domingo, 6 de noviembre de 2016

El gorrión de la mancha en el pecho.



Desde la azotea de su casa divisaba el enorme laurel de indias que copaba gran parte del jardín de la Residencia de Oficiales del Ejército de Tierra. Un atardecer, como hiciera infinidad de veces, cuando observaba la llegada a ese refugio de los diferentes tipos de aves, se percató de la caída al patio central de un pequeño gorrión que seguramente osó dar su primer vuelo sin estar preparado para ello.

El corazón le dio un vuelco. Lo siguió con la mirada durante unos segundos. Al otro lado del jardín el gato azabache dormía plácidamente. Reponía fuerzas, con toda seguridad, para  aprovechar la noche en su cacería. Lo había visto muchas veces actuar y pensó lo peor. El pequeño gorrión, comenzando a emplumarse, piaba a buche abierto pidiendo ayuda a sus progenitores. El joven se desesperó ya que sabía que no podrían socorrerle. El pajarillo piaba de tal forma que con seguridad despertaría al minino.

 No lo pensó ni un segundo. Bajó las escaleras desde el tercer piso de su casa y corrió hacia el recinto militar. Entró por la puerta principal como una exhalación. Allí estaba aún el animalito de sus preocupaciones. El corazón le latía aceleradamente, pero tuvo la destreza de ir acorralándolo hasta llevarlo al borde de uno de los parterres. Al fin, respiró tranquilo cuando logró tenerlo a buen recaudo entre sus manos.

Foto tomada de Biobligia (Dani Studler)


La vida de aquel osado polluelo pasaba por una alimentación adecuada, el calor de un nido y el cuidado de una familia. Una caja de zapatos con trapos y un bombillo le darían el calor. Una caña recortada en forma de plumín y leche con gofio haría el resto. Solo faltaba acompañarle mientras abría el pico con un ligero silbido que identificara que llegaban su cuidador y la comida.

Así estuvo un par de semanas, primero en la habitación, luego, ya sin bombillo, en la caja y después correteando por el piso de la azotea. Lo que no cambió en todo ese tiempo fue el silbido de llamada y la caña afilada que depositaba la leche con gofio en su buche. Aquella manera de alimentarlo fue dejando una mancha inconfundible sobre sus plumas del pecho.

Un día voló, para posarse en el muro que le ofrecía una vista espléndida de lo que era un mundo nuevo para él. Más tarde amplió el vuelo e inspeccionó ese espacio que tenía a su alcance. Su cuidador se preocupó cuando no lo vio en las inmediaciones, pero al silbar varias veces para darle su comida apareció volando y se posó ante él en actitud de espera con el buche abierto.

Aquella operación se repitió durante meses. El gorrión se había acostumbrado a volar por el mundo, a vivir su vida y a no preocuparse por la comida, pues su progenitor estaba siempre a la hora prevista ofreciéndole la alimentación.

Un día dejó de acercarse a la llamada de la comida. Definitivamente entendió que el pájaro se había emancipado El chico dio por finalizada la relación. Se sintió triste y a la vez satisfecho de haber realizado una buena acción. Pero nada más lejos de la realidad, pasado un tiempo en esa constancia del joven por ver entrar las aves al laurel, el gorrión manchado de gofio le voló hasta donde él estaba para pedir su ración como lo había hecho otras tantas veces. Extrañado corrió a la cocina y preparó la papilla. Allí estaba esperándole en actitud de demanda. Llenó su buche y emprendió vuelo hasta perderse en el laurel de indias. A los pocos minutos volvió y logrado su objetivo levantó vuelo hasta su destino. Así repitió tres veces la misma operación.

Cada tarde volvió a la demanda. Tres vuelos y tres cargas de papilla que el joven entendió como ayuda para su prole. El sistema no le pudo ir mejor. Después dejó de acercarse hasta el chico de la plumilla de caña, que había hecho de progenitor del gorrión de la mancha en el pecho y de su descendencia.






    



    



miércoles, 20 de julio de 2016

Las ventas callejeras. Los Cantos (A vista de Gaviota).


