martes, 20 de febrero de 2018

El telegrama de Gaucín. (21.02.2018).




El niño nunca había visto llorar a sus padres. Tampoco que lo hicieran juntos. Estaban acostados en la cama de matrimonio cuando vivían en Ciudad Jardín. Aquella cama que había llegado de Lanzarote como regalo de boda de los padres de su mamá. Escaló confundido a lo alto del catre y saltó para colocarse entre ellos y llorar a trío sin entender nada. Pronto fue engullido por los brazos de sus progenitores y apretujado contra sus pechos. Ya eran uno solo cuando escuchó la entrecortada voz de su padre que decía: <<Pobre Mamá y yo sin estar a su lado en estos momentos>>. 

Aquel día no hubo siesta, ni tampoco su papá leyó el Diario de Las Palmas sentado en la mecedora mientras fumaba su cigarrillo Vencedor. A la mente del pequeño le llegaban, una tras otra, las imágenes de su Abuela María Joaquina en la Posada de Gaucín [Serranía de Ronda] cada vez que con sus grandes brazos lo cogía para llevarlo a su regazo y cubrirlo de besos. 

Sobre la cama que llegó de Lanzarote quedó el telegrama mojado por las lágrimas del dolor de tres y el sentimiento de lejanía e impotencia de un hijo que no pudo estar al lado de su madre, en el momento de su partida definitiva.

domingo, 11 de febrero de 2018

Dimitrov (11.02.2018).


                             
                                (Del libro A vista de Gaviota de Joaquín Nieto Reguera. Cíclope Editores 2007.)

Durante mucho tiempo comentaron la derrota del Campo de Las Brujas. Se lamentaban profundamente, pero decidieron no aventurarse a un nuevo fracaso sin tener una buena estratagema que resolviera la ofensa que habían recibido. Para la próxima ocasión no sería una simple escaramuza. Mientras, los encuentros continuaban y también los acontecimientos.

-Esta tarde, vendrá Dimitrov -dijo Jero.

Todos asintieron. A las tres estarían en las barandas de eucaliptos, lugar, junto a los jardines de la Piscina Julio Navarro, preferido para el encuentro de un grupo de chicos dispuestos a no regatear esfuerzos con tal de ser felices. Allí, sentados sobre los maderos y bajo un enorme laurel, exponían sus espaldas al frescor de los geranios, mientras las mentes volaban hacia las más insospechadas aventuras.

Se despidieron para ir a almorzar. No fue necesario fijar la hora del retorno, pues Dimitrov era puntual y todos lo sabían. Jesús, Jero y Quino reían recordando el primer encuentro con aquel extraño individuo, calle Alejandro Hidalgo abajo, mientras iban buscando sus casas. Lo vieron llegar una tarde soleada. Se les acercó moviendo su corpulencia. El hombre, un cincuentón desmejorado, se desplazaba a golpe de tórax lo que le sacudía como un camello sobre las dunas del desierto. Llevaba un traje que algún día fue gris, una camisa de pana con franjas azules y verdes, unas botas marrones de cuero de vaca destrozadas por el paso de los años y, finalmente, como complemento, dejándola caer desde su cuello hasta las rodillas, una interminable bufanda color rojo reventón que le proporcionaba un toque de distinción.

—¡Hola chirguetes! -dijo de entrada, lo que hizo que los amigos se miraran sorprendidos—¿Qué, a la sombra del loro? —continuó, mientras dirigía su dedo índice hacia el laurel y se pavoneaba teatralmente, —¡pues sí, una especie arbórea de nuestra vegetación macaronésica!

Nadie habló; luego, con el tiempo comprendieron que contestar, preguntar u opinar no entraba en los esquemas de Dimitrov. El monólogo y la puesta en escena eran sus fuertes No conocían su verdadero nombre, pues el que le adjudicaron se debió a sus grandes conocimientos [así les parecía] de los temas soviéticos, lo que suponía todo un atrevimiento en aquellos tiempos. Era usual que abordara la cuestión:

-Y nada digamos de los motivos que llevaron al pueblo a rebelarse contra el capital. Los zares fueron una ruina, de ahí la necesidad de la dictadura del proletariado y el fortalecimiento de espíritu soviético.

