sábado, 26 de diciembre de 2015

El Señor de los Cuadros.

Det är en fråga om intresse och tid”
“Es cuestión de interés y tiempo”

El Señor de los Cuadros dejó atrás su juventud sin poder cumplir su sueño dorado. Desde muy joven deseó vivir en Suecia. Acaso, esos anhelos le vinieron como consecuencia de la lectura de libros, como no por la leyenda de las hermosas mujeres de ese país y también por las influencias recibidas por el matrimonio Olsson.

Esta pareja de nórdicos, enamorados de la Isla, alquilaron una casita y se afincaron en el Barrio de San José. Era, entonces, la mejor época para el turismo en Las Palmas de Gran Canaria. Con el producto del trabajo del marido como recepcionista en unos Apartamentos de Las Canteras, vivieron el resto de sus días disfrutando del sol, el bien más preciado para los nórdicos.  

Con ellos el joven comenzó a conocer Suecia y el idioma. Fue imaginando el Estocolmo que le describían. Iba, además, verbalizando las frases más comunes. Bastante parte de culpa tuvo Mrs Elsa que forzaba al joven a que se empleara en dialogar con ella. Det är en fråga om intresse och tid” le decía continuamente. “Ja, bra” le respondía él sonriendo. Pero a la vez estaba convencido de que por mucho interés y tiempo que le empleara, jamás podría hacerse con el manejo de aquel idioma.

La economía en casa del muchacho nunca fue boyante. Su padre pasaba todo el año trabajando en la cinta transportadora de Fos Bucraa en el Sáhara Occidental. En el hogar, nueve chicos, más pequeños que él, y su madre hacían de tripas corazón para llegar a mitad de mes. Tiraban de un sueldo que con tanto gasto se hacía paupérrimo. Todo lo que entraba en el hogar se agotaba con los hervores de aquellos calderos enormes de potajes que acababan entre el mediodía y la noche.

El Señor de los Cuadros fue poco a la escuela y obligado por las circunstancias, se empleó en múltiples ocupaciones. Pasada la juventud le llegó el tiempo de cumplir con el servicio militar en la Infantería de Marina. Tremendo disgusto le costó cuando supo que su nuevo destino le llevaría a Cartagena, lejos de casa y también de su ansiada Suecia. Él seguía empleando todo su tiempo libre en practicar el idioma. Con un curso adquirido por correo, un radio casette, y sus correspondientes cintas, escuchaba las frases para luego repetirlas y  practicar la pronunciación. Así hacía las interminables tardes mucho más llevaderas.

A la vuelta de la mili, no llegó a encontrar ocupación a su gusto. La oportunidad le llegó cuando Mr Olsson le presentó a un acuarelista francés que exponía sus cuadros en El Pueblo Canario. Aquel artista que pintaba los paisajes de la Isla como si fueran fotos en color, le ofreció trabajo a comisión.

Entonces, el joven del Barrio de San José fue a parar a su nuevo puesto de trabajo, en las afueras del Hotel Santa Catalina. Desde que cerró el trato y visitó el entorno se desplazó al la sastrería de Ricardo González (Rigón) en La Playa de Las Canteras. Allí empleó sus últimos recursos en un terno y sus complementos.

Pensó que merecía la pena vestir elegantemente. Se trataba de una nueva oportunidad que le ofrecía mucha ilusión. Portaba un traje gris marengo que dejaba asomar una camisa blanca impoluta. Calzaba a su vez unos zapatos negros relucientes y se complementaba con una corbata listada color azul. Del bolsillo de su chaqueta dejaba asomar un pañuelo corto de seda haciendo juego. Todo un galán dispuesto a impresionar a los futuros compradores.

Frente a la puerta de El Pueblo Canario montó sus dominios. Allí contra la pared de los parterres colocó, uno tras otro, los cuadros para la venta. Una hilera de coloridos paisajes acompañarían, por ambos lados, a los visitantes hasta que entraran al recinto.