Para surtir de víveres a las familias sólo había dos tiendas en Ciudad Jardín, la de “Manolito” y la denominada “Isla de Cuba” de más empaque que la anterior, ambas en la Calle León y Castillo. Así que, para las compras de alimentos las familias estaban obligadas a invertir en ellas sus ajustados recursos económicos. Para las prendas de vestir y calzados, había que desplazarse a Triana o al Puerto. Otros productos, los vendedores callejeros los traían hasta las cancelas de las casas, haciendo sonar sus cantos. Y este trabajo lo hacían de la forma más llamativa posible. Sirvan los siguientes ejemplos.
Durante cierta época, dos jóvenes que vendían hielo visitaron el barrio. Este producto servía para refrescar las soleadas mañanas del verano. Naturalmente tenían éxito, pues a los hogares aún no habían llegado los frigoríficos y la posibilidad de mantener en sus congeladores tan preciado producto. Portaban una carretilla con dos grandes bloques de hielo a los que les sacaban, con un artilugio metálico en forma de cajetín y provisto de un raspador en su base, las escarchas que en una primera fase de la operación se agolpaban en el interior del aparato hasta llenarse y coger la forma cuadrangular, para luego perder su transparencia por el colorante que le rociaban. Sus voces llamando a la compra se escuchaban en todo Ciudad Jardín: -¡Hielo, hielo; al sabroso hielo con sabor...! A los chiquillos les gustaba, pero no tanto a sus madres que sufrían el lavado a mano de las camisas pringadas por el efecto de un producto casero de dudosa calidad alimenticia, pero de un intenso poder colorante.
Hablando de buenos sabores, “los helados de Panchito” deben tener mención especial. Este buen hombre se acercaba cada día y era uno de los personajes preferidos. Tenía un carro de madera pintado de amarillo, con dos ruedas del que subían cuatro columnas que sostenían un techo destinado a evitar el sol y la lluvia. A Panchito se le podía ver en cualquier parte, sobre todo, coincidiendo con los horarios de salida del alumnado de los colegios de la zona. Hacía sonar una trompetilla dorada y cantaba un singular: “Hay helaaaaados”, lo que estimulaba las glándulas salivales de sus jóvenes clientes.
Su atuendo era muy cómodo, seguramente para poder arrastrar aquel carro, tan pesado, durante tantas horas. Se abrigaba con una camisa gris, con rayas, y largas mangas que recogía por encima de sus codos; el pantalón de franela, también de color gris, caía sobre unas alpargatas de esparto gastadas por el paseo constante. Mientras iba de un lado para otro, acostumbraba a cantar canciones de la época o a silbarlas. Y eso lo interpretaban los chicos como signo de felicidad, por lo que parecía realmente di- choso con su trabajo. Muchas veces, los chiquillos coreaban sus canciones y él reía a placer.
En ocasiones lo ayudaban en la venta y traslado de su carro, mientras él iba montado en alguna de sus bicicletas dando un paseo. A cambio, recibían unos buenos helados de vainilla o chocolate emparedados entre crujientes galletas, con el tope del servidor puesto al máximo lo que aseguraba que la cantidad de helado fuera acorde con el esfuerzo realizado. Cargaba sus productos en la Heladería La Moderna de Beltrá, situada frente al Cine Goya. Era todo un ritual, pues primero llenaba el carro de trozos de hielo y a continuación, iba metiendo en su interior los recipientes metálicos con los sabrosos productos. Luego, a caminar y a repartir felicidad entre los más pequeños. A Panchito se le vio durante toda la vida arrastrando su carro, mientras anunciaba su venta de la misma forma que lo hizo toda la vida: Hay helaaaaados.
Los panes del ejército, o sea los chuscos, siempre fueron de gran calidad, a pesar de la mala prensa. Estaban hechos con buenos productos y bien trabajados. A las casas de los militares los llevaban cada mañana, normalmente en el camión del reparto de pan y, luego, eran descontados de los paupérrimos sueldos. Los soldados se encargaban de depositarlos en las bolsas de tela que a esos efectos dejaban en las cancelas. Si por algún descuido la bolsa no estaba en sus sitio, un toque con los nudillos y un aviso: “El pan, señora” era suficiente para resolver el problema. Los pequeños eran los encargados de colocar la bolsa y de retirarla, lo que hacían como una rutina más. Pero muy diferente era cuando no podía venir el camión por avería o como consecuencia de traslado de personal militar, y aparecía “el burro Perico” para realizar un viaje de fantasía.
Este simpático animal fue durante años la delicia de toda la chiquillería. Era feo a reventar, pequeño, grisáceo, musculoso y con la orejas tan largas que se doblaban sobre si mismas...; pero tenía, a entender de los más chicos, dos grandes virtudes: era muy coqueto, pues hacía sonar alegremente los cascabeles que rodeaban sus cuello, y además, cariñoso; tanto, que al enfilar la calle Gago Coutinho, demostraba su apego lanzando un rebuzno tras otro, hasta que los más jóvenes aparecían en escena y le aportaban unos granos de azúcar. Tenía su cuadra en el Castillo de Mata, donde estaba acuartelada una Batería de Artillería. Cuando salía, realizaba el mismo recorrido y cometido que el camión, pero naturalmente más despacio y con otro estilo. Perico tiraba de dos lanzas que, enganchadas a sus costados, servían para arrastrar un carro pequeño con techo y un pescante donde iba sentado el arriero. En dicho pescante se sentaban los más rápidos en salir a recibirlo y el resto lo acompañaban en un reparto de ida y vuelta que llegaba hasta las Alcaravaneras, donde vivían algunos militares. Pero un día, Perico no acudió.
Quino pensó que había pasado lo peor, pero su padre, destinado en el Cuartel de Mata, le prolongó, durante largo tiempo, las esperanzas de que algún día volviera, al decirle que había sufrido un empache y que pronto estaría en condiciones de realizar su trabajo. Pero lo cierto es que no volvió, así que, en una ocasión que lo acompañó a su trabajo, se acercó a la cuadra y comprobó que allí sólo estaba el carro y sus aparejos. La pérdida de su amigo le produjo un gran pesar.
Los pescadores de la Playa de Las Alcaravaneras y San Cristóbal también se acercaban a realizar sus ventas. A la voz de: “Hay sardinas, señora; hay longorones...” , como productos más preciados, reunían a su alrededor a las vecinas que portaban sus fiambreras. De entre ellos, Mariquita “la barquillera” era la más solicitada, y no precisamente por su producto, que era de la misma calidad que los demás, sino por su vehemencia y simpatía. Les alegraba la mañana con ocurrencias, vetadas para los más pequeños y que ellas reían a carcajadas. Como compensación a ese buen rato de teatro, se ganaba sus buenas pesetillas en el peso que restaba al producto, al ajustar la balanza presionándola con su dedo meñique. Una verdadera obra de arte de aquella maga de la escena que fue descubierta después de muchas actuaciones, al haberse comprobado el pescado en las pesas de las reposterías de las casas: “ochocientos cincuenta gramos, por un kilo...” Así que, desde que corrió la voz, se acabaron los espectáculos de Mariquita “la barquillera”.

