domingo, 6 de noviembre de 2016

El gorrión de la mancha en el pecho.



Desde la azotea de su casa divisaba el enorme laurel de indias que copaba gran parte del jardín de la Residencia de Oficiales del Ejército de Tierra. Un atardecer, como hiciera infinidad de veces, cuando observaba la llegada a ese refugio de los diferentes tipos de aves, se percató de la caída al patio central de un pequeño gorrión que seguramente osó dar su primer vuelo sin estar preparado para ello.

El corazón le dio un vuelco. Lo siguió con la mirada durante unos segundos. Al otro lado del jardín el gato azabache dormía plácidamente. Reponía fuerzas, con toda seguridad, para  aprovechar la noche en su cacería. Lo había visto muchas veces actuar y pensó lo peor. El pequeño gorrión, comenzando a emplumarse, piaba a buche abierto pidiendo ayuda a sus progenitores. El joven se desesperó ya que sabía que no podrían socorrerle. El pajarillo piaba de tal forma que con seguridad despertaría al minino.

 No lo pensó ni un segundo. Bajó las escaleras desde el tercer piso de su casa y corrió hacia el recinto militar. Entró por la puerta principal como una exhalación. Allí estaba aún el animalito de sus preocupaciones. El corazón le latía aceleradamente, pero tuvo la destreza de ir acorralándolo hasta llevarlo al borde de uno de los parterres. Al fin, respiró tranquilo cuando logró tenerlo a buen recaudo entre sus manos.

Foto tomada de Biobligia (Dani Studler)


La vida de aquel osado polluelo pasaba por una alimentación adecuada, el calor de un nido y el cuidado de una familia. Una caja de zapatos con trapos y un bombillo le darían el calor. Una caña recortada en forma de plumín y leche con gofio haría el resto. Solo faltaba acompañarle mientras abría el pico con un ligero silbido que identificara que llegaban su cuidador y la comida.

Así estuvo un par de semanas, primero en la habitación, luego, ya sin bombillo, en la caja y después correteando por el piso de la azotea. Lo que no cambió en todo ese tiempo fue el silbido de llamada y la caña afilada que depositaba la leche con gofio en su buche. Aquella manera de alimentarlo fue dejando una mancha inconfundible sobre sus plumas del pecho.

Un día voló, para posarse en el muro que le ofrecía una vista espléndida de lo que era un mundo nuevo para él. Más tarde amplió el vuelo e inspeccionó ese espacio que tenía a su alcance. Su cuidador se preocupó cuando no lo vio en las inmediaciones, pero al silbar varias veces para darle su comida apareció volando y se posó ante él en actitud de espera con el buche abierto.

Aquella operación se repitió durante meses. El gorrión se había acostumbrado a volar por el mundo, a vivir su vida y a no preocuparse por la comida, pues su progenitor estaba siempre a la hora prevista ofreciéndole la alimentación.

Un día dejó de acercarse a la llamada de la comida. Definitivamente entendió que el pájaro se había emancipado El chico dio por finalizada la relación. Se sintió triste y a la vez satisfecho de haber realizado una buena acción. Pero nada más lejos de la realidad, pasado un tiempo en esa constancia del joven por ver entrar las aves al laurel, el gorrión manchado de gofio le voló hasta donde él estaba para pedir su ración como lo había hecho otras tantas veces. Extrañado corrió a la cocina y preparó la papilla. Allí estaba esperándole en actitud de demanda. Llenó su buche y emprendió vuelo hasta perderse en el laurel de indias. A los pocos minutos volvió y logrado su objetivo levantó vuelo hasta su destino. Así repitió tres veces la misma operación.

Cada tarde volvió a la demanda. Tres vuelos y tres cargas de papilla que el joven entendió como ayuda para su prole. El sistema no le pudo ir mejor. Después dejó de acercarse hasta el chico de la plumilla de caña, que había hecho de progenitor del gorrión de la mancha en el pecho y de su descendencia.






    



    



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