domingo, 25 de agosto de 2019

A nuestro amigo, quien soñaba con zapatos nuevos.





Era uno más entre los chicos del barrio, pero no era igual al resto. Nos conocía a todos por la talla de nuestros pies. Tenía obsesión por el calzado y le encantaba ponérselos nuevos, así que cuando iniciábamos la vida de nuestros mocasines, sandalias, botas, etc. él se ocupaba de lucirlos y también de alargarlos.  En casa éramos tres hermanos y cuando llegaba el mes de mayo, nuestra madre nos compraba zapatos nuevos, pues íbamos empaquetados a la procesión de la Virgen Auxiliadora por Ciudad Jardín. Mis calzados estaban libres de ser puestos, ya que era el menor de la familia, pero mis dos hermanos lo traían desde unos días antes para que los luciera y alargara subiendo las escaleras de los tres pisos que tenía la casa donde vivíamos. En esa costumbre yo me hice mayor y entré en el protocolo, por lo que también lucía y alargaba los míos. Hace años que se fue por una mala dolencia, seguro que allá donde esté seguirá mirando los pies y probándose los calzados nuevos de todos los amigos que sufran la consecuencias de un complemento tan delicado.


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