Angelillo “el Chispa” vendía a voces el periódico por las casas: “Prensa” o “Diarioooo, Diariooooo de Las Palmas”. Tenía algunos suscriptores a los que les tiraba el periódico al balcón, ovillado de tal forma que por los golpes jamás se desenvolvía. Recibió su apodo debido a un famoso personaje del suplemento dominical que los chicos esperaban con ilusión, a la vez que caminaba veloz y sin descanso a pesar de ir portando el peso de los papeles que no eran escasos, lo que sirvió para dar, con más motivo, pábulo a su mote.
Pero el engaño más sonado fue el de los dos gitanos que a base de verborrea vendieron a una vecina unos metros de tela ignífuga de color beige que iba a tener como fin un traje para su esposo. El mencionado producto, cantado a voces como: “la tela que no arde” superó, delante de la pobre engañada, la prueba del fuego. Unas buenas pesetas que se fueron, como la tela, cuando ella quiso demostrar a su pareja la bondad de lo adquirido. Desde entonces, recibió en la intimidad de los otros hogares el sobrenombre de “la cerillera”.
Del libro “A Vista de Gaviota” (Cíclope Editores/ Colección Doramas Nº1- Canarias  2007) de Joaquín Nieto Reguera. Ilustración de Elisa Betancort.



sábado, 25 de junio de 2016

"Lolilla"

                            Con un grupo de alumnos mostrándoles mi antigua casa. Ahí ocurrieron los hechos

A mi hermano Carlos Juan Nieto Reguera, él lo vivió como uno más de aquella familia donde nuestra madre, sin tener para todos y en momentos muy difíciles, supo aumentar el número de miembros familiares.



Lolilla llegó un día hasta la puerta de nuestra casa en Ciudad Jardín, junto a su madre, pidiendo algo de comer. Ambas mujeres presentaban un aspecto deplorable, tanto en lo físico con unas grandes ojeras y caras de estarlo pasando muy mal, como en sus ropas -que más que vestimenta eran verdaderos harapos-. Mi madre las miró cuando se pararon en la puerta y conoció inmediatamente a la mayor: ¿Eres de Lanzarote y te llamas Sara, verdad? La señora asintió. Tras preguntarles cómo estaban y qué necesitaban, las hizo entrar. Desayunaron con apetito y viendo la situación que presentaban tras la llegada a la isla, y lo expuesto en ese rato que pasaron calentando las tripas, les ofreció trabajo en casa a la hija para ayudarla.

Nosotros, los hijos, nos dimos cuenta que aquella joven con cara de niña y cuerpo de mujer muy poco podría saber. Es más, también nos dimos cuenta que sus capacidades y habilidades tampoco la ayudarían, pero mamá era así. Lolilla y Sara estaban necesitadas y eran de Lanzarote. Aquella casa fue siempre, además de lugar de encuentro de la muchachada del barrio y sus guitarras, posada y fonda para todos los familiares y amigos conejeros que venían a Gran Canaria; ya fuera por vacaciones, por enfermedad o estudios. A mi padre, cuando llegó del trabajo, su esposa se encargó de ponerlo al corriente, así que él reforzó la postura de su mujer.
Desde el día siguiente Lolilla ocupó su puesto de trabajo. Poco a poco fue entrando en la dinámica, cogió peso, lucía más arreglada, llenita y repartía su agradecimiento con sonrisas. Además, nos enseñó algo muy importante que fuimos descubriendo con el paso de los años: Las luces de alegría y felicidad  que desprendían sus ojos eran inenarrables. Así que, independientemente de sus limitaciones era la persona más simpática y ocurrente del mundo; y ello conllevó que nuestra dicha aumentara de forma considerable con sus logros y repentinas ideas.

Amigos de Ciudad Jardín en la calle Gago Coutinho 

Antes, en las azoteas de las casas, cuando las economías no daban para más que para salir del paso, las familias se las apañaban colocando palomares, gallineros o conejeras. Con ello se ayudaba, en la escasez, aportando productos para el consumo. Viene esto a cuento, porque encontrándose un día mi padre metido en el gallinero cogiendo los huevos del día Lolilla se acercó y le preguntó:

-¿Non Nieto, -Así le llamaba- por qué las gallinas están tan sucias? Mi padre como buen coñón andaluz le contestó:

-Lolilla es que no he tenido tiempo de bañarlas, alguna tarde de estas me pondré a ello, no te preocupes que verás que lindas van a quedar.

A la mañana siguiente Lolilla desapareció en aquella casa inmensa de tres plantas. Pensábamos que andaba ocupada en sus quehaceres, pero al momento salimos de nuestras dudas, cuando el escándalo de las gallinas llamó nuestra atención. Subimos tan rápido como pudimos y al llegar a la azotea nos la encontramos dentro del gallinero, tendida en el piso, llena de excrementos de las aves y con una de ella agarrada por el cuello. Increíble la imagen, como para enmarcarla. La ayudamos a salir y le preguntamos qué hacía allí con aquella pinta. La respuesta fue genial:

-Non Nieto me dijo que las gallinas estaban sucias y que iba a bañarlas y tengo la lavadora preparada para asearlas…

Efectivamente, la lavadora estaba en condiciones de usarse. Los mayores recordarán que las primeras máquinas de lavar la ropa, además de muy escandalosas, no centrifugaban. Para ello tenían un rodillo en la parte superior por donde se hacía pasar la prenda para oprimirla y que fuera, en sucesivas ocasiones, perdiendo el agua antes de tenderla al sol. Siempre me he preguntado si Lolilla también tuvo en mente pasar las gallinas por el rodillo centrifugador.

