jueves, 28 de enero de 2016

La Guagua de las doce y cinco


           
Con el comienzo del bachillerato Quino dejó, a disgusto, el  Colegio Salesiano. Su destino fue el de todos, primero el Instituto de la calle Canalejas y luego el de Tomás Morales.

Allí, a partir del recreo de las diez y media las clases ya no tenían sentido. Se trataba de esperar con ansiedad que el bedel hiciera sonar la sirena que abriera las puertas para regresar a casa, aunque sólo fuera por dos horas. Pero a pesar de que ya andaba con jilorio, el motivo principal de la desesperación no era otro que tener la suerte de coger la guagua de las doce y cinco.

Seguramente, sería a mediados de los sesenta. Las Palmas de Gran Canaria aún olía a plataneras y jazmines. Le gustaba vivir en Ciudad Jardín, a un paso del Colegio Salesiano, muy rodeado de zonas con jardines y espacios abiertos para poder jugar. Realmente, no existía tanta distancia como para coger medio de transporte, pero aquella guagua era muy especial.



Entonces, ya circulaban las que decían tener más confort y que cerraban sus puertas automáticamente dando una orden de silencio. Luego, terminaron por ser todas iguales, menos la de las doce y cinco. Fue la última de su género en abandonar el servicio y hasta ese día fue su preferida.

No era nada confortable. Tenía dos únicos asientos de madera alargados y separados por el pasillo central, una barra en el techo para sujetarse los pasajeros que generosamente ofrecían sus asientos a las señoras y una cuerda a modo de liña de tender que hacía sonar el timbre que avisaba parada. La puerta delantera se ubicaba en el costado derecho del conductor y tanto ésta como la trasera disponían de unos peldaños que eran aprovechados como descansillos del cobrador.

La guagua de las doce y cinco tenía dos empleados. El conductor jamás hablaba y es que se lo tenían prohibido, ni siquiera se conocía su nombre. Sin embargo, el cobrador era un personaje muy original. Se llamaba Dominguito y vivía en San José. Era grueso a placer y las ropas le ajustaban sin piedad sus despreocupaciones y, por si fuera poco, tenía un sombrero demasiado chico para aquella envergadura de cabeza. Colgaba de tal figura una cartera, donde metía la caja de los tiquets y que según fuera el recorrido, podían ser de distintos colores. Las perras gordas y chicas así como los duros y medios duros y pesetas que eran las monedas más usuales, las ajustaba en hileras en el otro costado del  cajero metálico.


                      Fedac. Guagua antigua de Las Palmas de Gran Canaria.

Alguna vez la cogía a tiempo, otras debía correr y colgarse de los asideros para dar un salto y caer en la escalinata. Le encantaba. Luego, ya sentado, venía Dominguito a cobrar:

-¡Hola Zumalacárregui! -le apasionaban los nombres históricos y cada día usaba uno distinto: 

-¿Cómo te fue en el purgatorio?

- Bien, Dominguito, muy bien, gracias -era su única respuesta; de todas formas, el repaso era de obligado cumplimiento.

-¿Sabes, Zumalacárregui ? Gracias a la escuela, Napoleón fue el  emperador más joven de toda la historia -daba, entonces, un giro a la conversación-. Toma la vuelta, no la pierdas que la vida está muy cara- parecía que ahí acababa su intervención, pero no:

- ¿Y sabes por qué siempre metía su mano en el pecho?

- Pues la verdad que no, Dominguito.

- ¡Vaya hombrecito! Pero qué diablos enseñan hoy en las escuelas? Maestros los de antes, que de ciento no bajaba ni uno, y así y todo, no perdíamos ripio. Pues, Napoleón metía su mano en el pecho porque la tenía cansada de dirigir sus ejércitos montado en el caballo- y, después, casi olvidado de sus deberes, gritaba al conductor, con la guagua en marcha:

- ¡Vamosloooos ! para luego seguir silbando "Ansiedad", una de las canciones de Nat King Cole, que por aquel entonces estaba de moda, aunque censurada, según decían los chiquillos.