                              Foto: Fondo LA FEDAC

Tenía claro que no habría sueldo fijo, pero el reto le agradaba, pues de su habilidad dependían sus ganancias. Los primeros días fueron desastrosos, pero él se repetía lo que había aprendido de su amiga la señora Elsa: “Det är en fråga om intresse och tid”.

Los lunes pasaban los turistas ingleses de los Castles que arribaban al Puerto de La Luz y de Las Palmas. Los jueves por la tarde y los domingos por la mañana, se dejaban ver muchos turistas de diferentes países que convocados por los guías de las agencias se acercaban a ver y escuchar los cantos y bailes folclóricos de la Rondalla Roque Nublo. El resto de los días, ya fuera por la presencia del Parque Zoológico, por el Museo Néstor o por la compra de artesanía en la tienda Fataga en aquel lugar siempre había un motivo de acercamiento que posibilitara una venta. Era un sitio ideal para pasar las horas y ser feliz en su trabajo.

                             Foto Günter Künkel: Castle abandonando el Puerto de La Luz (FEDAC)

Él jugaba con los idiomas, pero deseaba que se acercaran los suecos y por supuesto ellas, las bellas nórdicas con las que presumía en su lengua de ser el vendedor de las pinturas. Ello le dejó un currículo cargado de amores de quince días y más dominio del idioma. Pasado el tiempo cuando adquirió oficio en las ventas, presumió ser el propio pintor de aquellos estupendos paisajes. Una bella sueca era sin remordimientos un buen motivo para una mentira piadosa, se decía a si mismo cuando entendía que no estaba bien aquella suplantación.

Lo cierto es que pasado un tiempo el negocio fue funcionando. En casa ya llegaban a final de mes y él pudo permitirse comprar ropa de sport para combinar.

Anne Svensson, una bella sueca que aquel verano del sesenta y ocho había cumplido la mayoría de edad, llegó a hospedarse al Hotel Santa Catalina. La acompañaron sus progenitores y su hermana menor. Su padre, un alto cargo de la firma Volvo en Suecia, llegaba a la capital para ocupar la dirección de la empresa e impulsar la venta de vehículos de la marca. Para ello alquilaron un chalet en la Calle Brasil de Ciudad Jardín. Mientras lo reformaban pasarían el tiempo necesario en el lujoso Hotel del Parque Doramas.

Fue precisamente la tarde de un jueves cuando ellos dos: El Señor de los Cuadros y la bella Anne, se vieron por primera vez. Las féminas escucharon desde el balcón el son de la música. Luego comprobaron el ir de los turistas hacia El Pueblo Canario, así que bajaron a disfrutar de lo que sucedía en aquel recinto. Pasaron por delante de El Señor de los Cuadros y la madre observó los paisajes que estaban expuestos. Inmediatamente pensó en que alguna de aquellas pinturas podrían lucir en los salones de su nueva casa. Anne, sin embargo, se fijó en el apuesto vendedor. Éste no dejó de aprovechar la ocasión para ofrecerle su sonrisa y un leve gesto con su cabeza en señal de saludo. A él le pareció preciosa con su melena rubia, sus ojos azules y su esbelta figura. El instinto le llevó a pensar en una nueva conquista. A ella, aquel joven, moreno le causó muy buena impresión y su sonrisa le tocó el corazón inmediatamente.

                             Foto: Mancebo (La FEDAC).

Todo fue muy rápido. Al día siguiente la joven sueca se acercó con la excusa de dar un paseo. Aquella misma noche ocuparon el centro de la pista de baile de la Sala El Flamingo, al lado mismo de El Pueblo Canario. Allí, entre luces rojas, se abrazaron y sintieron sus cuerpos muy juntos. Mientras en los altavoces sonaba la inconfundible voz de Dean Martin y sus canción Everybody loves somebody sometime.  El corazón de El Señor de los Cuadros bombeaba como nunca lo había hecho en su vida. Ella le puso la mano encima del pecho como para tratar de pausar los latidos. Se miraron y ella le sonrió. Él buscó refugio pegando su cara al cabello de oro de la joven. Estaba muy alterado y solo cuando escuchó la estrofa final de aquella canción entendió que el destino le estaba tendiendo un camino nuevo para él. Ya había finalizado la canción cuando se miraron y unieron aún más, besándose con la intensidad y el cariño que solo lo hacen los enamorados.