          Amigos de Ciudad Jardín en la calle Gago Coutinho. A la derecha la Residencia de Oficiales, al fondo los Salesianos

Ella estuvo mucho tiempo con nosotros. Un día llegó con la novedad de que tenía un pretendiente. Pues bueno, aquella noticia fue lógicamente la comidilla en casa. ¿Quién sería, de donde vendría, con qué intenciones la pretendía…? Mi madre andaba muy preocupada con aquella relación. Pero, pasaban los meses, y ella seguía mencionando a su novio, se perfumaba y salía de su trabajo más arreglada y contenta que antes. Hablaba de las salidas con el chico, contaba sobre sus paseos, los planes para el futuro… La veíamos centrada y feliz. En esa medida constante en el tiempo, la pregunta de mi hermano Carlos Juan fue la esperada y lógica:

-Lolilla y con ese novio que tienes: ¿no piensas casarte?

Nunca estuvo más acertada en su repuesta. Con aquella forma especial que tenía de hablar y en un trabalenguas que con el tiempo fuimos interpretando a la perfección, le contestó lúcidamente:

-Pero Carlos Juan, ¿tú qué te crees? ¡Ni que casarse fuera “asoplar” y hacer botellas!

Estos días atrás hablaba con mi hermano y recordábamos aquellas anécdotas con alegría y cierta nostalgia. Lolilla se fue de casa años más tarde. Terminó casándose y teniendo hijos. El final de su marido fue accidentado y trágico. 

Yo volví a encontrarla mucho tiempo después en El Polvorín en una visita que hice al colegio público. La vi muy desmejorada y me acerqué a ella. No le dije quien era, para ver si me reconocía. Ella me miraba con aquellos ojos tan especiales que tenía y  lanzaban chispas de curiosidad. Ya presentado, se abrazó a mi y lloró desconsoladamente. Entre sollozos nos nombraba a todos y preguntaba continuamente por mi madre, Non Nieto y mis hermanos. 

Lolilla fue un ángel bueno en aquella casa de Ciudad Jardín donde todos fuimos tan dichosos. Así es como la recordamos, con mucho cariño pues siempre nos compensó con el suyo, con su alegría y también con las geniales ocurrencias.












viernes, 25 de marzo de 2016

Guille: Aquel ángel...



Guille quiso nacer con ellos. Él supo elegir hogar y familia a pesar de sus limitaciones a la hora de decidirse. No tuvo dudas. Sus padres se querían. Eran buenos progenitores y desprendían felicidad. La felicidad es empática y a él eso le llamó la atención antes de elegir otra alternativa.  Es más, la casa estaba llena de buenos hermanos que lo mimarían. Así que optar fue fácil.

Guille era un ángel de ojos rasgados que miraba continuamente a todos, agradeciendo a su manera los gestos hacia su persona. No necesitó pensar, pues las decisiones las tomaban consensuadas. No precisó caminar con destreza, pues muchas manos le acercaban lo que deseaba. No le fue necesario masticar, pues cualquiera de ellos le daba el puré con amor. Es fácil de entender que se enamorara de ellos, pues los ángeles nacen sabiendo elegir. No son como el resto de los mortales. Vienen, nos acompañan, nos alegran la vida y nos cargan de dicha.

Guille, nuestro ángel, pasaba el día donando motivos para la alegría en medio de sus seres queridos. Era el centro de atención. Ahí iba una caricia, al poco caía un beso, luego un achuchón. Mientras, sentado en el suelo y con su visera como complemento, rompía la prensa del día acabando con todas las noticias. Ya fueran buenas o malas, viñetas u opiniones. Él, con sus deditos minúsculos y redondos, las reducía a pequeñas tiras milimétricas de papel. Verdaderas obras de arte de las mismas dimensiones y calibre que iba dejando caer en su derredor hasta cubrir todos sus dominios. Mientras deshacía el mundo, permanecía extasiado pensando sus cosas y también cuanto lo querían. A la vez y de fondo escuchaba las conversaciones, las risas y el ruido de las máquinas de tricotar. Todos ellos y nosotros, los amigos que a la vez éramos vecinos, disfrutábamos acompañándolo y llevándole la prensa que en casa ya se había leído. Alguna vez lo vestían de militar, de soldado o de oficial, de galán o de pirata. Él era el personaje principal de la obra de teatro del día con tal de alegrarlo y gozarlo.


                                                 Guille foto de la familia González Pino.

Por las tardes continuaba entreteniéndose en su interminable tarea mientras sus padres, los señores González, y los matrimonios Arias y Nieto, se reunían para jugar al parchís. Él observaba como ganaban siempre las mamás. Rara era la semana que la tabla del juego no volaba hasta el jardín por el enfado de los papás ante tanta pérdida. No ganaban los militares de la época tanto como para tener que poner cristales al cartón del juego cada semana. 

                                                              Guille foto de la familia González Pino.

Guille eligió estar acompañando a su familia una veintena de años en aquella casa de Ciudad Jardín. Un día extendió sus alas y voló hasta el cielo de donde vino, para desde allí arropar a todos los que le habían querido. Tomó el camino dejándoles para siempre el hermoso recuerdo de un ser adorable, de un ángel que pasó por este mundo entre algodones y aportó a cambio junto a su dulzura, todo el amor que su corazón albergaba, que por cierto era infinito y ha resultado eterno.




domingo, 6 de marzo de 2016

El Fugitivo

Le decían el Fugitivo por cuestiones que igual podrán imaginar tras la lectura de estas líneas. La verdadera razón la guardaré. Creo que es mejor dejar el secreto en el silencio que va otorgando el paso de los años.

Era la época cuando se emitía en la televisión la famosa serie del mismo nombre. Se trataba de la historia de aquel médico llamado Richard Kimble que escapó de la justicia cuando iba camino de la muerte. El protagonista se escabullía siempre del incansable teniente Phil Gerad, al que todos los televidentes odiaban a más no poder.