Era un personaje entrañable. Conocía a todos los mayores, con sus alegrías y desventuras. A los felices les reía sus gozos y a los que sufrían les daba el apoyo de las palabras y los gestos de sufrimiento de su cara que mostraban a todas luces que eran verdaderos.

La imagen de aquel hombretón en medio del pasillo era impresionante. Quino le seguía con su mirada y atendía sus conversaciones. Se enteraba de la vida de todos ellos y aunque por su edad no entendiera en ocasiones lo que decían, sí que disfrutaba de la película de sus vidas que a la vez iba imaginándose.


                                         Imagen aportada por Maite Lacave

Sólo los quejidos de la guagua de las doce y cinco, al llegar al Paseo Madrid, le devolvían a la realidad. Allí empezaba otro acto.  La cuesta que lindaba con el Zoológico se hacía cada día menos llevadera para su cansado motor y entonces surgía la necesidad de achicar peso. Dominguito, como director de aquel teatro, tomaba las riendas, se ponía en el descansillo delantero y ordenaba con voz firme los pasos a dar por todos los actores:

-¡Los primeros en bajar que sean los chiquillos! ¡Que no quede ningún comodón!  ¡Vamosloooos!  Todos le obedecían e íban detrás de la guagua caminando a la vez que animaban: 

- ¡Ay !  ¡Ay !  ¡Ayyayay ! La guagua, la guagua y nadie más!, intentando que de su viejo corazón salieran las fuerzas para llegar al destino felizmente.

- ¡Ahora que se bajen jóvenes, no casados y militares sin graduación! ¡Y también vale la voluntad de un empujoncito!

Nunca bajaban las señoritas y señoras. Tampoco él. Aquella procesión era todo un espectáculo. Cumplido el objetivo, de nuevo iban subiéndose en marcha.

-¡Gracias a todos, Jardineras Municipales agradece su cooperación! Y continuaba con sus canciones. Y a Quino le arrullaban, hasta que su voz de nuevo cantaba la parada:

Hotel Las Palmeras! ¡Piscina Julio Navarro! ¡Colegio Salesiano! ¡Ciudad Jardín! 


                                 Foto tomada de www.powerpoint.com


Se bajaba. Con la mano saludaba a Dominguito. Pasaba a su lado y de nuevo escuchaba su voz:

Vamosloooos ! Y sonreía mientras enfilaba el camino hacia casa, escuchando el sufrimiento del motor diesel  de la guagua de las doce y cinco.

Quino no recuerda cuánto tiempo la siguió utilizando. Pero sí que un día no se presentó a la cita. Tampoco el siguiente. El confort y la modernidad seguían su escalada. No lo entendió. Desde entonces decidió caminar cada jornada escolar. Y fue entonces cuando empezó a notar, con cierta tristeza, que la ciudad dejaba, poco a poco, de oler a plataneras y, mucho menos a jazmines...

                                       Del Libro: "A Vista de Gaviota"
                                       Joaquín Nieto Reguera
                                       Cíclope Editores (2007)

sábado, 23 de enero de 2016

Daniel Britt’s Memories: "A lifetime between longing and waiting". (Y II),

Te recomiendo la lectura del primer relato incluido en este Blog. Sin su lectura difícilmente podrás entender la historia. Solo tienes que avanzar con el ratón y encontrarás la primera entrega. Gracias por tu interés en mis recuerdos sobre Ciudad Jardín.

[...]

Tomás pasó el fin de semana leyendo aquellos diarios de Mr. Britt Jr. Se tomó con paciencia e interés la amena narración. Solo le preocupaba no tener tiempo suficiente. Le inquietaba que llegara su padre de improviso y lo hallara rompiendo la intimidad del enigmático personaje. El domingo, a media mañana, decidió que continuaría leyendo desde que pudiera aquellos diarios y las cartas que tanta curiosidad le habían despertado. Cerró la puerta de la habitación y mientras salía de allí forjaba   el convencimiento de que en aquel escritorio estaba el argumento de su primera novela. Solo sería cuestión de estudiarlo, de hacerse con los detalles de la vida de Mr. Britt Jr. y con el tiempo cambiar nombres para respetar el anonimato de su mentor.




