viernes, 25 de marzo de 2016

Guille: Aquel ángel...



Guille quiso nacer con ellos. Él supo elegir hogar y familia a pesar de sus limitaciones a la hora de decidirse. No tuvo dudas. Sus padres se querían. Eran buenos progenitores y desprendían felicidad. La felicidad es empática y a él eso le llamó la atención antes de elegir otra alternativa.  Es más, la casa estaba llena de buenos hermanos que lo mimarían. Así que optar fue fácil.

Guille era un ángel de ojos rasgados que miraba continuamente a todos, agradeciendo a su manera los gestos hacia su persona. No necesitó pensar, pues las decisiones las tomaban consensuadas. No precisó caminar con destreza, pues muchas manos le acercaban lo que deseaba. No le fue necesario masticar, pues cualquiera de ellos le daba el puré con amor. Es fácil de entender que se enamorara de ellos, pues los ángeles nacen sabiendo elegir. No son como el resto de los mortales. Vienen, nos acompañan, nos alegran la vida y nos cargan de dicha.

Guille, nuestro ángel, pasaba el día donando motivos para la alegría en medio de sus seres queridos. Era el centro de atención. Ahí iba una caricia, al poco caía un beso, luego un achuchón. Mientras, sentado en el suelo y con su visera como complemento, rompía la prensa del día acabando con todas las noticias. Ya fueran buenas o malas, viñetas u opiniones. Él, con sus deditos minúsculos y redondos, las reducía a pequeñas tiras milimétricas de papel. Verdaderas obras de arte de las mismas dimensiones y calibre que iba dejando caer en su derredor hasta cubrir todos sus dominios. Mientras deshacía el mundo, permanecía extasiado pensando sus cosas y también cuanto lo querían. A la vez y de fondo escuchaba las conversaciones, las risas y el ruido de las máquinas de tricotar. Todos ellos y nosotros, los amigos que a la vez éramos vecinos, disfrutábamos acompañándolo y llevándole la prensa que en casa ya se había leído. Alguna vez lo vestían de militar, de soldado o de oficial, de galán o de pirata. Él era el personaje principal de la obra de teatro del día con tal de alegrarlo y gozarlo.


                                                 Guille foto de la familia González Pino.

Por las tardes continuaba entreteniéndose en su interminable tarea mientras sus padres, los señores González, y los matrimonios Arias y Nieto, se reunían para jugar al parchís. Él observaba como ganaban siempre las mamás. Rara era la semana que la tabla del juego no volaba hasta el jardín por el enfado de los papás ante tanta pérdida. No ganaban los militares de la época tanto como para tener que poner cristales al cartón del juego cada semana. 

                                                              Guille foto de la familia González Pino.

Guille eligió estar acompañando a su familia una veintena de años en aquella casa de Ciudad Jardín. Un día extendió sus alas y voló hasta el cielo de donde vino, para desde allí arropar a todos los que le habían querido. Tomó el camino dejándoles para siempre el hermoso recuerdo de un ser adorable, de un ángel que pasó por este mundo entre algodones y aportó a cambio junto a su dulzura, todo el amor que su corazón albergaba, que por cierto era infinito y ha resultado eterno.




domingo, 6 de marzo de 2016

El Fugitivo

Le decían el Fugitivo por cuestiones que igual podrán imaginar tras la lectura de estas líneas. La verdadera razón la guardaré. Creo que es mejor dejar el secreto en el silencio que va otorgando el paso de los años.

Era la época cuando se emitía en la televisión la famosa serie del mismo nombre. Se trataba de la historia de aquel médico llamado Richard Kimble que escapó de la justicia cuando iba camino de la muerte. El protagonista se escabullía siempre del incansable teniente Phil Gerad, al que todos los televidentes odiaban a más no poder.