Bueno pues Ángel, así se llamará para este relato, era un casi cuarentón muy atractivo, con buena planta. Un hombre agraciado que llamaba la atención de las mujeres. Y él lo sabía y se comportaba como un castigador, pues así decían de aquellos que provocaban amor entre las del sexo opuesto y al final no correspondía a ninguna, ya que todo era en un paripé para obtener sus cariños. Romances que no siempre terminaban todo lo bien que él deseaba. Pero en fin…

Cuando los componentes de la banda Los Alcorac´s hacían sonar las guitarras, allá donde fuera, él siempre los acompañaba. Pero digamos que su hábitat natural era la Sala de Fiestas de la Piscina Julio Navarro. Allí el hombre se sentía a gusto. Llegaba siempre cuando la función había comenzado. Decían los amigos que era para que todas se fijaran en su entrada al recinto. Lo hacía a lo estrella de Hollywood sobre la alfombra roja.
 
          Los Alcorac's posando en la entrada de la Piscina Julio Navarro (1966) 


Vestía con un terno de corte inglés impecable. Calzaba unos zapatos de punta fina relucientes. Su corbata hacía juego con el pañuelo que asomaba en el bolsillo de la chaqueta. Su peinado, con una moña ajustada con brillantina, era un modelo difícil de imitar. Caminaba erguido cual modelo en pasarela. Bajaba por la rampa de entrada sin mirar a nadie. Solo tenía en mente llegar a su destino que no era otro que la barra de la cantina. Conseguido su objetivo se situaba justo al lado de las grandes cristaleras y sacaba su paquete de Philips Morris. Desde allí observaba la pista de baile y sin prisas repasaba el ambiente. Mientras, encendía uno de los pitillos golpeándolo contra la caja hasta que lo depositaba en la boca. Luego, con un gesto obtenido por la práctica, abría su chaqueta y del bolso interior sacaba un encendedor Dupont. El antiguo mechero, cascado de tanto sobarlo, lanzaba una llamarada multicolor que encendía el cigarro a la vez que le daba su primera calada. Inmediatamente dejaba salir de su boca el humo para que parte de él entrara de nuevo por su nariz en una operación cíclica. Toda una puesta en escena digna de un gran actor.

Solo bebía leche con pipermín, tres o cuatro copas en la noche. Seguramente para ser diferente a los otros que se agolpaban en la barra tomando cubalibres o gin-tonics. La bebida de su vaso se convertía rápidamente en una mezcla de color verde claro. Ángel decía que le ayudaba a mantener su aliento fresco y que sus acompañantes lo agradecían.


Además de toda aquella obra de teatro, el Fugitivo tenía un repertorio de cuatro o cinco canciones que solicitaba de Los Alcorac´s. Éstos no eras partidarios de tales temas, pues para eso estaba la orquesta que simultaneaba, pero por un amigo se hacía todo. Tenía adoración por la música romántica. Adoraba las composiciones del francés Adamo. Se acercaba a la Banda y cuando la pista de baile estaba en su apogeo pedía que le pusieran acompañamiento a alguna de ellas. Entonces sonaba la intro y él esperaba a que tuvieran que repetirla como mínimo tres veces. Consistía en hacerse esperar hasta que subía al escenario con parsimonia y tras dejar su coctel sobre el primer amplificador que encontraba a mano, agarraba con sus dos manos el pedestal del micrófono y con gestos de veterano vocalista entonaba desgarradamente:  “Cae la nieve y esta tarde no vendrás, cae la nieve y mi amor de luto está. Es como un cortejo de lágrimas blancas y el pájaro canta las penas del alma…”.

Mientras, desde lo alto del escenario  oteaba toda la pista de baile en busca de su más que probable víctima. Cuando al final de la canción se escuchaban los aplausos de los presentes, devolvía agradecido el premio que le otorgaban y daba las gracias a los músicos. Luego, recogía su bebida y abandonaba el escenario con destino a rematar la faena.

Tiempo después en la Piscina Julio Navarro se acabaron los bailes y no se escucharon más los sones de las melodías. Ángel dejó sus actuaciones en aquel teatro. Luego, alguna vez que otra iba por el Parque Doramas, donde en el quiosco El Olivo se reunía con los amigos y tomaba algunos botellines.  Ya no le acompañaban la puesta en escena, ni sus triunfales entradas con su terno de corte inglés, ni sus conquistas producto de sus interpretaciones y mucho menos sus cócteles de pipermín con leche.

Sin embargo, seguía siendo el Fugitivo, alguien con quien no todos los romances estaban libres de convertirse en la trama de una serie de televisión y mucho menos que acabaran con un final feliz.

 

 

sábado, 27 de febrero de 2016

El Museo Néstor y el Pueblo Canario de los Hermanos Néstor y Miguel Martín Fernández de la Torre.



Paseó el caminante por el Pueblo Canario y no le gustó verlo en la soledad forzada. Recordó lo que en su vida supuso este lugar. No tuvo que apurar mucho para que fluyeran las imágenes de este rincón tan importante en su vida. 

Foto: Archivo de LA FEDAC. Comienzo de las obras.

Se vio joven. Estaba sentado en la entrada del lugar acompañando a los vendedores de cuadros, con imágenes de rincones de Gran Canaria. Los cuadros descansaban sobre las aceras que circundaban la entrada al  recinto. Se vio charlando con el tartanero que aparcado esperaba que algún visitante le dejara unos cuartos por pasearlo por Ciudad Jardín. Luego se trasladó hasta la puerta principal donde luce sobre su arco el escudo de Gran Canaria de Néstor. Allí rememoró la presencia de Dominguito el Camellero. Iba ataviado con su traje típico paseando a unos extranjeros. La camella, con su cansino desplazamiento, hacía vida en su aposento en el Parque Zoológico.

En el patio central escuchó la Rondalla Roque Nublo actuando y regalando a los presentes el conocido “Pobrecillo novio, pobre Rafael”. Y entonces, por un momento, compartió la presencia de los turistas sentados en la terraza del Bodegón animando con sus palmas el tema que llenaba de alegría el lugar.