Pasaron muchas semanas para que Tomás asumiera toda la información que contenía el escritorio. Una vez que tuvo claro todo lo ocurrido a su personaje principal, se sentó en su mesa de trabajo y en un cuaderno de campo escribió sin descanso a fin de argumentar su nueva obra. Así se expresó para confeccionar la sinopsis:

“A los hechos conocidos de su procedencia y marcha a Inglaterra para realizar sus estudios, Mr. Daniel Britt llevó una vida de estudiante aventajado, en un colegio de la nobleza y alta burguesía londinense. Ello le dio la oportunidad de codearse con las familias más pudientes de la nobleza inglesa. Con veinticinco años y sus estudios terminados, fue invitado por su amigo Thomas Beaclerk a pasar un fin de semana en su castillo en Dover. Allí, entre lujos, conoció a Lady Mary Isabel, señora de la casa y a la vez esposa del Duque de Beaclerk. Entre ellos comenzó un romance que duraría años, hasta que en 1940 la Luftwaffe alemana los separó al sobrevolar el Canal de la Mancha e iniciar los bombardeos sobre Inglaterra. Este amor, incluso desde la lejanía, sería mutuo profundo y marcaría toda su vida.

El joven hispano inglés,  preocupado por la política, se había enrolado en el Partido Liberal del Reino Unido. Ante la situación bélica se unió a la coalición de Sir Winston Churchill. El Secret Intelligence Service, conociendo el manejo de los idiomas de Daniel Britt y la nacionalidad española le pidió que partiera hacia el continente y tomara residencia en París. Le pedían, además, pasarse por un español acaudalado de apellido Brito, para lo que dispondría de documentación falsa. Su cometido era infiltrarse entre los alemanes ocupantes de la capital francesa, a fin de pasarles informaciones engañosas siguiendo las directrices del MI6  del Reino Unido.

                                                  Sir Winston Chiurchill

En 1943 Daniel Brito fue conducido a la costa de Rouen por un submarino de la Royal Navy que lo dejó en una balsa a media milla de la costa. A punto de amanecer, retrasado por el mal tiempo que le impedía acercarse a la orilla de la playa, le esperaban miembros de la resistencia francesa. Pasó días en una cabaña en la comarca de la Bretaña hasta que poco a poco, siempre de noche, lo acercaron a París donde lo ubicaron en un palacete de la Rive Gauche del Sena.

Allí muy pronto comenzaría a llevar una vida de lujos y fiestas a la que acudían hermosas mujeres así como franceses partidarios de los invasores. No faltaban los altos cargos militares de Hitler, miembros de las SS y de la peligrosa Gestapo. La información que iba aportando a los nazis, en primeras instancias verdaderas para ganarse sus confianzas, le procedía de infiltrados que se amparaban en la oscuridad de la noche. Así pasó tres años en ese menester, obteniendo valiosa información y colando noticias falsas. Pero, una investigación de la SS sobre su personalidad acabó obteniendo el resultado menos favorable para su persona. Según las noticias llegadas de España, con cuyo gobierno los alemanes mantenían buenas relaciones, el apellido del espía español no aparecía en sus archivos. Con esas premisas los alemanes ordenaron su detención.

Daniel Britt pasó dos semanas en los calabozos de la Gestapo. Allí fue torturado mientras  le intentaban sacar información. No pudieron obtener palabra alguna de su condición. Las autoridades alemanas acordaron enviarlo al campo de concentración de Mauthausen, donde había muchos republicanos españoles deportados.  

La noche prevista para transportarle hasta el tren, la resistencia francesa había sido avisada del hecho a través de un gendarme destinado en la Comisaría que era afín a los aliados. Así que los milicianos avisados de la operación de traslado estaban preparados y antes de que los boches lograran el objetivo de dejar al prisionero en la estación, una emboscada acabó con los militares alemanes y consiguieron liberar al espía. Sin embargo, Daniel Britt en aquella escaramuza recibió un disparo en la rodilla que le hirió de gravedad, temiéndose por su vida.