Ella lo amó desde la primera vez que fijó su mirada en el apuesto joven. Él no podía creer lo que le estaba pasando, pues se había entregado con tanta intensidad a la joven, que se preguntaba si estaba viviendo una realidad. Él que  había tenido rendidas a tantas suecas de pelos de oro en sus brazos…

Luego, ella dejó sus estudios en Londres y no volvió más a pisar aquella triste Universidad de Oxford. Sólo quería estar junto a su amado y gozar del sol y la alegría de una tierra con tanto encanto. Él dejó de soñar con Suecia y el frio Estocolmo y no quiso pensar más en otra mujer que no fuera su amada Anne.

A los dos años se casaron y por fin El Señor de los Cuadros visitó por primera vez Estocolmo. Ella hizo de guía y ya fuera en Gamla Stan o Grona Lund, nunca faltaron los arrumacos y las muestras de felicidad.

                             Vista de Estocolmo. Autor anónimo.

De vuelta en el avión él miró por la ventanilla y se despidió con una sonrisa de la ciudad de sus anhelos. Recordó con cariño al matrimonio Olsson, y a las horas de estudio de aquel idioma que le pareció un martirio.

Después, se giró hacia su mujer y besándola le tomó la mano. Se colgó los auriculares , cerró los ojos y movió el volumen hasta que a sus oídos llegó la inconfundible voz de Dean Martin que cantaba la última estrofa de su canción preferida. Aquella que le presagió que algo cambiaría en su vida: Everybody loves somebody sometime/ and though my dreams were overdue/ your love made it all worth waiting/ for someone like you… Lentamente fue traduciéndola, a la vez que hacía un repaso de su vida. Mientras, en su cara se reflejaba un gesto de felicidad: <<Todo el mundo ha amado a alguien alguna vez y sueño pensando en tu amor, porque merece la pena esperar por alguien como tú… >>.









domingo, 20 de diciembre de 2015

Un modelo de vida para toda una existencia.



Mónica, la más pequeña de once hermanos, fue acostada desde que nació en cuna de tea. Su padre, dueño de una gran fortuna, formó junto a su estricta y religiosa esposa una gran familia. La niña, desde que tuvo uso de razón siempre supo que jamás conocería varón. Así lo dispuso su madre, quien había marcado a fuego la teoría: “La más pequeña de las hijas se quedará soltera para cuidar de sus padres”. Y eso ella, la joven acaudalada criada también religiosamente, lo había tomado como un halago hacia su persona. De forma que en ese menester fue feliz mientras le duró el convencimiento.

Así que por nada del mundo, la guapa benjamina de la familia, podía dejarse pretender. Tampoco hacer pandilla donde chicos y chicas de Ciudad Jardín intercambiaran relaciones, aunque no fueran amorosas. Ella dedicaba sus horas a sus estudios en las Teresianas, a sus tareas en casa y como entretenimiento al manejo con habilidad adquirida del encaje de bolillos y crochet. Y como gran desahogo personal la educada señorita adquirió el gusto, de la mano de su criada, de embellecer las múltiples macetas de su bello jardín.

Cuando iban los domingos a misa de doce, sus padres se hacían acompañar por toda la prole al Colegio Salesiano. Un paseo de no más de siete minutos desde la calle Brasil, donde estaba ubicado su hermoso chalet. Allí, sentada en el banco y entre sus progenitores, escuchaba la palabra del sacerdote y recibía como dardo ardiendo la mirada en su pelo de oro, de un joven que cada festividad se sentaba unos asientos detrás de ella. 


