capacidad para entender que fuera de allí podría tener problemas. Cuando creció se inició en las salidas y nos acompañaba en nuestras correrías, lo que le sirvió para conocer los alrededores y lugares de encuentro. Así que, frecuentemente, estando reunidos los cerepes en el Parque Doramas, apareciera por allí para unirse a sus dueños.

De esa forma fue como salió y comenzó a conocer mundo. Lo cierto es que en poco tiempo nos llamó la atención que llevara una vida tan cargada de misterios. Se marchaba y estaba días fuera sin que supiéramos donde residía.  Al principio nos preocupábamos, luego pensamos que pudiera estar compartiendo familias, pero con el tiempo comenzamos a recibir noticias de que tenía diferentes parejas con crías en algunos barrios de la capital. Nosotros, los hermanos,  bromeábamos con ello pues decíamos que el perro había aprendido de sus dueños.

Lo cierto es que su conducta, en general, estaba siendo muy especial, o sea, que fue dando motivos para que entendiéramos que estábamos ante un  perro poco común. A las pruebas me remito.

Mi hermano Joselín (Pepe Nieto), el mayor de los tres, alternaba por aquellos años con chicas extranjeras y además tenía un puñado de amigas en el barrio de Las Alcaravaneras donde algunas noches de la semana acudía a reunirse con ellas. Ya saben, aquellos grupos de jóvenes que por aquel entonces llamábamos pandillas.  A las nueve y media de la noche volvía a casa. Cada jornada, diez  minutos antes, aparecía Mono en la esquina de la plazoleta del Estadio Insular para recordarle que era la hora de volver. Hacían el camino de vuelta y, tanto uno como el otro, entraban en su hogar a la hora precisa. En este apartado del relato les contaré una anécdota de las tantas que vivimos en aquella casa y con el perrito como protagonista. Los fines de semana, estando todos aparentemente dormidos, Pepe Nieto salía por una ventana del jardín para acercarse a la Sala de Fiestas El Flamingo; al lado del Hotel Santa Catalina. No contaba con el beneplácito de nuestros padres, pero sí con el pacto con su hemano menor —que es quien les narra estos hechos— o sea, compinche interno que le  abría y cerraba la cristalera del jardín a las horas pactadas. Pues bien, Mono también lo esperaba en los exteriores del Hotel Santa Catalina para regresar a casa acompañado. La entrada para acostarse la hacía por donde había salido en el piso inferior. Así que a esa hora, para que me despertara, tiraba unas piedras pequeñas a los cristales de la ventana de mi habitación, en el segundo piso, asegurándose con ello la apertura y el poder dormir en su cama. Por cierto, aquella salida que usábamos tenía unas persianas de madera que obligatoriamente dejábamos abiertas toda la noche, pues chirriaban más de la cuenta y podían torcer la fiesta.  



Mi hermano Carlos Juan se lesionó en la cadera jugando al fútbol. Fue ingresado en el Hospital Militar en la calle Juan de Quesada en Vegueta, donde hoy se encuentra la sede y el paraninfo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. La ambulancia lo llevó y allí fue operado y pasó malos momentos como consecuencia de nefastas decisiones clínicas. Aquel día que se lo llevaron Mono corrió tra la ambulancia y desapareció. Contaba mi madre que cuando iba a quedarse con él en el hospital, veía frecuentemente al perro por los alrededores y se le acercaba para recibir las caricias y chucherías que ella le daba. Por nada del mundo consiguió que se separara de aquel lugar y regresara a casa pues, al final, siempre se le escapaba. Desde aquel día que se fue Carlos Juan, el perrito no volvió más a casa, hasta que su dueño, tras pasar por la Clínica Santa Catalina para una segunda operación reparadora de la anterior, regresó en la ambulancia. La llegada de Mono fue coincidente, ambulancia delante y él detrás moviendo su rabo de alegría. Fue impactante para todos nosotros.