Pasó Mr Britt Jr. unos meses escondido en diferentes pisos de París. La resistencia francesa lo mudaba de hogar durante las frías madrugadas. Una noche, cuando el herido al menos podía arrastrar su pie, no sin serias dificultades, llegó un maqui francés con la orden de llevarle a la frontera española para ser entregado a sus compatriotas de los G.E. (Guerrilleros Españoles del Partido Comunista).

Toto tomada de ellegadodelahistoria.blogspot.com

La entrega se hizo sin dificultad pero la supervivencia en el monte durante tres años fue muy dura. Los Pirineos en invierno eran temibles y las escaramuzas contra los números de la Guardia Civil española les trajeron en jaque durante muchas jornadas. Pero el destino de Mr. Britt Jr. de nuevo jugó a su favor. Camuflado en trenes de cercanía y con dinero aportado por los guerrilleros llegó a la capital de España. Allí, en la embajada inglesa pudo actualizar su pasaporte, no sin ciertos problemas al considerársele muerto por el tiempo pasado sin noticias de su persona. Lo cierto es que la nueva documentación le permitió desplazarse a un pueblo de Cádiz donde vivió dos años hasta que, sintiéndose seguro subió a bordo del buque Ernesto Anastasio y tomó rumbo a Canarias. Fue, entonces cuando se sintió libre al comprobar que el barco enfilaba la bocaina del Puerto de la Luz.



                                  Buque Ernesto AnastasioFoto tomada de pisasfalto.com

Ya había pasado lo peor. Le llegó el tiempo del descanso y de retomar su vida con otros objetivos. Quería cumplir con aquellos temas que había dejado a medias en su juventud. Al menos esa era su intención. Las cartas con Lady Mary Isabel se retomaron. Pero su deseo del encuentro  jamás llegó a producirse. Ambos seguían enamorados como el primer día, pero les separaba el matrimonio de ella y las dificultades para dejar atrás una familia de tanto abolengo y el escándalo que podía suponer en la High Society del Reino Unido. Debido a esa gran tristeza, cada sábado por la noche tomaba su coche y se dirigía al Tanger Club, cabaret de moda, donde ahogaba sus penas entre botellas de whisky y las sábanas de las jóvenes señoritas, que ya lo consideraban como el cliente más asiduo y exquisito de la casa.

Daniel Britt estando en Inglaterra había tomado contacto personal con Sir Winston Churchill y sus allegados. Era bien sabido que el insigne personaje era masón. De las reuniones y enseñanzas del insigne político, el hispano inglés se inició en la masonería. Por otro lado la decisión de otro masón de nombre Franklin Delano Roosevelt de Estados Unidos de América de entrar en guerra contra Hitler, influyó de manera decisiva en que Mr. Britt Jr. echara una mano incorporándose al espionaje a favor de los aliados y su causa. 


                                             Mr. Franklin Delano Roosevelt

Viene lo anterior a colación porque ya en Canarias, de vuelta de sus aventuras por Francia y España, tomó Mr. Britt Jr. contacto con los masones de Gran Canaria, que en aquellos momentos de la dictadura eran perseguidos. Y era el Hotel Santa Brígida donde cada jueves por la noche se reunía para poner en común las ideas e impulsar el proyecto de la Gran Logia en la Isla de Gran Canaria.  También en ese proyecto, por tanto, se estaba jugando la vida como consecuencia del trato que recibían del régimen franquista. Uno de los momentos más delicados fue en 1952, la preparación de las respuestas por escrito, al jefe del estado español, el propio General Franco, quien publicara en la prensa del Movimiento una serie de artículos antimasónicos con el seudónimo de Jakim Boor. "

 Según me comentó aquella institutriz que conocí una tarde en los Jardines del Hotel Santa Catalina me aseguró que la historia nunca se había llevado al papel. Noté que desde que supo de mi condición de escritor se interesó mucho más por darme detalles de la aventuras de Mr. Britt Jr.

Seguimos viéndonos muchas tardes de los jueves, pues decía que era el día libre en su trabajo. Yo dudaba pues la edad que aparentaba no era la apropiada para tener chicos a su cargo. Me animó a escribir la historia. Le prometí que lo haría. Un día no volvió más al encuentro. Me extrañó mucho la desaparición tan repentina de aquella dama con quien había tomado tanta empatía.

