sábado, 27 de febrero de 2016

El Museo Néstor y el Pueblo Canario de los Hermanos Néstor y Miguel Martín Fernández de la Torre.



Paseó el caminante por el Pueblo Canario y no le gustó verlo en la soledad forzada. Recordó lo que en su vida supuso este lugar. No tuvo que apurar mucho para que fluyeran las imágenes de este rincón tan importante en su vida. 

Foto: Archivo de LA FEDAC. Comienzo de las obras.

Se vio joven. Estaba sentado en la entrada del lugar acompañando a los vendedores de cuadros, con imágenes de rincones de Gran Canaria. Los cuadros descansaban sobre las aceras que circundaban la entrada al  recinto. Se vio charlando con el tartanero que aparcado esperaba que algún visitante le dejara unos cuartos por pasearlo por Ciudad Jardín. Luego se trasladó hasta la puerta principal donde luce sobre su arco el escudo de Gran Canaria de Néstor. Allí rememoró la presencia de Dominguito el Camellero. Iba ataviado con su traje típico paseando a unos extranjeros. La camella, con su cansino desplazamiento, hacía vida en su aposento en el Parque Zoológico.

En el patio central escuchó la Rondalla Roque Nublo actuando y regalando a los presentes el conocido “Pobrecillo novio, pobre Rafael”. Y entonces, por un momento, compartió la presencia de los turistas sentados en la terraza del Bodegón animando con sus palmas el tema que llenaba de alegría el lugar.

                                                 Imagen tomada de LPAvisit.com


Además de los locales de artesanía, flores, etc., frente a la entrada al Museo Néstor, evocó como lucían las mesas de los numismáticos ofreciendo sus productos a los nativos y a los especialistas. Algunos hacían turismo expresamente a comprar o intercambiar sus piezas de colección.

Por un momento recordó y sonrió pensando como se ganaba unas pesetas ofreciendo a los extranjeros sus conocimientos de la vida y obra del genial Néstor en visitas guiadas al Museo, donde abonaba religiosamente a Carlitos el Bedel el correspondiente importe de la entrada: “Good morning, friends. Do you want a guide? Come on to admire the work of art, from the most important painter of the Canary Islands. The Poemas del Mar y de la Tierra” causes a great sensation. Do you want to verify?" 

                                               Poema del Mar (Néstor Martín Fernández de la Torre)

Allí en la vía de acceso del Hotel Santa Catalina le vino a la memoria como se paraba una guagua de turistas y su querido hermano Joselín (Pepe Nieto) guiaba a los viajeros, hablándoles de las características del recinto. Allí mismo donde su amigo Chicho (Antonio González) le firmaba el volante que demostraba ante Viajes Blandy que el guía había llevado a los turistas hasta aquel maravillosos lugar.

El caminante subió hasta las cerradas puertas de cristal que le permitieron ver lo que fue en ese tiempo el local de banquetes y encuentros nocturnos. Allí se vio subido al escenario supliendo al bajista de la orquesta americana, por mor del fallecimiento de su esposa en Estados Unidos, y que los hermanos Moncho y Toni González habían contratado para amenizar las veladas a las parejas de enamorados que acudían a pasar un rato de entretenimiento y buena música. 



Foto personal: En el escenario del Pueblo Canario (salón de actos y banquetes). Al contrabajo Carlos Juan Nieto (hermano del caminante), a la batería Rafael Rios (primo del caminante) y al piano el propio caminante. Trío Avonmiaemi.

Así fue como rememoró sus encuentros con los cerepes, amigos de toda la vida y visitantes habituales del lugar. Escuchó sus risas, revivió sus fiestas y como no, volvió a pasar lista de sus citas con las lindas visitantes.


Foto personal: Grupo de amigos de Ciudad Jardín (Los Cerepes) de fiesta en el Pueblo Canario, rememorando viejos tiempos.