Conmigo no tenía un trato diferente. Lo recuerdo acompañándome al Colegio Salesiano y esperándome en la puerta que da a la calle Alejandro Hidalgo para volver a casa a la hora de comer. Todos los chicos lo conocían y acariciaban, pero él sabía por qué estaba allí y para qué. Se preocupaba de todos los hermanos por igual.



Pasados los años y ya mayor, un día de esos que acostumbraba a marcharse regresó a casa malherido. Unos desalmados le amarraron unas gomas de bicicletas alrededor de su cuerpo y le prendieron fuego. Tampoco supimos nunca dónde fue y cómo pudo llegar el animalito hasta nuestra casa. Un vecino que era practicante (ATS) lo vió en la cancela y nos avisó. Las heridas eran horribles y para quitarle los restos de la goma que le quedó pegada a su cuerpo tuvimos que hacerlo con sumo cuidado. No mostró queja alguna y se dejó curar mansamente y sin mostrar signos de dolor ¡Qué mal recuerdo tengo de esa acción tan canalla! Las curas se perpetuaron en el tiempo. Cuando sanó de sus heridas externas acudía a la casa de su salvador y se acostaba en la puerta del jardín para esperarle. De esa forma le demostraba su agradecimiento. Sus salidas se limitaron para siempre a ese corto recorrido entre ambas casas. Ya no iba de correrías ni a buscar a sus dueños. Estaba desilusionado con las personas, pues aquellas heridas fueron muy dolorosas para él. Se le veía triste y sin ganas de vivir. Cuando mejoró Carlos Juan habló con nuestro padre para dejarlo unos días y mientras se reponía en la azotea de la casa, pues teníamos miedo a que volvieran a hacerle daño. Así se hizo durante un tiempo. Una noche de festejos sonaron los fuegos artificiales y el perrito se asustó, se subió al muro de la azotea y se tiró al jardín. A la mañana siguiente lo encontramos acostado debajo de unos geranios con aquella mirada tan especial que ponía de no haber roto un plato. Él se diría ante nuestro asombro: "No es nada, simplemente me he lanzado al vacío desde un tercer piso..." 

A los pocos meses, se fue al mismo lugar donde vamos todos cuando acaba nuestro ciclo. Para nosotros fue muy injusto e impactante que viviera de esa forma tan cruel y triste sus últimos días.

En su memoria, he dejado constancia de su presencia y nombre en uno de mis libros (Chicho). Allí entre sus páginas está el recuerdo a nuestro fiel y querido amigo Mono.  

  



 


     

 

lunes, 5 de junio de 2017

Desde las sombras (05.06.2017).


El chico se sentaba en la cancela cuando llegaba la oscuridad. En aquellos tiempos la luz no había llegado a la calle de Ciudad Jardín. Así que cuando el día se despedía, todo eran sombras. Pero él la silueta que esperaba era la de su padre que regresaba siempre a oscuras. Lo conocía por su andar y el cigarrillo Vencedor moviéndose en su mano derecha al ritmo de sus pasos. El corazón le daba un vuelco: «Por fin» se decía. Una caricia con los dedos entre sus pelos y un «Hola Quinillo, ¿me esperabas? Sin más, le daba la última calada al cigarrillo para luego apagarlo:«Vamos adentro, anda que aquí hace frío» y el chiquillo se agarraba a la cintura de lo que dejó de ser sombra para convertirse en sí mismo.

viernes, 3 de febrero de 2017

La casa abandonada (03.02.2017).

"La Casa abandonada". Capítulo del libro "La Banda del Cerepe y Hurto en el Zoo del Parque Doramas" de Joaquín Nieto Reguera; publicado por Cíclope Editores (2011). Colección Doramas (Nº2).