                                                 Imagen tomada de LPAvisit.com


Además de los locales de artesanía, flores, etc., frente a la entrada al Museo Néstor, evocó como lucían las mesas de los numismáticos ofreciendo sus productos a los nativos y a los especialistas. Algunos hacían turismo expresamente a comprar o intercambiar sus piezas de colección.

Por un momento recordó y sonrió pensando como se ganaba unas pesetas ofreciendo a los extranjeros sus conocimientos de la vida y obra del genial Néstor en visitas guiadas al Museo, donde abonaba religiosamente a Carlitos el Bedel el correspondiente importe de la entrada: “Good morning, friends. Do you want a guide? Come on to admire the work of art, from the most important painter of the Canary Islands. The Poemas del Mar y de la Tierra” causes a great sensation. Do you want to verify?" 

                                               Poema del Mar (Néstor Martín Fernández de la Torre)

Allí en la vía de acceso del Hotel Santa Catalina le vino a la memoria como se paraba una guagua de turistas y su querido hermano Joselín (Pepe Nieto) guiaba a los viajeros, hablándoles de las características del recinto. Allí mismo donde su amigo Chicho (Antonio González) le firmaba el volante que demostraba ante Viajes Blandy que el guía había llevado a los turistas hasta aquel maravillosos lugar.

El caminante subió hasta las cerradas puertas de cristal que le permitieron ver lo que fue en ese tiempo el local de banquetes y encuentros nocturnos. Allí se vio subido al escenario supliendo al bajista de la orquesta americana, por mor del fallecimiento de su esposa en Estados Unidos, y que los hermanos Moncho y Toni González habían contratado para amenizar las veladas a las parejas de enamorados que acudían a pasar un rato de entretenimiento y buena música. 



Foto personal: En el escenario del Pueblo Canario (salón de actos y banquetes). Al contrabajo Carlos Juan Nieto (hermano del caminante), a la batería Rafael Rios (primo del caminante) y al piano el propio caminante. Trío Avonmiaemi.

Así fue como rememoró sus encuentros con los cerepes, amigos de toda la vida y visitantes habituales del lugar. Escuchó sus risas, revivió sus fiestas y como no, volvió a pasar lista de sus citas con las lindas visitantes.


Foto personal: Grupo de amigos de Ciudad Jardín (Los Cerepes) de fiesta en el Pueblo Canario, rememorando viejos tiempos.



Y finalmente pensó, esta nueva madrugada de insomnio, que sus visitas guiadas de escolares en la actualidad, con su Proyecto Complejo Doramas tienen mucho de vivencias  y emociones. Que todas ellas están incardinadas con una juventud  muy feliz y una actualidad llena de nostalgias por algo que disfrutó y dejó atrás en su máximo esplendor. Y que el consabido refrán: “Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor” , debido a las vivencias y a la situación de abandono de "El Museo Néstor y el Pueblo Canario de los Hermanos Néstor y Miguel Martín Fernández de la Torre", hoy desgraciadamente no tiene sentido.  








domingo, 7 de febrero de 2016

¡Al ladrón! ¡Al ladrón!


                                                          Foto tomada de: fotosbermaxo.blogspot.com.es


-¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

Gritó, desde la ventana del primer piso la señora de la limpieza de la gran casona que tenían los señores Medina a su servicio. Los fuertes avisos se escucharon en el último rincón del silencioso Ciudad Jardín, cuando ya entraba la noche.

Los propietarios de la casa abrían en aquel momento la puerta del jardín que daba paso al garaje. El caballero levantó su cabeza nervioso y dirigiéndose a la mujer que aún tenía medio cuerpo fuera del quicio de la ventana, le pidió tranquilidad y la conminó a que le explicara el motivo de aquel proceder.

Nerviosa y con las manos puestas en el pecho, como queriendo parar las aceleradas pulsaciones de su corazón, acertó a decirle:

-Era un ladrón. Cuando lo vi estaba ya en esta planta. Al gritarle corrió y se tiró al jardín. Lo vi como saltó la valla y corrió calle abajo.

Al momento otro amigo y yo que andábamos moceando por los alrededores, nos acercamos a curiosear. Recuerdo ver a la mujer asomada en la ventana. Era de mediana edad y aparentaba, además del susto y del nerviosismo, una belleza espectacular.

Pronto, el dueño, quien era muy conocido en el barrio,  dispuso que le ayudáramos a echar una ojeada por el inmenso y hermoso jardín que tenía la gran casona. Mientras metía el Mercedes negro en su garaje, tomé el ala derecha y observé cada detalle por si encontraba alguna pista que me indicara por donde había saltado el tal ladrón.

Al llegar al fondo de un gran parterre inundado de ñameras y trepadoras, noté que bajo la frondosidad de aquel espacio se dibujaba la horma de un zapato. Allí yacía el cuerpo de un hombre, pensé. Me acerqué, aparté algunas hojas y vi al personaje. El corazón se me aceleró. Me miró con cara de preocupación. Me pareció inofensivo y asustado. No era muy mayor e iba bien vestido. Para entonces el corazón me latía sin control. Retrocedí con intención de avisar a los presentes, pero desde la ventana superior escuché una llamada de atención casi inaudible. Miré hacia lo alto y allí estaba la señora del servicio llorando en silencio. Se llevó las manos al pecho en posición de oración y me pidió, con gesto de complicidad silencio a lo visto.

No supe que hacer, pues me quedé con dudas. Se trataba de un ladrón, pensé. Pero no tardé en darme cuenta que aquel amigo de lo ajeno, al que la señora había delatado y para quien pedía protección, era más que un simple amigo de lo ajeno. Volví sobre mis pasos y comuniqué al vecino, que aun trataba de tranquilizar a su esposa, que allí no había nadie.