A ellos, hijos de militares, para quienes esa materia era tabú, tales lecciones les abría un nuevo mundo: ¿Y qué podemos decir del ejército rojo? —se contestaba: ¡Alabanzas!, ¡sólo alabanzas! ¡pues decimos que le debemos la expansión socialista por la Europa Oriental! —gritaba mientras hacía girar su cuerpo con los consabidos vaivenes... —¡Alabanzas!, ¡sólo alabanzas!—. Y cuando ya su cuerpo no le respondía, cansado por la representación, miraba hacia todos los lados para garantizar la intimidad del acto y, en contraposición al alto tono de su voz, bajaba el volumen al máximo, para continuar con su arenga: —algunos de los altos mandos de esta tierra, que nos los pintan como héroes, son unos principiantes en el arte de la guerra y el gobernar con espíritu solidario. ¡Aficionados, diría yo! —luego, dejaba intencionadamente un compás de espera para romperlo con solemnidad, al rematar la faena con la gorra en su mano izquierda: —¡Puros aficionados...!

Su procedencia era una incógnita. Por la cadencia del lenguaje, imaginaban que pudiera ser de alguna de las islas occidentales. Su exactitud horaria les hacía pensar que se producía como consecuencia de la necesidad de tener que visitar el comedor de algún familiar, ubicado en algún chalet de Ciudad Jardín. Esta hipótesis la barajaba Jesús y al resto no les parecía descabellada, pues sus buenos modales eran propios de una educación exquisita, muy amplia en conocimientos y con la característica de no usar nunca palabras malsonantes, lo que lo catalogaba como un hombre muy interesante.

—¡Es todo un personaje...! —dijo Quino mientras se despedían.

En sus casas no era usual hablar de política. Naturalmente, pasaron su infancia alejados de esos temas. Primero, por la procedencia profesional de sus padres y, también por la edad e intereses de la chiquillería, muy empeñada en disfrutar la vida. La diversión era una obsesión, así que nunca hicieron referencias a Dimitrov.

A las tres en punto, ocuparon butaca en aquel teatro en que se había convertido el exterior de la Piscina Julio Navarro. Una docena de chiquillos esperaban con ansiedad la aparición del primer actor. Era verano y, entre el calor y los estómagos llenos, estaban amodorrados, pero aguantaban con la ilusión de poder aprender algo y pasarlo bien. Además del olor a geranio, aquella tarde del año sesenta llegaban los sones armónicos de Summer de Vivaldi, tema elegido por el administrador del restaurante como fondo para amenizar el almuerzo de los turistas que se acercaban a aquel lugar y que muchas veces acababan las tardes bastante bebidos y haciéndose acompañar en improvisados coros.

Entonces, se levantó el telón y apareció Dimitrov. Llevaba su típica indumentaria, sólo que en esta ocasión cubría su cabeza con una gorra del ejercito de color añil.

—Si hay algo que me agrada es poder vivir la vida y disfrutar la solidaridad a pecho lleno. ¡Sin ataduras...! —estaba eufórico y les agradó-. ¿Eh, chirguetes, cómo les ha ido esta semana? —al igual que siempre, no esperó respuesta-: —¡Bien!, no podría ser de otra forma. ¡Ah juventud, divino tesoro! Pero, enseguida, cambió la dirección de su conversación:



                                              Ilustración de Elisa Betancort (2007)
 —Y como dijo el poeta: En trenes poseídos de una pasión errante, por el carbón y el hierro que los provoca y mueve, y en tensos aeroplanos de plumaje tajante, recorro la nación del trabajo y la nieve —hizo una parada y fue mirándolos, uno a uno, a los ojos y muy cerca de sus caras, lo que fue dejando rastros de su aliento. Luego, prosiguió recitando con estilo:
De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas, sale una voz profunda de máquinas y manos que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas, y prorrumpe entre hombres. ¡Estos son tus hermanos...!
Sonaron los aplausos y le agradó. Así que lo demostró desfilando a la vez que tarareaba una canción pegadiza que, años después, algunos escucharon con asiduidad en las manifestaciones estudiantiles. Pero aquello duró poco; enfrascado en su actuación, no se percató de cómo, de un coche negro con cristales oscuros, bajaron tres hombres y una mujer. Se dirigieron a Dimitrov y, asiéndolo por el brazo, le dijeron con respeto:
—Vamos, señor. Ya es tiempo de volver...
Se despidió con una reverencia, mientras los chicos siguieron aplaudiéndole. La mujer, con un marcado acento extranjero, se dirigió a los espectadores:
—Bueno, chicos, se acabó la función. Vuelvan a casa que es la hora de la siesta...
Luego, se dispararon las hipótesis sobre la personalidad de aquel hombre. Lo cierto es que no lo volvieron a ver, ni jamás supieron su identidad. Algunos años después, enfrascado en la lectura, cayó en las manos de Quino un poema de Miguel Hernández titulado “Rusia”, que le transportó al recuerdo de Dimitrov, aquel extraño hombre entrañable y culto que a las tres de la tarde de los miércoles, allá en los meses de calor de los sesenta, contribuyó a que un grupo de chiquillos fueran un poquito más felices y se interesaran por formas diferentes de entender la vida.

martes, 28 de noviembre de 2017

Ciudad jardín ya es otra cosa. (28.11.2017).




Ya cuando paseo por Ciudad Jardín no siento su esencia. Las calles están vacías. Observo muchos coches aparcados y un silencio que jamás conocí. Las casas están con las puertas y ventanas cerradas. Los jardines ya no lucen el colorido de antaño. Los jardineros no se mueven con las mangueras ni podan los árboles que prolongan sus ramas sobre las vías como queriendo posarse sobre el asfalto. De vez en cuando te cruzas con sombras que no miran y ni siquiera dan los saludos de rigor. Un buenos días, ¡qué menos! 

Parece como si ese trozo de la ciudad estuviera muerto, como si no existiera. Y lo peor de todo es que no ves niños jugando en las calles ni jóvenes pretendiéndose. No sé si es que no hay chiquillos en mi barrio o vete a saber si los padres los han convertido en observadores de pantallas, entreteniéndolos en el interior de los hogares. Y además, con el inconveniente de que las ventanas y las puertas están cerradas. Así entrará menos luz de fuera, menos vida...




Sesenta años atrás sí había vida, también luz, risas, canciones, juegos y jardineros que te mojaban al pasar para gozo de todos. Había madres que hacían corros para hablar de las novedades de cada casa, de las cuestiones que les preocupaban, de las cartas que recibían y de como iban los chicos en el cole. Entonces las casas no tenían ventanas ni puertas, y si las había no se necesitaban o estaban siempre abiertas para que entrara el sol, la luz, el olor a felicidad y el calor de la vida. 

Por eso, ahora, el caminante sigue por sus pasajes y está en el otro Ciudad Jardín, en el de antaño, en el que lleva permanentemente en su memoria. Y escucha a sus hermanos Joselín y Carlos Juan, a sus amigos los cerepes, a las niñas del barrio y a sus padres cuando con un silbido llamaban al recogimiento tras haber disfrutado, como necesitan hacerlo los niños y los jóvenes. Este Ciudad Jardín ni siquiera huele a jazmines, ni a calas y ni parece que en el interior de sus casas haya algún que otro ramo de flores recogidos en sus jardines. 



    

jueves, 7 de septiembre de 2017

Del por qué de la música: Los Alcorac´s. (7.07.2017).







En 1963 aún éramos menores de edad. En Ciudad Jardín disfrutábamos de todas las oportunidades que se nos presentaba para divertirnos; y eran muchas. En nuestras casas los receptores de radio se convirtieron por obligación en los centros de atención de las familias. La televisión comenzó un año después a emitir programas nacionales, pero era muy raro que algún hogar dispusiera de una aparato que permitiera ver las imágenes de lo que pasaba por el mundo. Caminabas por las calles de Ciudad Jardín y, además de ver muchos niños y niñas, escuchabas música, siempre música; era por entonces un barrio muy alegre, con mucha vida.