Ciudad Jardín fue siempre una zona residencial. Allí vivían familias canarias adineradas y muchos extranjeros, sobre todo ingleses. La mayor parte de las casas eran mansiones coloniales que lucían hermosas entre jardines muy cuidados y donde correteaban los niños y sus mascotas, en caso de los ingleses unos perros alargados que arrastraban sus orejas por el suelo y a los que los chiquillos llamaban salchichas. Sus dueños eran empresarios, profesionales liberales y diplomáticos que elegían el lugar buscando tranquilidad.
Algunas de aquellas mansiones quedaron con el paso de los años como lugar de vacaciones, pues sus dueños volvieron a sus países de origen para luego regresar en los meses de invierno y disfrutar del buen tiempo de la Isla. Y otras quedaron deshabitadas. Tal era el caso de la casa abandonada situada en la Calle Rafael Dávila. Los cerepes la llamaban así pues permanecía cerrada y eso daba lugar a que los miembros de La Banda la visitaran continuamente adueñándose de ella y haciendo uso de todo lo que encontraban.
Al día siguiente del paso por el subterráneo, un domingo de calor insoportable, los jóvenes tardaron en reunirse frente al Hotel Las Palmeras. Sólo Toni el Morocho y Gavi llegaron fieles a la cita ocupando el murito que daba paso a la entrada de las oficinas.
—Estos no vienen y perdemos la mañana —dijo Gavi con gesto de no gustarle la tardanza de sus amigos.
—Estarán descansando de haber dormido la noche... —bromeó el Morocho.
—Ya tú ves, pues hoy era el día perfecto para ir a darle una vuelta a los pichones de la casa abandonada —Gavi cambió la conversación—. Al menos una docena podríamos traernos y llevarlos mañana al Mercado del Puerto para ganarnos unas pesetas.
—¿Y qué problema hay en que vayamos los dos, hacemos el trabajo y nos compartimos las ganancias? Seguro que tocamos a más... —propuso Toni.
—Por mí, de acuerdo. Pasamos por mi casa y cogemos una de las jaulas. Después, a la vuelta podremos llevarnos los pichones a mi azotea, los metemos en el palomar y mañana vamos temprano como un tiro a venderlos —sentenció Gavi.
—Pues andando y que la gente siga durmiendo...
Mientras cruzaban Ciudad Jardín iban recordando cuando entraron por primera vez en la casa abandonada. Habían observado la ausencia de personas en la vivienda y llevados por la curiosidad decidieron saltar la valla y atravesar el enorme jardín para entrar. Se encontraron con una gran mansión. Toda ella era de madera. La planta noble, donde se ubicaban los salones, despachos y comedor, estaban abiertos al exterior a través de terrazas que daban al jardín donde había una piscina, en aquel momento vacía. Una escalera de servicio conducía a un sótano donde estaban la cocina, la despensa y una bodega. Frente a la puerta principal, una ancha escalera con barandales metálicos daba paso a la planta con ocho habitaciones y sus respectivos baños. En el piso superior estaban los aposentos del personal de servicio, una zona tan amplia como la baja y con tantos cuartos como la inferior, pero que sólo disponía de dos aseos, uno para hombres y el otro para mujeres. Desde allí se podía acceder al cobertizo sin ventanales donde anidaban las palomas. De los pichones se escogían aquellos que ya comían solos y estaban punto de arrancar el vuelo. Esas eran las condiciones que exigía el puestero del Mercado para quedárselos.
Aquella primera vez que entraron en la mansión pasaron mucho miedo. No sabían que podrían encontrase. A ello hubo que añadir los ruidos de las pisadas sobre la tea y un cierto tufillo a antigüedad y por tanto a misterio. Todo ello hacía que les temblaran las piernas cada vez que se movían pausadamente e intranquilos.
—Esta vez va a ser distinto... —dijo Gavi sonriendo.
—Eso espero. Hemos entrado tantas veces y nunca ha pasado nada que no entiendo porqué no va a ser igual —aseveró el Morocho dejando claro que no tenía dudas sobre lo que pudiera suceder.
Pero una vez dentro de la mansión Gavi volvió a percibir las mismas sensaciones que obtuvo en la primera visita. Miró a su amigo y estuvo a punto de decirle que desistieran, pero aquel inició el ascenso por la escalera sin darle oportunidad alguna y sin que le quedara otro remedio que seguirle. Subieron con premura hasta que se pararon en la puerta del vestíbulo para abrirla lentamente y no asustar a las aves que estaban echadas en los nidos o que daban los primeros pasos por el suelo del habitáculo. La tarea se hizo con eficacia. Enseguida cogieron ocho lindos pichones de diversas parejas y colores. Después, cerraron la puerta e iniciaron el descenso compartiendo el peso de la jaula que llevaban agarrada por un asidero de cuerda lo suficientemente ancho para que cupieran sus manos.
Gavi había perdido sus temores y estaba mucho más relajado mientras bajaban, pero tanto a él como a su amigo los corazones les dieron un salto cuando en el vestíbulo principal les esperaba, cerrándoles el paso un hombre que con cara destemplada, con los brazos en jarras y con dureza en su voz, les interrogó sobre lo que estaban haciendo:
—¿A dónde van con esas palomas? —el individuo tenía una gran estatura, una espesa barba y su apariencia era la de un mendigo pues su desaliñado aspecto así lo delataba. Los chicos se pararon y cruzaron una mirada de perplejidad ante la situación que se les había presentado y que debían superar.
—Cada mes venimos a llevarnos nuestros pichones —dijo lo primero que se le ocurrió el Morocho.

