sábado, 21 de noviembre de 2015

El Ama de Llaves de la Mansión de los Gibss.

Recuerdo como la policía la llevaba asida por los brazos. 

Ella, impávida, miraba hacia el suelo. No lloraba.


Lola llegó siendo una niña a la Mansión de los Gibss en Ciudad Jardín. Allí, la huérfana de las medianías de la isla fue tratada como dictaban las normas inglesas de la época. Aprendió, durante años, el rígido protocolo inglés de manos de una mal encarada institutriz galesa. A la vez cumplía, junto a dos compañeras más, con la función de limpiar y tener a punto las más de una docena de dependencias de la suntuosa vivienda. 
Sus años se fueron tan rápido que cuando cumplió los cuarenta y tantos no había disfrutado de su juventud ni del amor. Los hombres de la casa eran de otro linaje y además viajeros tenaces. Los del servicio, jardinero y cocinero, no le aumentaban el hasta entonces oculto mundo de la pasión y del amor.
Para cuando la joven y bella María llegó a la Mansión de los Gibss, Lola ejercía como Ama de Llaves.  Tenía bajo su responsabilidad que todo estuviera a punto, para que la familia británica disfrutara de sus cómodos días. Controlaba, además que las continuas fiestas con los más pudientes de la capital fueran un éxito. La chica de apenas diecisiete años venía del sur de la isla. Sus padres, unos modestos aparceros, vieron en su internamiento la solución a una boca menos a la hora de sentarse a la mesa. María ocupó una habitación contigua a la de la gobernanta. Sus belleza y juventud elevaron la libido en la madura mujer, ocurriéndole, a su vecina y jefa lo que jamás hubiese pensado que pudiera pasarle. 

Aquellas dos habitaciones se convirtieron en poco tiempo en nidos de encuentros para Lola y María. La mayor convencida y segura de la elección y la joven experimentando todo lo nuevo que la vida le estaba proporcionando. A el Ama de Llaves jamás se le había visto tan feliz, a la joven se la veía complacida. 

Lola prometía amor eterno y fidelidad. María sonreía dulcemente a tantas promesas y halagos.




Pasados dos años el viejo jardinero de la Mansión de los Gibbs enfermó. Los ingleses contrataron entonces a Pedro. Este era un joven moreno y apuesto y tan sólo un año mayor que María. Y ocurrió lo inesperado. Primero fueron miradas tras los helechos y después sonrisas entre idas y venidas, todas ellas buscadas. Luego fue un juego, más tarde un roce de manos y finalmente unos arrumacos bajo el florecido flamboyan. Aquella misma noche llegó la primera negativa al acercamiento de la madura mujer.
Lola quiso morir. María mostraba en su rostro la felicidad de su nueva situación amorosa. Lola le preguntaba a quien amaba. María no contestaba, agachaba su rostro y escondía su romance con el mentón caído. Tal vez porque nunca estuvo segura de su condición sexual, o acaso porque tenía miedo a perder a su nuevo pretendiente.

Fue tanto lo que Lola insistió que una tarde de fuerte lluvia, entre gotas, presiones y tristezas, María confesó su nuevo amor mientras lloraba sin consuelo. El Ama de Llaves pronto llegó a la conclusión de que su amor no había sido correspondido en justa medida. Haciendo cábalas pensó que el apuesto chico del jardín era el causante de sus males. 

A la mañana siguiente, Lola escogió el camino más rápido para la solución de su inesperada situación.  Así lo había aprendido de los ingleses. El joven jardinero abandonó la casa buscando el rostro de su amada entre las cortinas de encajes de los grandes ventanales de la Mansión de los Gibbs. Pero ella no estaba. María se había refugiado en su habitación para aliviar su dolor. Lola alternaba sus quehaceres entre rondas, con la esperanza de que la puerta se abriera y que el infierno volviera a convertirse en cielo. Cuando acabó el horario de la siesta, la puerta de la habitación de María se abrió. Lola, que permanecía alerta, corrió al encuentro esperanzada. Pero la joven del sur de la isla llevaba en su mano derecha la misma maleta con la que había llegado años atrás. Colgaba de su brazo un abrigo para resguardarse de la fría tarde de invierno. El Ama de Llaves se agarró a ella y lloró mientras cayó de rodillas en actitud de súplica.

La respuesta de María fue contundente, la apartó e inició el camino en busca de la escalera con el fin de abandonar la casa. Lola, que había sido enseñada por los ingleses a pensar y actuar, entró en su habitación cogió las tijeras de la mesilla de noche y antes de que su amada llegara a la puerta del jardín, ya las había clavado en el cuello de la joven. Sin caer al suelo, ella misma la fue sujetando con sus manos manchadas de sangre, hasta dejarla recostada sobre su falda. En esa posición la besaba dulcemente mientras sus brazos mantenían su pálida cara. María expiró lentamente mientras miraba los ojos de el Ama de Llaves de la Mansión de los Gibss.

Joaquín Nieto Reguera (2009)

4 comentarios:

  1. En el territorio de las pasiones adultas te desenvuelves tan bien como en los relatos infantiles y juveniles. Me ha encantado. Estaba desvelado, recién levantado, encendí el ordendor, he visto tu post en facebook y me he ido raudo a éste, tu blog a leer este pequeño relato: ¡cuántas historias y pasiones encierra la ciudad o simplemente una casa! ...bueno en realidad esas historias nacen si existe un escritor para desentrañarla. ¡Muy bueno Joaquin!. Enhorabuena.

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  2. Muchas gracias Miguel. Estos comentarios ayudan a seguir trabajando. Te agradezco el detalle- Muchas gracias.

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  3. Las pasiones humanas no correspondida son el arma perfecta para cualquier crimen

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    1. Desgraciadamente es así, amigo Aurelio. Un abrazo y gracias.

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