Los antiguos alumnos del colegio Salesiano, en el lugar donde hoy están las oficinas parroquiales y en unos cuartos subterráneos desaprovechados, colocaron su sede y allí arreglaron un espacio para que pudiera ensayar una rondalla. Don Anselmo, un señor muy respetado y amable, llevaba la batuta. Era hombre dotado de una paciencia infinita para los aprendices. Recuerdo que vivía en la subida de Escaleritas, en aquellas casas que se construyeron al inicio de la barriada. Allí, en el sótano de colegio, iniciamos nuestros primeros pasos como músicos. Las guitarras, laúdes, bandurrias, panderos, timples, acordeones, palillos y hasta una armónica trataban de sonar al ritmo y compás que marcaba la órdenes y el pie derecho del maestro que hacía sonar, para que no perdiéramos el ritmo mientras tocaba su bandurria.

Con el tiempo y algún repertorio aprendimos los acordes y luego las canciones suficientes para enfrentarnos a algunas actuaciones como rondalla. No lo hacíamos mal, eso nos decían. Actuábamos en las fiestas del colegio y visitábamos casas de ancianos y esos lugares donde la alegría de la música sabe a miel. Con posterioridad, de forma paralela a la rondalla, creamos un invento afortunado llamado "tuna". Íbamos camuflados de universitarios, con unas capas estudiantiles y nuestras cintas y escarapelas. El objetivo era llevar la música a todos los restaurantes de la capital, donde el pandero hacía un recorrido final entre las mesas para recoger el agradecimiento en forma de monedas por llevarles las alegrías a los turistas. Gracias a eso íbamos escapando cada semana, pues las cosas en nuestras casas no estaban para grandes dispendios.



En 1965 recuerdo que un grupito de amigos, de aquellos músicos, tras la salida del ensayo, sentados en la esquina de la calle Alejandro Hidalgo con Leopardi, entonábamos canciones de The Beatles y algún que otro bolero. Ya los temas del grupo de Liverpool llegaban a través del Puerto de la Luz y de Las Palmas de Gran Canaria, traídos por la marinería inglesa y negociados por los cambuyoneros. Los hacíamos sonar en tocadiscos donde pegábamos nuestros oidos para escuchar bien la letra y sacar los acordes. No había otra fórmula pues no eran tiempos de internet ni de youtube. En el kiosko de la Plaza de las Ranas nos hacíamos con alguna que otra partitura, la verdad que no había en abundancia. Aquella noche los sonidos de "Love me do" o "Can´t buy my love" se mezclaban con los boleros de siempre, naturalmente de Los Panchos o Lucho Gatica. Un señor mayor que paseaba se paró y nos escuchó atentamente. Aplaudía cada tema y nosotros se lo agradecíamos. Cuando se marchó nos dejó un mensaje premonitorio: "Tómenlo en serio, hay madera y suena muy bien".

Aquellos años, en cada barrio de la capital y pueblos de la isla, había una banda de rock. Nosotros soñábamos por compararnos con los grandes del momento. The Beatles, The Rolling Stone, The Kinks, The Beach Boys y un largo etcétera sonaban en los receptores de nuestras casas y en los transistores que colocábamos en medio de nuestras reuniones. En España Los Brincos, Los Canarios, Los Bravos, Los Mustang tenían canciones que también nos encantaban. Así que puestos a imitar a los grandes decidimos comprar los aparatos para hacernos "famosos". Solo había un serio problema, los instrumentos para hacer aquella música costaban mucho dinero y nosotros solo contábamos con lo que podíamos obtener de nuestro trabajo como recolectadores de panderos.