                               Imagen original del libro realizada por el  Ilustrador José Socorro.
—¡Sus pichones, sus pichones...! —repitió el hombre elevando el tono de la voz—, querrán decir mis pichones, pues de ellos me alimento. Y, además, esta casa es privada. Es mi casa, yo la habito desde hace mucho tiempo ¿Cómo se les ocurre venir aquí a romper la intimidad y a apoderarse de mis propiedades?
Aquellas últimas palabras no gustaron a los chicos. Estaban seguros de que su interlocutor mentía pues conocían muy bien el tiempo que la casa llevaba vacía.
Pero no era cuestión de desmentir sin saber qué tipo de personaje era aquél y cómo podía reaccionar, así que Gavi tomó la palabra para tratar de apaciguar sus ánimos:
—Decimos que los pichones son nuestros porque las palomas lo son. Se trata de palomas anilladas por nosotros, que pertenecen a nuestros palomares y que no regresan pues vienen a criar aquí ya que así se han acostumbrado. Hace mucho tiempo que venimos a llevárnoslos.
El hombre se quedó pensativo durante unos segundos pero rápidamente reaccionó contestando en el mismo tono de acritud que antes había empleado:
—Parece lógico lo que dicen, pero no me van a engañar pues no todas las palomas están anilladas, un buen número de ellas no tienen marca de propiedad y son salvajes.
—Bueno —intervino Toni apoyando a su amigo-, Usted tiene razón, algunas son salvajes pero sólo aquellas que siendo pichones nosotros no las hemos escogido para nuestros palomares porque no son bonitas o tienen defectos en el plumaje...
Los chicos notaron como el hombre había encajado sus razonamientos, pues bajó los brazos de su cintura y optó una pose más relajada. Inmediatamente se acercó al escalón bajo y apoyando su brazo izquierdo en el barandal les dijo:
—Bien, parece que dicen la verdad. Bajen, hablemos y seguro que llegaremos a un entendimiento.
Los chicos respiraron tranquilos e iniciaron el descenso. Luego, los tres se sentaron en el suelo del vestíbulo enfrascándose en una larga conversación, que a medida que pasaba el tiempo se iba haciendo más sincera y entrañable, lo que acabó por romper la mala impresión del principio.
A lo que sí llegaron rápidamente fue a la conclusión de que aquel hombre era todo un personaje con una historia muy singular. Dijo llamarse Alfredo y haber cumplido los cuarenta y cinco años aunque aparentaba tener menos edad. Desde muy joven había dejado los estudios y su hogar para viajar por el mundo, pues esa fue siempre su ilusión. Había visitado todos los continentes y trabajado en miles de trabajos circunstanciales con el único objetivo de financiarse la siguiente aventura. A la vuelta de uno de esos viajes, al verse sin posibilidades económicas decidió alistarse en La Legión. Según comentó a sus nuevos amigos había estado en las refriegas de las colonias españolas en África y cansado de la vida militar había decidido licenciarse para no tener que tomar nunca más las armas en sus manos.
