martes, 20 de febrero de 2018

El telegrama de Gaucín.




El niño nunca había visto llorar a sus padres. Tampoco que lo hicieran juntos. Estaban acostados en la cama de matrimonio cuando vivían en Ciudad Jardín. Aquella cama que había llegado de Lanzarote como regalo de boda de los padres de su mamá. Escaló confundido a lo alto del catre y saltó para colocarse entre ellos y llorar a trío sin entender nada. Pronto fue engullido por los brazos de sus progenitores y apretujado contra sus pechos. Ya eran uno solo cuando escuchó la entrecortada voz de su padre que decía: 'Pobre Mamá y yo sin estar a su lado en estos momentos'. 

Aquel día no hubo siesta, ni tampoco su papá leyó el Diario de Las Palmas sentado en la mecedora mientras fumaba su cigarrillo Vencedor. A la mente del pequeño le llegaban, una tras otra, las imágenes de su Abuela María Joaquina en la Posada de Gaucín [Serranía de Ronda] cada vez que con sus grandes brazos lo cogía para llevarlo a su regazo y cubrirlo de besos. 

Sobre la cama que llegó de Lanzarote quedó el telegrama mojado por las lágrimas del dolor de tres y el sentimiento de lejanía e impotencia de un hijo que no pudo estar al lado de su madre, en el momento de su partida definitiva.

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