Orbis era una tienda que estaba en Triana, pionera en venta de los primeros instrumentos electrónicos. Su dueño era don Manuel Santana Alonso. Pasábamos por allí constantemente. Al final hicimos un presupuesto de lo más barato y presentable. Tanto cansamos al propietario que el buen hombre nos prometió que si encontrábamos una aval nos permetiría pagarlos a plazo. Guitarras y bajo, amplificadores y una batería normalita que sirviera para llevar el ritmo. Marcas como Höfner para una guitarra, otra Fender, un bajo Framus y una batería Premier, además de tres amplificadores Hohner de los más sencillito del mercado. Don Recesvinto Trujillo Febles, presidente de los antiguos alumnos salesianos nos avaló la operación. Fue una gran alegría para los cinco que ya habíamos decidido formar la banda. Fundadores de Los Alcora´s fuimos: Jesús Pisos Suárez (DEP) (Jesús, primera guitarra) José María Blanco Sosa (Blanco: guitarra de acompañamiento o melódica, como se decía por entonces) Joaquín Nieto Reguera (Quino: bajo), Aurelio Cabrera (Yeyo: batería) y Jerónimo Gómez Martín (Jero: teclista).




 Recuerdo que el primer día llevamos los instrumentos a mi casa. Allí en una habitación del tecer piso, al lado de la azotea, iniciamos nuestros ensayos. Estábamos deseando actuar porque el mes se nos venía encima y la primera cuota de pago también. Pero veíamos que no era tan fácil como pensábamos. Los instrumentos eran distintos a los que habíamos usado y las cuerdas eran metálicas, lo que nos hacía apretar mas los dedos contra los trastes y nos salían continuas bolsas. No habíamos caído en otro gran detalle, necesitábamos un cantante pues solo nos defendíamos con voces. Al final se encontró la solución en tocar canciones instrumentales para salir del paso. Por fin llegó la hora de actuar. Tres actuaciones hicimos con resultados peores de lo que esperábamos. Pero, poco a poco, fuimos saliendo adelante y tocando en distintas salas y hoteles, lo que nos aseguraba el pago de nuestra deuda. Inauguramos la Sala de Fiestas de la Residencia Corintos y éramos asiduos de los bailes de la Piscina Julio Navarro, asi como en diferentes clubes, hoteles del sur y salas de fiestas de la isla.

En el año 1967  nos llegó la noticia de que en la Piscina del Club Natación Metropol se haría un concurso para bandas de rock (Jueves Juventud) y nos animamos a presentarnos. Allí acudirían los mejores grupos, sus componentes eran muy buenos amigos y de lo mejorcito que había en el mercado. De entre tantos Toba, Manolín Reyes, Manolín Guerra, Fito, Vicente Ferrera, Benjamín Domínguez...  Localizamos un local en la azotea del Real Club Victoria de las Canteras y allí pasamos tres meses de ensayo para preparar los temas que íbamos a presentar. Todas las piezas fueron instrumentales de The Shadows, Relámpagos, etc. Y con ese bagaje fuimos pasando fases hasta la final donde llevamos el tema Telstar  de The Tornados y Mercado de Esclavos de Jesús Pisos. Tuvimos la fortuna de ganar el concurso y ello nos abrió muchas puertas en toda Gran Canaria. Grabamos un disco como premio de aquel concurso, pero nunca salió a la venta por desavenencias en los porcentajes. Esas grabaciones se perdieron, desgraciadamente.

Actuación en C.N. Metropol la noche que ganamos el Certamen en 1967.

Para esas giras ya teníamos cantantes de plantilla que dejaron muy buena huella, Paco Espejo (El Nariz) que había dejado Los Filipinos se nos presentó un día por el local de ensayo. Cantaba con un gorro mexicano y un acento muy particular que encantaba. A su marcha, contratamos a Boro El Boca que tenía una voz de sueño muy parecida a la de Tom Jones. Ellos dos fueron los que más tiempo ocuparon el micrófono formando parte del grupo, dándoles a la banda un empaque muy considerable, pues los instrumentos funcionaban y con voces de primera ya no podíamos pedir más. Esos años fueron de sueño y con mucha demanda. Había trabajo para todas las bandas y aunque tuvimos que sacar un carnet de músicos para poder actuar, era tal el auge de la música en vivo en la isla, que trabajábamos todas las noches. Nunca disfruté tanto como aquellos años de los sesenta en los que la música formó parte de mi vida. Pero se presentó un problema: los estudios...