Después de ese buen rato Alfredo les pidió dos pichones a los chicos para el almuerzo y mucha discreción sobre su estancia en la mansión abandonada, pues según argumentó no quería que nadie le viniera a molestar ni a compartir hogar, pues se encontraba muy cómodo en la soledad. Ellos le prometieron el silencio más absoluto y que seguirían visitándole con más asiduidad para charlar y conocer aspectos de sus aventuras, así como para llevarles algo de comer. La despedida fue muy amigable.
Los dos amigos salieron sonriendo de la casa pues había cumplido sus expectativas. Se iban, además, satisfechos por la nueva amistad, pero cuando dejaron atrás la calle Rafael Dávila se encontraron con una nueva sorpresa, pues un despliegue muy grande de la policía militar ocupaba la calle contigua. Entonces, no tuvieron tiempo de intercambiar palabra alguna pues dos soldados muy fornidos los tomaron por sus brazos y en volandas y con la jaula incluida fueron llevados ante la presencia de un mando que estaba sentado en la parte delantera de uno de los jeeps allí estacionado.
—Estos son los chicos, mi teniente —dijo uno de los soldados.
El mando descendió del auto con parsimonia y los miró de arriba abajo. Los dos amigos, hijos de militares acostumbrados al ambiente militar notaron de inmediato que por su juventud se trataba de un oficial de academia. Éste, tras el ritual de amedrentamiento les preguntó:
—¿Qué fuisteis a hacer a esa vivienda?
—A pescar, es que no nos ve. Y haga el favor de decirles a sus soldados que nos quiten las manos de encima —les dijo el Morocho rotundamente. Una cosa era encontrarse de improviso con un desconocido en una casa abandonada y otra muy distinta moverse entre militares, algo que toda la vida habían hecho.
—Me parece que os la dais de listillos. ¿Sabéis con quién estáis hablando? —prosiguió con su táctica.
—Quien no sabe con quiénes está hablando parece ser usted. Le repito lo que le pidió mi amigo. Haga el favor de decir a sus soldados que nos quiten las manos de encima o tendrá que dar explicaciones a nuestros padres en el regimiento —le dijo Gavi en el mismo tono que había empleado el militar.
El joven teniente captó inmediatamente el mensaje y supuso que la información que los chicos le habían mandado no podía ser improvisada, así que hizo una indicación a los soldados y una vez que fueron liberados continuó con el interrogatorio:
—Luego hablaremos en el regimiento con quien haga falta, pero ahora es necesario que me digáis con quién os habéis encontrado en esa casa abandonada.
—Con nadie —dijo rápidamente Toni—, la casa, como usted dice está abandonada.
—Quiero deciros chicos que os podéis meter en un buen problema si no colaboráis con nosotros. Si sois hijos de militares estáis obligados a ayudar y a no dar un disgusto a vuestros padres ¿Este hombre que veis en la foto es un prófugo, así que os repito: ¿Está en la casa? —el teniente les enseñó una foto de Alfredo. Iba vestido de legionario y de su pecho colgaban dos condecoraciones que ellos conocían muy bien: La Laureada y la de San Hermenegildo. Su amigo se trataba, por tanto, de un soldado ilustre.