Un jueves de dos meses posteriores a mi último encuentro, un Austin A30 de color negro se paró frente a la entrada del Hotel. Yo esperaba como había hecho siempre la presencia de la misteriosa dama. Del lujoso auto se bajó un chófer y me entregó un sobre acolchado y con bastante peso. Cuando el hombre regresó vi como el coche se alejaba del hotel por la calle de servicio. Al pasar a mi altura el oscuro cristal trasero se abrió y observé la imagen de la mujer que se despedía de mí. Era aquella mujer que había sido la emisora de aquellos testimonios tan importantes. Entonces, levantó su mano que cubría con un guante blanco y esbozó una ligera sonrisa. Tras el cierre del cristal, el coche desapareció al abordar la calle León y Castillo.

Me temblaba todo el cuerpo. Abrí el sobre con mucho cuidado para no romper algún documento que hubiera en su interior. Allí encontré cinco cuadernos azules donde en su portada se podía leer:

“Daniel Britt’s Memories: "A lifetime between longing and waiting".

Además, entre los cuadernos descubrí una carta muy escueta que decía:

“Amigo escritor:

Durante estos encuentros has ganado mi confianza, por ello te hago entrega de este legado que deberás usar para escribir lo que me has prometido. No te había olvidado y solo he faltado a nuestros encuentros para comprobar tu interés en la historia que ya conoces. Me alegro mucho de encontrarte aquí esperándome. Cuando hayas terminado la obra, te pido que lo custodies como propio. Cuida de ello para que jamás se pierda.

Gracias por tu compromiso.

Atentamente: C. D. "

Ahora cuando este caminante pasea por Ciudad Jardín y pasa justo por delante de la casa de los Señores Britt, me encuentro mucho más aliviado al dar a conocer, en parte, lo que durante todo este tiempo he guardado en el más absoluto de los secretos.

Definitivamente, con este primer avance ya he comenzado a cumplir mi promesa. Si bien esta declaración pública es solo un adelanto de lo que con toda seguridad llegará para desvelar otros detalles de la impresionante vida de Mr. Daniel Britt y Trejo.






 


















viernes, 22 de enero de 2016

Daniel Britt’s Memories: "A lifetime between longing and waiting". (I)



Caminaba hace unos días cuando recordé esta historia que me contó una señora que se dio a conocer como institutriz en los Jardines del Hotel Santa Catalina. A su vez ella dijo haberla obtenido de un caballero con el que había entablado amistad años atrás. Me pareció que dominaba con mucha exactitud todos los detalles, para ser tan solo amiga, pero así me la contó y así la narro.

 En los años ochenta del siglo XIX el británico Alfred L. Jones puso los cimientos de su gran imperio mercantil en la Isla de Gran Canaria. A partir de la construcción de una estación carbonera en el Puerto de La Luz, a la que llamó The Grand Canary Coaling, fue incrementando sus negocios en diferentes frentes con una visión de futuro digna de un gran emprendedor.

Con el paso de los años y para mantener este emporio se supo rodear de los mejores especialistas británicos  e isleños. Para ello, propuso despacho y mando en el terreno de la economía al joven y prometedor Mr John Britt, quien por aquel entonces ya había intervenido en la capital inglesa en los negocios del propio Mr. Jones.

Mr Britt cuando recibió la oferta de viajar a la Isla no lo dudó. Pocos meses atrás había enviudado de su esposa, con la que no tuvo descendencia.

El nuevo residente se hizo construir un chalet en Ciudad Jardín. Allí la colonia inglesa fue la precursora de esa zona residencial.  La vida en el lugar  era diferente a la de su tierra natal, aunque la cercanía de los muchos paisanos, el arraigo a las tradiciones de su país y el clima acabaron por restarle importancia a la lontananza.

                          Ciudad Jardín. Foto tomada de Maxredfefault.com 

 En uno de aquellos encuentros para tomar el té, tan bien asistidos por los propios ingleses como por los nativos de la nueva burguesía, conoció a doña Constanza Trejo y Morales, una señorita en edad de merecer. Su belleza era equiparable a su fortuna. Nada pudieron hacer los muchos desafortunados pretendientes, pues el advenimiento matrimonial llegó sin demoras. De la pareja llegaría su hijo Daniel Britt y Trejo un chico que como se dice en estas tierras nació con un pan bajo el brazo.