Cuando pasó el susto abandonamos el chalet. No tardó mucho en que Ciudad Jardín entrara otra vez en el silencio habitual de aquellas horas. Tuve la santa paciencia de esperar sentado tres calles más arriba desde donde se divisaba perfectamente todo lo que sucedía en aquella casa. Pasada una hora vi junto a mi amigo, al que puse al corriente de lo ocurrido, como del muro bajaba con mucha dificultad el intruso. Iba cojeando de forma ostensible. Cuando el hombre dejó atrás la calle, respiramos tranquilos.

Durante días le di vueltas al asunto. Había algo que no me cuadraba. Imaginaba que la señora al cuidado del  servicio había escuchado el ruido del motor del coche de su jefe y como se abría la cancela. Que asustada por la circunstancia de que la encontraran dentro de la mansión con su amante, le conminó a que saltara y al ver que estaba accidentado, pero a buen recaudo bajo de la frondosidad de las plantas, optó por culpar a un supuesto ladrón, por si los patrones habían visto al hombre como se descolgaba desde el primer piso.

 No volví a ver a pensar en aquel acontecimiento hasta que pasados unos meses, ya con la historia olvidada, presencié un hecho que cargó aún más de misterio lo ocurrido.

En la baranda de troncos de eucaliptos que cercaban la Piscina Julio Navarro nos sentábamos cada noche a charlar los amiguetes y poner al día las últimas novedades ocurridas en la pandilla. Por allí pasaban hacia la calle Beethoven, lugar donde no había luces -farolas sí pues nos encargábamos de tenerlas siempre fuera de funcionamiento-, las parejas de enamorados que disfrutaban de sus soledades, en la más estricta oscuridad. Lo normal es que pasaran en dirección a León y Castillo y se parasen a medio camino. No era usual que una mujer sola como aquella tomara la oscura vía. La dama era morena, esbelta, bella y de mediana edad. Con la cabeza agachada trataba de esconder su rostro. La miré con intención de ver su cara. Al momento de observarla me pareció conocida pero no lograba recordarla. Caminaba lentamente como con miedo a entrar en la calle. Pero no desestimó la idea y se introdujo vía abajo. Me acerqué a la esquina hasta colocarme oculto. Observé como miraba continuamente hacia atrás. Al momento un coche Mercedes negro giró por la rotonda y bajó en aquella dirección tomando la calle. No tuve dudas, lo conocí al instante, se trataba del Señor Medina. Me quedé pegado a la pared hasta ver que hacía y vi como paró su coche a la altura del patio del Colegio Salesiano. La mujer inmediatamente entró en el asiento delantero del coche. Las luces se apagaron y allí quedaron. Ya conseguido mi objetivo me retiré. Entonces fue cuando la recordé. Inmediatamente supe que la mujer era la misma que nerviosa gritaba desde el quicio de la ventana: <<¡Al ladrón! ¡Al ladrón!>>.

Aquella noche nos fuimos cerca de las doce a casa. Yo intervine poco en la conversación. No podía quitar de mi cabeza el encuentro de ambos personajes. Y tengo que decir  que si tuve dudas antes del suceso, de allí me fui con muchas más.

Dudas que me siguieron atormentado, con el paso de los meses. Pero tengo que añadir que una mañana cuando caminaba rumbo a la playa, y tomé aquella vía del suceso pude observar al conceptuado ladrón trabajando de jardinero en la mansión del Señor Medina. Estaba con una manguera mojando las enredaderas de la valla por donde había huído. Me reconoció y por supuesto yo a él.  Al pasar a su lado esbozó una ligera sonrisa y con un leve susurro me dijo:

-Gracias, amigo, te debo una... 

No acerté a contestarle, me quedé desconcertado. Asentí con la cabeza y le sonreí. Caminé hacía la calle León y Castillo para cruzar hasta la Playa de Manolito el de la tienda de aceite y vinagre. Nunca supe quien era, ni mucho menos que relación tenía con aquella señora, ni que pasó aquella noche en la casa del Señor Medina. Solo viví todo aquello y así, pasado más de medio siglo lo narro, aún con tantas dudas como el primer momento. 

Nota:
Me he permitido cambiar nombres. Tampoco la foto se corresponde con la casa donde ocurrió este acontecimiento. Sin embargo, en honor a la verdad, tengo que decir que el hecho ocurrió tal como lo he relatado.

jueves, 28 de enero de 2016

La Guagua de las doce y cinco


           
Con el comienzo del bachillerato Quino dejó, a disgusto, el  Colegio Salesiano. Su destino fue el de todos, primero el Instituto de la calle Canalejas y luego el de Tomás Morales.

Allí, a partir del recreo de las diez y media las clases ya no tenían sentido. Se trataba de esperar con ansiedad que el bedel hiciera sonar la sirena que abriera las puertas para regresar a casa, aunque sólo fuera por dos horas. Pero a pesar de que ya andaba con jilorio, el motivo principal de la desesperación no era otro que tener la suerte de coger la guagua de las doce y cinco.

Seguramente, sería a mediados de los sesenta. Las Palmas de Gran Canaria aún olía a plataneras y jazmines. Le gustaba vivir en Ciudad Jardín, a un paso del Colegio Salesiano, muy rodeado de zonas con jardines y espacios abiertos para poder jugar. Realmente, no existía tanta distancia como para coger medio de transporte, pero aquella guagua era muy especial.



Entonces, ya circulaban las que decían tener más confort y que cerraban sus puertas automáticamente dando una orden de silencio. Luego, terminaron por ser todas iguales, menos la de las doce y cinco. Fue la última de su género en abandonar el servicio y hasta ese día fue su preferida.