—No hemos visto a nadie, esa casa lleva muchos años vacía. Y con ese militar no nos hemos encontrado —Gavi se aseguró de ser rotundo y no dejar dudas que pudiera llevarles a desconfiar de sus palabras-. Es más un profesional con esas condecoraciones no puede ser un prófugo, así que está perdiendo el tiempo. Allí no hay nadie...
—Bien, que los chicos no se muevan de aquí, luego veremos en qué queda todo esto. Avisad a los otros que vamos a entrar. Los chavales están mintiendo y el vecino que llamó a la Policía Armada lo ha identificado. Iremos con cuidado pues es probable que esté armado —dijo el teniente con autoridad. Los chicos se cruzaron una mirada y no les hizo falta decirse nada. La situación era crítica para su amigo.
Se quedaron en silencio mientras veían como los soldados seguían a su teniente muy pegados a las fachadas de las casas. Cuando llegaron a la cancela fueron saltándola uno a uno en silencio. La espera se hizo interminable, pero a los pocos minutos aparecieron de nuevo, pero esta vez con Alfredo. Lo llevaban a la carrera, esposado y rodeado de todos aquellos que habían intervenido en la operación. La escena era terrible pues el reo no podía correr a la velocidad que imponían sus captores y en varias ocasiones tuvieron que arrastrarlo.
Muy pronto llegaron a la altura de los chicos. Estos no salían de su asombro. Tenían la esperanza de que pudiera burlar el asedio, pero no hubo suerte y allí estaba el detenido. Alfredo los miró de reojo al pasar y ellos comprobaron su tristeza. Ahora, vendría lo peor, pensaron, tener que enfrentarse a la reprimenda de sus progenitores. Todos se fueron a los jeeps y una vez que fue introducido en el auto, los mismos soldados que llevaron en volandas a los chicos volvieron para acercarlos al coche. Allí el oficial le preguntó a Alfredo si los había visto en la casa. De nuevo, les volvió la preocupación pero esta vez unida a ligeros temblores en las piernas
—Los vi entrar, pero ellos no me vieron. Vinieron a buscar pichones. Cada mes lo hacen —la respuesta llenó de alegría a los jóvenes, si bien no lo reflejaron, sólo Toni se dirigió al oficial para decirle:
—Le queda claro, teniente. No le hemos mentido, por tanto nos vamos, si bien sería mucho más humano que tratara con más respeto a un militar mucho más galardonado que usted y del cual tendría mucho que aprender.
Al teniente se le sonrojaron los cachetes y atropelladamente se dirigió a ellos para despedirlos:
—Venga, largaos de aquí, no me hagáis cambiar de opinión y hacer que os tenga que llevar con vuestros padres para que os enseñe modales...
Pronto la calle quedó vacía, sólo un vecino que había visto toda la operación aplaudió el paso de la comitiva. Gavi y Toni se miraron y no fue necesario que dijeran nada, aquel personaje había sido el delator. Tendrían tiempo de pensar en ello. Emprendieron el camino a casa sin hablar y sin poder quitarse de la cabeza lo ocurrido. Estaban apenados por la suerte que podría correr aquella persona que con el tiempo había comprendido lo negativo del uso de la armas y aunque en parte les había mentido, demostró tener muy buenos sentimientos, lo que les llenaba de consuelo.