Bueno pues Ángel, así se llamará para este relato, era un casi cuarentón muy atractivo, con buena planta. Un hombre agraciado que llamaba la atención de las mujeres. Y él lo sabía y se comportaba como un castigador, pues así decían de aquellos que provocaban amor entre las del sexo opuesto y al final no correspondía a ninguna, ya que todo era en un paripé para obtener sus cariños. Romances que no siempre terminaban todo lo bien que él deseaba. Pero en fin…

Cuando los componentes de la banda Los Alcorac´s hacían sonar las guitarras, allá donde fuera, él siempre los acompañaba. Pero digamos que su hábitat natural era la Sala de Fiestas de la Piscina Julio Navarro. Allí el hombre se sentía a gusto. Llegaba siempre cuando la función había comenzado. Decían los amigos que era para que todas se fijaran en su entrada al recinto. Lo hacía a lo estrella de Hollywood sobre la alfombra roja.
 
          Los Alcorac's posando en la entrada de la Piscina Julio Navarro (1966) 


Vestía con un terno de corte inglés impecable. Calzaba unos zapatos de punta fina relucientes. Su corbata hacía juego con el pañuelo que asomaba en el bolsillo de la chaqueta. Su peinado, con una moña ajustada con brillantina, era un modelo difícil de imitar. Caminaba erguido cual modelo en pasarela. Bajaba por la rampa de entrada sin mirar a nadie. Solo tenía en mente llegar a su destino que no era otro que la barra de la cantina. Conseguido su objetivo se situaba justo al lado de las grandes cristaleras y sacaba su paquete de Philips Morris. Desde allí observaba la pista de baile y sin prisas repasaba el ambiente. Mientras, encendía uno de los pitillos golpeándolo contra la caja hasta que lo depositaba en la boca. Luego, con un gesto obtenido por la práctica, abría su chaqueta y del bolso interior sacaba un encendedor Dupont. El antiguo mechero, cascado de tanto sobarlo, lanzaba una llamarada multicolor que encendía el cigarro a la vez que le daba su primera calada. Inmediatamente dejaba salir de su boca el humo para que parte de él entrara de nuevo por su nariz en una operación cíclica. Toda una puesta en escena digna de un gran actor.

Solo bebía leche con pipermín, tres o cuatro copas en la noche. Seguramente para ser diferente a los otros que se agolpaban en la barra tomando cubalibres o gin-tonics. La bebida de su vaso se convertía rápidamente en una mezcla de color verde claro. Ángel decía que le ayudaba a mantener su aliento fresco y que sus acompañantes lo agradecían.


Además de toda aquella obra de teatro, el Fugitivo tenía un repertorio de cuatro o cinco canciones que solicitaba de Los Alcorac´s. Éstos no eras partidarios de tales temas, pues para eso estaba la orquesta que simultaneaba, pero por un amigo se hacía todo. Tenía adoración por la música romántica. Adoraba las composiciones del francés Adamo. Se acercaba a la Banda y cuando la pista de baile estaba en su apogeo pedía que le pusieran acompañamiento a alguna de ellas. Entonces sonaba la intro y él esperaba a que tuvieran que repetirla como mínimo tres veces. Consistía en hacerse esperar hasta que subía al escenario con parsimonia y tras dejar su coctel sobre el primer amplificador que encontraba a mano, agarraba con sus dos manos el pedestal del micrófono y con gestos de veterano vocalista entonaba desgarradamente:  “Cae la nieve y esta tarde no vendrás, cae la nieve y mi amor de luto está. Es como un cortejo de lágrimas blancas y el pájaro canta las penas del alma…”.

Mientras, desde lo alto del escenario  oteaba toda la pista de baile en busca de su más que probable víctima. Cuando al final de la canción se escuchaban los aplausos de los presentes, devolvía agradecido el premio que le otorgaban y daba las gracias a los músicos. Luego, recogía su bebida y abandonaba el escenario con destino a rematar la faena.

Tiempo después en la Piscina Julio Navarro se acabaron los bailes y no se escucharon más los sones de las melodías. Ángel dejó sus actuaciones en aquel teatro. Luego, alguna vez que otra iba por el Parque Doramas, donde en el quiosco El Olivo se reunía con los amigos y tomaba algunos botellines.  Ya no le acompañaban la puesta en escena, ni sus triunfales entradas con su terno de corte inglés, ni sus conquistas producto de sus interpretaciones y mucho menos sus cócteles de pipermín con leche.

Sin embargo, seguía siendo el Fugitivo, alguien con quien no todos los romances estaban libres de convertirse en la trama de una serie de televisión y mucho menos que acabaran con un final feliz.