Y finalmente pensó, esta nueva madrugada de insomnio, que sus visitas guiadas de escolares en la actualidad, con su Proyecto Complejo Doramas tienen mucho de vivencias  y emociones. Que todas ellas están incardinadas con una juventud  muy feliz y una actualidad llena de nostalgias por algo que disfrutó y dejó atrás en su máximo esplendor. Y que el consabido refrán: “Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor” , debido a las vivencias y a la situación de abandono de "El Museo Néstor y el Pueblo Canario de los Hermanos Néstor y Miguel Martín Fernández de la Torre", hoy desgraciadamente no tiene sentido.  








domingo, 7 de febrero de 2016

¡Al ladrón! ¡Al ladrón!


                                                          Foto tomada de: fotosbermaxo.blogspot.com.es


-¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

Gritó, desde la ventana del primer piso la señora de la limpieza de la gran casona que tenían los señores Medina a su servicio. Los fuertes avisos se escucharon en el último rincón del silencioso Ciudad Jardín, cuando ya entraba la noche.

Los propietarios de la casa abrían en aquel momento la puerta del jardín que daba paso al garaje. El caballero levantó su cabeza nervioso y dirigiéndose a la mujer que aún tenía medio cuerpo fuera del quicio de la ventana, le pidió tranquilidad y la conminó a que le explicara el motivo de aquel proceder.

Nerviosa y con las manos puestas en el pecho, como queriendo parar las aceleradas pulsaciones de su corazón, acertó a decirle:

-Era un ladrón. Cuando lo vi estaba ya en esta planta. Al gritarle corrió y se tiró al jardín. Lo vi como saltó la valla y corrió calle abajo.

Al momento otro amigo y yo que andábamos moceando por los alrededores, nos acercamos a curiosear. Recuerdo ver a la mujer asomada en la ventana. Era de mediana edad y aparentaba, además del susto y del nerviosismo, una belleza espectacular.

Pronto, el dueño, quien era muy conocido en el barrio,  dispuso que le ayudáramos a echar una ojeada por el inmenso y hermoso jardín que tenía la gran casona. Mientras metía el Mercedes negro en su garaje, tomé el ala derecha y observé cada detalle por si encontraba alguna pista que me indicara por donde había saltado el tal ladrón.

Al llegar al fondo de un gran parterre inundado de ñameras y trepadoras, noté que bajo la frondosidad de aquel espacio se dibujaba la horma de un zapato. Allí yacía el cuerpo de un hombre, pensé. Me acerqué, aparté algunas hojas y vi al personaje. El corazón se me aceleró. Me miró con cara de preocupación. Me pareció inofensivo y asustado. No era muy mayor e iba bien vestido. Para entonces el corazón me latía sin control. Retrocedí con intención de avisar a los presentes, pero desde la ventana superior escuché una llamada de atención casi inaudible. Miré hacia lo alto y allí estaba la señora del servicio llorando en silencio. Se llevó las manos al pecho en posición de oración y me pidió, con gesto de complicidad silencio a lo visto.

No supe que hacer, pues me quedé con dudas. Se trataba de un ladrón, pensé. Pero no tardé en darme cuenta que aquel amigo de lo ajeno, al que la señora había delatado y para quien pedía protección, era más que un simple amigo de lo ajeno. Volví sobre mis pasos y comuniqué al vecino, que aun trataba de tranquilizar a su esposa, que allí no había nadie.

Cuando pasó el susto abandonamos el chalet. No tardó mucho en que Ciudad Jardín entrara otra vez en el silencio habitual de aquellas horas. Tuve la santa paciencia de esperar sentado tres calles más arriba desde donde se divisaba perfectamente todo lo que sucedía en aquella casa. Pasada una hora vi junto a mi amigo, al que puse al corriente de lo ocurrido, como del muro bajaba con mucha dificultad el intruso. Iba cojeando de forma ostensible. Cuando el hombre dejó atrás la calle, respiramos tranquilos.