En el año 1968, mi padre, militar profesional, llegó a la conclusión de que aquella vida no era la que deseaba para su hijo menor, estudiante de magisterio —a tiempo parcial diría yo...—, así que cayeron los pelos que cubrían los hombros y la espalda y dejó de sonar la guitarra al alistarme en el ejército como voluntario. No solo perdí la cabellera, también una gira por Madeiras donde la banda actuó durante días, y se presentaron a un certamen logrando otro primer premio. La noticia me llegó a Hoya Fría donde estaba en el CIR pelado a rape y con los ojos llenos de lágrimas. La cartas de mis amigos no dejaban de llegar y el tiempo se me hacía interminable. Recuerdo la visita de mi amigo Yeyo (batería). Me miró y al verme con aquella pinta se le nublaron los ojos. Nos abrazamos y me puso al corriente de como iban las cosas en el grupo. Dos horas después estaba solo de nuevo y con mis sueños  puestos en Los Alcorac´s.

En esa época ya habíamos pagado todos los instrumentos y compramos material nuevo. Nos desplazamos a Santa Cruz de Tenerife y adquirimos un equipo nuevo. Amplificadores Coral (USA) que llamaban la atención por sus excelencias tanto en sonido como en acabado y presentación. Pagamos al contado y salimos de allí sin deuda alguna. Los malos tiempos habían quedado atrás.  




A mi vuelta comenzó el declive, Jero dejó la isla para ir con su familia a Fuerteventura. Su padre fue destinado a la isla majorera y él tuvo que partir con ellos. Le sustituyó Laureano Esteban Moreno (Lauro) amigo del barrio que encajó como era de esperar. Luego, Jesús Pisos abandonó la banda allá por el año 1969. Estábamos ante un gran problema, pues no íbamos a encontrar un guitarra como él. Fundador, compositor y con la fuerza y belleza de un líder nato con la guitarra. Y efectivamente así fue, jamás lo sustituimos y nos arreglamos con una sola guitarra.

En 1970, me despedí del grupo. Un contrato en el Hotel Don Juan llegó y animó a los amigos a actuar cada noche. Aguanté durante un par de semanas y me retiré. Ya no podía compaginar mi trabajo y la música. Creo que un año después se separaron y algún compañero siguió actuando por su cuenta en otras bandas e incluso orquestas. Yo mataba el gusanillo ensayando con Alfonso Pisos (DEP) que tocaba la batería y con Héctor Morales (Teclista) y naturalmente yo al bajo.

No sé si las cosas siguen igual, aquellos años fueron maravillosos. Hablo mucho con Toba y lo admiro por sus conocimientos y persistencia. Creo que continúa con las mismas ganas de siempre, tiene muy claro que la música es su vida y así la vive; es un ejemplo a imitar. Yo tengo claro que la música también ha sido parte de mi vida y me siento orgulloso de haber estado presente en el arranque de algo tan lindo que surgió en los sesenta y que, desde mi punto de vista, se tiene olvidado. Además, sigo siendo un gran admirador de los músicos y de ese arte que embellece y anima nuestros días. Por otro lado tengo un hijo músico que canta y compone. Es hombre de rock (heavy) y me enseña por donde van los derroteros actuales. Hijo de gato caza ratones...

No quería dejar la oportunidad de escribir estos recuerdos. Espero que les guste y entiendan que cada cual vive su vida como la ama, y esta fue la forma como yo la viví, cargado de amor por el rock y con ilusiones infinitas. 

 

 


 

 



 



  

jueves, 10 de agosto de 2017

Aquel perro llamado Mono (10.08.2017).