Desde muy corta edad los padres del joven decidieron que recibiera una educación a la inglesa. Para ello dispusieron que ingresara en el famoso St Paul's School de Londres en el Barrio de Hammersmith. Así que los inviernos los pasaba en casa de su adorable abuela paterna y los veranos en su mansión de Ciudad Jardín. Al joven Daniel le encantaba disfrutar de la estancia en la Isla, por lo que deseaba con ahínco que llegara el estío.

                       St Paul's School de Londres en el Barrio de Hammersmith

Así fue pasando el tiempo y cuando el General Franco se alzó en armas contra el Gobierno de la República, las visitas veraniegas dejaron de producirse. Su padre, con buen criterio y debido a las malas relaciones entre España e Inglaterra, recomendó a su hijo abstenerse de visitarles. Ya por entonces Daniel era licenciado en económicas y hablaba sus dos lenguas naturales más el francés. Este último adquirido por la visión universalista de su progenitor que se mostró favorable a que su hijo dominara cuantos más idiomas mejor. Recién terminado el conflicto español comenzaría la Segunda Guerra Mundial. Estas situaciones hicieron que los amigos y vecinos del matrimonio le perdieran la pista al hispano inglés. Incluso se decía en los mentideros que sus padres desconocían su paradero.

Lo que sí supieron los vecinos del matrimonio Britt fue que ambos tuvieron la desgracia de caer enfermos de tuberculosis, una enfermedad muy común aquellos años. Primero fue ella y luego él y ni siquiera los remedios al uso de la época, o sea los farmacéuticos tan escasos debido a las dos guerras y el traslado al Hotel Santa Brígida en busca de un clima más benigno, fueron remedios eficaces para que superaran la enfermedad. Así que en aquel hogar a partir de la marcha de los señores a mejor vida quedó habitada por el matrimonio de confianza.

                      Hotel Santa Brígida. Foto tomada de todayingrancanariablogspot.com

A mediados de los cincuenta del siglo XX regresó Daniel a su casa de forma inesperada. Los vecinos lo encontraron cambiado. Ya no era el joven que había salido de su última visita tostado por el sol, ni tampoco el risueño y alegre muchacho que llenaba el hogar de amigos y fiestas. Desde su arribo en un taxi procedente del Puerto de la Luz, la noticia corrió como la pólvora en los hogares colindantes

Semanas tardó en dejarse ver a través de las rejas del jardín leyendo cartas y documentos o escribiendo incansablemente sentado en una de aquellas sillas metálicas de la terraza. Esas eran las pocas ocasiones que se le podía observar, siempre expuesto al sol, pues el resto del día lo pasaba refugiado en su hogar. Decían de él que se refugiaba en la bebida hundido en su gran tristeza por la prematura desaparición de sus queridos padres.

Así el tiempo fue pasando y Daniel Britt a vista de los habitantes de Ciudad Jardín fue tomándole el pulso a la vida. Los domingos al mediodía acudía a la Iglesia Anglicana para participar en el oficio dominical. Luego volvía a casa con su lento caminar vestido elegantemente con su traje frock coat inglés. En su chaleco se podía ver una leontina que aguantaba un reloj de bolsillo como queriendo esconderlo de las miradas. En su mano izquierda portaba un cigarrillo Philip Morris que iba desprendiendo su peculiar aroma. En sus dedos resaltaban unas manchas de amarillo producidas por el efecto de la nicotina. En la mano derecha un bastón con puño de plata le servía de apoyo para poder soportar probablemente alguna lesión de rodilla. Un pañuelo del mismo color de la corbata asomaba coquetamente en el bolsillo alto de su chaqueta. Finalmente un sombrero de campana cubría su cabeza disimulando el comienzo de la caída de su cabello, ya amenazado por el color gris azulado de sus canas. A todos estos complementos y características de su personalidad le acompañaban su acentuada seriedad y una mirada absolutamente perdida. A la llegada a su hogar siempre se paraba ante el buzón de correo para retirar la correspondencia del buzón. Un monótono proceder que no modificaba domingo alguno.