 El joven que no tenía nombre la miraba con sus ojos verdes. A la chica, durante el Adviento esas miradas le parecieron insolentes. Luego, con el paso de la Cuaresma le fueron llamando la atención y cada vez les resultaron más tiernas. Y al final, llegado el Domingo de Resurrección aquellas insistentes observaciones le parecieron definitivamente arrebatadoras. Con ese cambio de parecer ya la teoría de su madre, con respecto a su relación con los hombres, dejó de ser un halago para convertirse en un martirio. Y como desahogo a tanto amor leía las Rimas de Becker para tratar de acompañar aquella triste situación.

Pero el tiempo pasó y la actitud de la señora, dueña del futuro de su hija, se mantuvo firme. Fueron años de encuentros en la distancia y en la visión durante las visitas a la Iglesia. Muchas miradas de amor por parte de ella y tantas por igual de él. Pero con la incógnita del pretendiente, por el extraño proceder de la bella mujer.



Total que la joven del pelo de oro marcó canas y arrugas y al chico de los ojos verdes le cayeron dos párpados como cascadas sobre los hermosos luceros que fueron en su día. Después, acudieron a misa tres en lugar de cuatro. Y pasaron muchos años litúrgicos sin que aquel amor al desconocido, pudiera hacerlo efectivo. Ella, la rubia del pelo de oro, ya mayor, al final del oficio de las doce ayudaba a su madre muy desmejorada a caminar entre los bancos de la iglesia. Paso a paso se encaminaban lentamente hacia la salida. Eso sí al cruzar por delante del que fue y seguía siendo su amor de los ojos verdes, le dirigía una pequeña sonrisa. Él, esa sonrisa la agradecía y lo derretía, pero seguía sin entenderla. Se preguntaba si sería por agradecimiento a la constancia en el amor, aunque fuera en la lejanía.

Así siguieron sin cruzarse palabra. Un día, el que fue joven de los ojos de color verde, no acudió a la misa. La que fue chica rubia de los pelos de oro miraba insistentemente hacia el lugar que ocupó su desconocido y único amor de toda una vida. Después esa circunstancia se repitió eucaristía tras eucaristía.

Ahora, sigue yendo a misa de doce al Colegio Salesiano. Allí, espera sola en el banco de madera mientras pone a disposición de su pensamiento el calor de la mirada del chico de los ojos verdes.










   


    

martes, 15 de diciembre de 2015

El Hombre de la foto.



                                          A Chicho amigo desde mi niñez.

La foto llegó hasta mí por Internet y me llamó la atención. No hay muchas imágenes del Parque Zoológico de Las Palmas de Gran Canaria en el circuito. Y si acaso las hubiera están en el ámbito privado. Como buen conocedor del lugar al instante me percaté de que el recinto estaba ya en sus últimos momentos. Había perdido mucho espacio y el letrero rotulado de aquella forma tan burda apostaba por una decadencia notable muy cercana al cierre.

El empleado que aparece sentado al lado de la cabina de madera donde se despachaban las entradas, a dos pesetas por cierto, no lo conocí. Hice muchos esfuerzos por detectar de quien se trataba. No era un visitante cualquiera, era, con toda seguridad, un empleado pues observé que tenía su lado la caja del despacho de los tiques. Pedí ayuda a fin de conocer su identidad, e inmediatamente Antonio González Santana (Chicho el Negro) me puso al corriente. Se trataba de su tío Antonio, cuñado de su madre.

Ya con la identidad al descubierto y la información obtenida, fui atando cabos y recordé detalles del hombre de la foto. Antonio trabajaba en los jardines del Parque Doramas y su ocupación principal era subir hasta lo más alto de las palmeras para mantenerlas bien podadas y en buen estado.

Antonio, siempre que podía, se hacía acompañar por su hijo. El chico desgraciadamente nació afectado por la terrible polio. El niño era un encanto y su padre su mejor amigo. Ambos eran inseparables y vivían el uno para el otro. Allá donde estuviera Antonio estaba él. Por tanto, era muy usual verlos juntos por los caminos del Parque Doramas paseando en sus ratos libres.