Durante días le di vueltas al asunto. Había algo que no me cuadraba. Imaginaba que la señora al cuidado del  servicio había escuchado el ruido del motor del coche de su jefe y como se abría la cancela. Que asustada por la circunstancia de que la encontraran dentro de la mansión con su amante, le conminó a que saltara y al ver que estaba accidentado, pero a buen recaudo bajo de la frondosidad de las plantas, optó por culpar a un supuesto ladrón, por si los patrones habían visto al hombre como se descolgaba desde el primer piso.

 No volví a ver a pensar en aquel acontecimiento hasta que pasados unos meses, ya con la historia olvidada, presencié un hecho que cargó aún más de misterio lo ocurrido.

En la baranda de troncos de eucaliptos que cercaban la Piscina Julio Navarro nos sentábamos cada noche a charlar los amiguetes y poner al día las últimas novedades ocurridas en la pandilla. Por allí pasaban hacia la calle Beethoven, lugar donde no había luces -farolas sí pues nos encargábamos de tenerlas siempre fuera de funcionamiento-, las parejas de enamorados que disfrutaban de sus soledades, en la más estricta oscuridad. Lo normal es que pasaran en dirección a León y Castillo y se parasen a medio camino. No era usual que una mujer sola como aquella tomara la oscura vía. La dama era morena, esbelta, bella y de mediana edad. Con la cabeza agachada trataba de esconder su rostro. La miré con intención de ver su cara. Al momento de observarla me pareció conocida pero no lograba recordarla. Caminaba lentamente como con miedo a entrar en la calle. Pero no desestimó la idea y se introdujo vía abajo. Me acerqué a la esquina hasta colocarme oculto. Observé como miraba continuamente hacia atrás. Al momento un coche Mercedes negro giró por la rotonda y bajó en aquella dirección tomando la calle. No tuve dudas, lo conocí al instante, se trataba del Señor Medina. Me quedé pegado a la pared hasta ver que hacía y vi como paró su coche a la altura del patio del Colegio Salesiano. La mujer inmediatamente entró en el asiento delantero del coche. Las luces se apagaron y allí quedaron. Ya conseguido mi objetivo me retiré. Entonces fue cuando la recordé. Inmediatamente supe que la mujer era la misma que nerviosa gritaba desde el quicio de la ventana: <<¡Al ladrón! ¡Al ladrón!>>.

Aquella noche nos fuimos cerca de las doce a casa. Yo intervine poco en la conversación. No podía quitar de mi cabeza el encuentro de ambos personajes. Y tengo que decir  que si tuve dudas antes del suceso, de allí me fui con muchas más.

Dudas que me siguieron atormentado, con el paso de los meses. Pero tengo que añadir que una mañana cuando caminaba rumbo a la playa, y tomé aquella vía del suceso pude observar al conceptuado ladrón trabajando de jardinero en la mansión del Señor Medina. Estaba con una manguera mojando las enredaderas de la valla por donde había huído. Me reconoció y por supuesto yo a él.  Al pasar a su lado esbozó una ligera sonrisa y con un leve susurro me dijo:

-Gracias, amigo, te debo una... 

No acerté a contestarle, me quedé desconcertado. Asentí con la cabeza y le sonreí. Caminé hacía la calle León y Castillo para cruzar hasta la Playa de Manolito el de la tienda de aceite y vinagre. Nunca supe quien era, ni mucho menos que relación tenía con aquella señora, ni que pasó aquella noche en la casa del Señor Medina. Solo viví todo aquello y así, pasado más de medio siglo lo narro, aún con tantas dudas como el primer momento. 

Nota:
Me he permitido cambiar nombres. Tampoco la foto se corresponde con la casa donde ocurrió este acontecimiento. Sin embargo, en honor a la verdad, tengo que decir que el hecho ocurrió tal como lo he relatado.