                                Iglesia Anglicana de Ciudad Jardín. Llamada por los nativos Iglesia de los Protestantes.

Dos días más, cuando fenecía la luz del día, Daniel Britt abandonaba el hogar. Los jueves y sábados se sentaba en la parte trasera de su elegante coche Austin A30 de color negro hacia rumbo desconocido. Su mayordomo José Delgado lo llevaba a algún lugar del que nadie tenía referencias. Solos ellos dos, el propio sirviente y Mr. Britt Jr. iban en el automóvil. El regreso siempre se realizaba casi al amanecer. Muchas especulaciones se barajaban en el barrio sobre los comportamientos nada habituales del solitario y misterioso personaje.

Una mañana de invierno, a mediados de los años sesenta, el conocido doctor  Pavillard llegó con su maletín de cuero y su pajarita color malva en su Rolls-Royce a visitar a Mr. Britt Jr. Nadie podía pensar que tras aquella corta estancia dentro de la casa, una ambulancia del Hospital Inglés hiciera acto de presencia para llevarlo en camilla. Lo cierto es que a los pocos días del acontecimiento por una enfermedad incurable descansó para siempre en el Cementerio Inglés de San José.

Por aquel entonces en su casa de Ciudad jardín ya solo quedaron el mayordomo entrado en edad, su hija Carla, la más joven de los hijos que estudiaba idiomas por lo que viajaba con frecuencia al Reino Unido, y su hijo Tomás un aventajado estudiante, pero enfermizo muchacho, que inclinó sus preferencias por los estudios de derecho. A ambos, el dueño de la casa les ayudaba económicamente con sus estudios. El joven Tomás tenía gran afición por la lectura y un gran interés por la escritura. Su familia había heredado la propiedad y todas las pertenencias de los ingleses, pero la habitación de Mr. Daniel Britt era lugar sagrado y nadie había querido romper sus secretos más íntimos.

Tomás se encargó de romper la intimidad un fin de semana que su padre y su hermana Carla optaron por disfrutar de la vieja casita que poseían con árboles frutales en San Mateo. El futuro letrado abrió la puerta del dormitorio e inmediatamente la oscuridad le embargó. Se percató de un fuerte olor a humedad y naftalina. Separó las cortinas y con la claridad del exterior le llegó la visión de la tremenda austeridad de aquella habitación. Aquel lugar le pareció un contrasentido con el lujo que podía verse en el resto de la casa. Muy cerca de la ventana, y de costado a ella, había un mueble escritorio de caoba que le llamó la atención. Se acercó y tomó de la parte superior del mueble una llave que estaba dentro de un pequeño cofre de madera tallado artesanalmente. Metió aquella llave en la cerradura y notó como cedió para posibilitar su apertura. Levantó la tapa y ante su asombrada mirada apareció lo que pudieran ser las razones de la vida del misterioso personaje.

Contra el fondo del escritorio y bajo una hilera de cajones había amontonadas, amarradas y clasificadas por años, cientos de cartas procedentes de Inglaterra. La caligrafía de los sobres era fina, alargada y casi gótica, muy de moda entre las féminas de antaño. La calidad de los sobres, el olor y lo cuidado que estaba todo denotaban un gran esmero por cuidar los detalles. En el reverso, a modo de remitente, solo tres iniciales M. I. B.. Por un momento quiso dejar todo tal como estaba pero la curiosidad pudo con él. Abrió una de aquellas cartas y con el inglés de andar por casa que había aprendido en el Colegio Claret quedó enterado del valor de lo que tenía entre sus manos. Cuando hubo terminado la devolvió a su lugar de procedencia, cuidando de no desclasificarla. Siguió curioseando y la sorpresa saltó ante sus ojos cuando del cajón central sacó cinco cuadernos en cuyas azules portadas aparecían rotuladas la frase:


 “Daniel Britt’s Memories: "A lifetime between longing and waiting".

                                                                                    Continuará.