No era nada confortable. Tenía dos únicos asientos de madera alargados y separados por el pasillo central, una barra en el techo para sujetarse los pasajeros que generosamente ofrecían sus asientos a las señoras y una cuerda a modo de liña de tender que hacía sonar el timbre que avisaba parada. La puerta delantera se ubicaba en el costado derecho del conductor y tanto ésta como la trasera disponían de unos peldaños que eran aprovechados como descansillos del cobrador.

La guagua de las doce y cinco tenía dos empleados. El conductor jamás hablaba y es que se lo tenían prohibido, ni siquiera se conocía su nombre. Sin embargo, el cobrador era un personaje muy original. Se llamaba Dominguito y vivía en San José. Era grueso a placer y las ropas le ajustaban sin piedad sus despreocupaciones y, por si fuera poco, tenía un sombrero demasiado chico para aquella envergadura de cabeza. Colgaba de tal figura una cartera, donde metía la caja de los tiquets y que según fuera el recorrido, podían ser de distintos colores. Las perras gordas y chicas así como los duros y medios duros y pesetas que eran las monedas más usuales, las ajustaba en hileras en el otro costado del  cajero metálico.


                      Fedac. Guagua antigua de Las Palmas de Gran Canaria.

Alguna vez la cogía a tiempo, otras debía correr y colgarse de los asideros para dar un salto y caer en la escalinata. Le encantaba. Luego, ya sentado, venía Dominguito a cobrar:

-¡Hola Zumalacárregui! -le apasionaban los nombres históricos y cada día usaba uno distinto: 

-¿Cómo te fue en el purgatorio?

- Bien, Dominguito, muy bien, gracias -era su única respuesta; de todas formas, el repaso era de obligado cumplimiento.

-¿Sabes, Zumalacárregui ? Gracias a la escuela, Napoleón fue el  emperador más joven de toda la historia -daba, entonces, un giro a la conversación-. Toma la vuelta, no la pierdas que la vida está muy cara- parecía que ahí acababa su intervención, pero no:

- ¿Y sabes por qué siempre metía su mano en el pecho?

- Pues la verdad que no, Dominguito.

- ¡Vaya hombrecito! Pero qué diablos enseñan hoy en las escuelas? Maestros los de antes, que de ciento no bajaba ni uno, y así y todo, no perdíamos ripio. Pues, Napoleón metía su mano en el pecho porque la tenía cansada de dirigir sus ejércitos montado en el caballo- y, después, casi olvidado de sus deberes, gritaba al conductor, con la guagua en marcha:

- ¡Vamosloooos ! para luego seguir silbando "Ansiedad", una de las canciones de Nat King Cole, que por aquel entonces estaba de moda, aunque censurada, según decían los chiquillos.

Era un personaje entrañable. Conocía a todos los mayores, con sus alegrías y desventuras. A los felices les reía sus gozos y a los que sufrían les daba el apoyo de las palabras y los gestos de sufrimiento de su cara que mostraban a todas luces que eran verdaderos.

La imagen de aquel hombretón en medio del pasillo era impresionante. Quino le seguía con su mirada y atendía sus conversaciones. Se enteraba de la vida de todos ellos y aunque por su edad no entendiera en ocasiones lo que decían, sí que disfrutaba de la película de sus vidas que a la vez iba imaginándose.


                                         Imagen aportada por Maite Lacave

Sólo los quejidos de la guagua de las doce y cinco, al llegar al Paseo Madrid, le devolvían a la realidad. Allí empezaba otro acto.  La cuesta que lindaba con el Zoológico se hacía cada día menos llevadera para su cansado motor y entonces surgía la necesidad de achicar peso. Dominguito, como director de aquel teatro, tomaba las riendas, se ponía en el descansillo delantero y ordenaba con voz firme los pasos a dar por todos los actores:

-¡Los primeros en bajar que sean los chiquillos! ¡Que no quede ningún comodón!  ¡Vamosloooos!  Todos le obedecían e íban detrás de la guagua caminando a la vez que animaban: 

- ¡Ay !  ¡Ay !  ¡Ayyayay ! La guagua, la guagua y nadie más!, intentando que de su viejo corazón salieran las fuerzas para llegar al destino felizmente.

- ¡Ahora que se bajen jóvenes, no casados y militares sin graduación! ¡Y también vale la voluntad de un empujoncito!

Nunca bajaban las señoritas y señoras. Tampoco él. Aquella procesión era todo un espectáculo. Cumplido el objetivo, de nuevo iban subiéndose en marcha.

-¡Gracias a todos, Jardineras Municipales agradece su cooperación! Y continuaba con sus canciones. Y a Quino le arrullaban, hasta que su voz de nuevo cantaba la parada:

Hotel Las Palmeras! ¡Piscina Julio Navarro! ¡Colegio Salesiano! ¡Ciudad Jardín! 


                                 Foto tomada de www.powerpoint.com


Se bajaba. Con la mano saludaba a Dominguito. Pasaba a su lado y de nuevo escuchaba su voz:

Vamosloooos ! Y sonreía mientras enfilaba el camino hacia casa, escuchando el sufrimiento del motor diesel  de la guagua de las doce y cinco.

Quino no recuerda cuánto tiempo la siguió utilizando. Pero sí que un día no se presentó a la cita. Tampoco el siguiente. El confort y la modernidad seguían su escalada. No lo entendió. Desde entonces decidió caminar cada jornada escolar. Y fue entonces cuando empezó a notar, con cierta tristeza, que la ciudad dejaba, poco a poco, de oler a plataneras y, mucho menos a jazmines...

                                       Del Libro: "A Vista de Gaviota"
                                       Joaquín Nieto Reguera
                                       Cíclope Editores (2007)