Un día, el podador dejó de subir a las palmeras por un problema de corazón. Por ello le encomendaron nuevas tareas. Y es en ese tiempo cuando se toma la foto, por vete a saber quien, y de la cual tenemos esta muestra.

Lo cierto es que esas insuficiencias coronarias acabaron con sus días y desgraciadamente dejó a su familia para ir a donde van las personas buenas. Como comprenderán aquel triste hecho causó un gran disgusto en su hijo que se encontró de pronto sin la compañía de su ser querido.

Me cuenta mi amigo Chicho que una gran tristeza se apoderó de su primo. Se encerró a llorar la desdicha en su habitación y allí, reclinado en su cama y con las manos en la cabeza, pasaba las horas cubierto de un sudor frío en su frente y llorando la pérdida. Tanto fue el dolor, tanta la soledad y tantas las lágrimas y pérdidas de líquidos que tuvo que ser ingresado de urgencia. Pero desgraciadamente, justo en el momento de prepararlo para hacerle un electro abandonó este mundo para ir al encuentro de su querido padre, con quien toda la vida fue el niño más feliz del mundo. Ambos se fueron con el corazón destrozado, el señor de la foto en la entrada del Parque Zoológico y su hijo del alma.


No sé si esta historia la encuentran triste. Yo me quedo con la duda, pues quiero pensar que ambos siguen siendo felices, el uno al lado del otro, y gozando de tanto amor como compartieron mientras estuvieron  entre nosotros.  

sábado, 12 de diciembre de 2015

El Guapango.



No recuerdo cuando se incorporó a su trabajo. Acaso, porque me pareciera que estuvo allí toda la vida. No recuerdo su nombre de pila. Lo llamaban El GuapangoSé que vivía en uno de los Portones del Barrio de Las Alcaravaneras. De él decían que en su juventud fue boxeador e incluso futbolista. Desde luego, por aquellos años, no tenía hechuras de deportista.  Trabajaba en el Parque Doramas como jardinero. Era un personaje solitario, aparentemente tímido y de poca conversación. Su aspecto era desgarbado. Sin embargo era muy amable con los chicos y sonreía con nuestras ocurrencias. Siempre se acercaba a nosotros y escuchaba en silencio las conversaciones sin opinar. Nos parecía un buen hombre y por ello le mostrábamos nuestro cariño. Acaso el mote le venía a cuento por el baile en que convertía su andar cuando tomaba copas en demasía. Entonces, aquella danza, por los caminos de tierra y bordillos en los parterres, se convertía en un peligro constante para su integridad. A menudo su desfavorecida cara, ya deteriorada por el paso de los años y digo si por los golpes del cuadrilátero, mostraba las magulladuras sufridas durante las duras travesías.




Una noche unos traspiés en falso, con la puesta en escena de aquella danza, le llevó en caída por el desnivel que iba desde lo alto de la calle Emilio Ley hasta cinco metros más abajo, donde estaba el techo de la jaula de los leones. Sacarlo de allí se convirtió en una dura aventura. Las fieras rugían y mostraban sus colmillos y garras en dirección hacia donde había quedado empotrado el desdichado jardinero. Los chicos que escuchamos el alboroto corrimos a socorrerle. Sacarlo de aquel atolladero, cuesta arriba y sufriendo las púas de los cardones,  se convirtió en un verdadero suplicio. Al final, una cuerda amarrada a la cintura y el empuje del conjunto juvenil acabó por ponerlo a salvo. Después, lo llevamos hasta la cabaña de madera situada en la zona más tranquila del Parque Doramas. Allí durmió calentito y sin sobresaltos el resto de la noche.

Algunos de los socorristas necesitamos asistencia sanitaria. Naturalmente, nunca supimos si se enteró de su vuelo en caída libre hacia las zarpas y fauces de los leones. Como era de esperar y propio de su personalidad, el día siguiente siguió su vida como si no hubiese pasado nada.