domingo, 22 de enero de 2017

Las postales de los buques en los sesenta.


                                        Foto tomada de La Provincia/ Diario de Las Palmas

Ya no suenan de madrugada las sirenas de los buques anunciando su llegada al Puerto de La Luz y de Las Palmas de Gran Canaria. Es como si no hubiera puerto, ni tampoco a quienes dar la alegría por visitarnos. Desaparecieron en el tiempo. Ahora en las noches silenciosas solo se oye el ruido de los grandes contenedores, cuando son movidos o arrastrados, vete a saber, por esas estructuras esqueléticas que han empañado la entrañable vista de nuestra bahía. 

La canción El Tartanero que compusiera Andrés Viera Plata en mil novecientos sesenta y popularizara  Mary Sánchez y los Bandama hacía mención al atraque cada lunes del Castle y los martes del Yewoard ( "Hoy es lunes, llega el Castle y mañana llega el Yewoard", decía el estribillo). Ya no hay canciones que recuerden que ahí enfrente está el puerto y que está abierto a visitas para ofrecerles nuestra hospitalidad. Ahora nos enteramos de que llegan los grandes buques porque se dibujan casi arrinconados ocupando las dársenas y las calles se llenan de rubios visitantes de unas horas. Todo es distinto.

                           Foto tomada de la publicación 100 años de pasajes en el Pueerto de Las Palmas de José Ferrera Jiménez

En los años sesenta la chiquillada nos desplazábamos a la calle León y Castillo, en el mismo Ciudad Jardín, a ver maniobrar al práctico ayudando a los buques a atracar en puerto. Es más, en una época pusimos de moda coleccionar postales de aquellos barcos que para nosotros eran verdaderas joyas. Las íbamos a buscar a las consignatarias y allí nos las entregaban para en un ritual colocarlas en álbumes de creación casera que embellecíamos para el orgullo de los pequeños coleccionistas. Los señores empleados de la consignatarias, cuyas representaciones estaban situadas en el Parque de Santa Catalina, y las calles Sagasta, Juan Rejón y La Naval, nos conocían de tanto pasar por allí y acabaron por llamarnos por nuestros nombres de pila.

La Elder Dempster (Canary Islands) Ltd. estaba situada en el Parque de Santa Catalina. Allí conseguíamos las postales de los Castle. Eran las más preciadas. Recuerdo los nombres de los buques de la Compañía Union-Castle Line de memoria: el Pendennis Castle, el Windsor Castle, el Capetown Castle y el Pretoria Clastle.  La primera vez que llegó el Queen Mary procedente de  Southampton creo recordar que fue en 1963. El arribo a puerto fue por la mañana, temprano, era impresionante con sus tres chimeneas y causó una gran expectación en la ciudad. Al no tener postales en la consignataria tuvimos que desplazarnos caminando al puerto, donde unos marineros nos consiguieron el trofeo que deseábamos, pues no nos permitieron subir a bordo. Recuerdo que nos visitaría muchas veces más, pero para entonces ya teníamos postales repetidas. De su misma serie era el Queen Elizabeth, aunque menor, pues tenía solo dos chimeneas.

Eran muy preciados los buque italianos de la Linea Costa, el Andrea Costa y el Federico Costa. Y aquellos que no hacián escala en nuestro puerto y cruzaban otros mares también lo solicitábamos a agencias de viajes como Wagons Lits Cook que estaba situada cerca del Colegio Salesiano en el propio Ciudad Jardín.

                     Foto tomada de la publicación 100 años de pasajes en el Pueerto de Las Palmas de José Ferrera Jiménez

La línea con la Península estaba cubierta con los buques de la Trasmediterránea, que por cierto alguno tuve que usar para desplazarme a visitar a mi familia en Andalucía. Recuerdo el Ciudad de Cádiz, el Ernesto Anastasio y el Ciudad de Oviedo. Allí mismo en el Parque de Santa Catalina nos atendían para regalarnos las postales.

                                                             Foto de la Compañía Trasmediterránea

Con esas postales nos sentíamos viajeros y soñábamos visitar otras países del mundo. Tuve mucho tiempo esa colección hasta que debió perderse cuando dejamos Ciudad Jardín. Me quedó una gran tristeza por la pérdida y siempre la he recordado con gran cariño, pues ya se sabe del vínculo amoroso de los canarios con el mar. 

Seguramente, cosas de chicos de otros tiempos.