Hace unos días volví a ver «Siempre a tu lado, Hachiko» una película protagonizada por Richard Gere, en la que se escenifica la fantástica relación del personaje principal con su perro. Una bella historia basada en la realidad. Dicha historia me llevó a recordar a Mono, un can que los amigos del barrio de Ciudad Jardín encontramos en una cueva de la montaña de Cuatro Cañones, junto a tres cachorros más y que pensamos estaban abandonados, cuando quizá su madre había ido en busca de comida para criarlos. La verdad es que estaban algo famélicos y decídimos llevárnoslos. Fueron repartidos entre los presentes y portados a nuestras casas para que se criaran en los jardines, donde con toda seguridad estarían mucho mejor.

El perro fue bautizado como Mono por su comportamiento. Era vivaracho y llenaba de alegría a la familia. Era corto de patas y de rabo, bajo y escaso pelo de color cobrizo. Se crió muy bien a base de biberones que Carlos Juan se encargó de suministrarle. Además, se manifestaba con mucho cariño. Mientras fue cachorro jamás salió solo a la calle, aunque la cancela estuviera abierta, lo que demostraba que tenía capacidad para entender que fuera de allí podría tener problemas. Cuando creció se inició en las salidas y nos acompañaba en nuestras correrías, lo que le sirvió para conocer los alrededores y lugares de encuentro. Así que, frecuentemente, estando reunidos los cerepes en el Parque Doramas, apareciera por allí para unirse a sus dueños.

De esa forma fue como salió y comenzó a conocer mundo. Lo cierto es que en poco tiempo nos llamó la atención que llevara una vida tan cargada de misterios. Se marchaba y estaba días fuera sin que supiéramos donde residía.  Al principio nos preocupábamos, luego pensamos que pudiera estar compartiendo familias, pero con el tiempo comenzamos a recibir noticias de que tenía diferentes parejas con crías en algunos barrios de la capital. Nosotros, los hermanos,  bromeábamos con ello pues decíamos que el perro había aprendido de sus dueños.

Lo cierto es que su conducta, en general, estaba siendo muy especial, o sea, que fue dando motivos para que entendiéramos que estábamos ante un  perro poco común. A las pruebas me remito.

Mi hermano Joselín (Pepe Nieto), el mayor de los tres, alternaba por aquellos años con chicas extranjeras y además tenía un puñado de amigas en el barrio de Las Alcaravaneras donde algunas noches de la semana acudía a reunirse con ellas. Ya saben, aquellos grupos de jóvenes que por aquel entonces llamábamos pandillas.  A las nueve y media de la noche volvía a casa. Cada jornada, diez  minutos antes, aparecía Mono en la esquina de la plazoleta del Estadio Insular para recordarle que era la hora de volver. Hacían el camino de vuelta y, tanto uno como el otro, entraban en su hogar a la hora precisa. En este apartado del relato les contaré una anécdota de las tantas que vivimos en aquella casa y con el perrito como protagonista. Los fines de semana, estando todos aparentemente dormidos, Pepe Nieto salía por una ventana del jardín para acercarse a la Sala de Fiestas El Flamingo; al lado del Hotel Santa Catalina. No contaba con el beneplácito de nuestros padres, pero sí con el pacto con su hemano menor —que es quien les narra estos hechos— o sea, compinche interno que le  abría y cerraba la cristalera del jardín a las horas pactadas. Pues bien, Mono también lo esperaba en los exteriores del Hotel Santa Catalina para regresar a casa acompañado. La entrada para acostarse la hacía por donde había salido en el piso inferior. Así que a esa hora, para que me despertara, tiraba unas piedras pequeñas a los cristales de la ventana de mi habitación, en el segundo piso, asegurándose con ello la apertura y el poder dormir en su cama. Por cierto, aquella salida que usábamos tenía unas persianas de madera que obligatoriamente dejábamos abiertas toda la noche, pues chirriaban más de la cuenta y podían torcer la fiesta.  



Mi hermano Carlos Juan se lesionó en la cadera jugando al fútbol. Fue ingresado en el Hospital Militar en la calle Juan de Quesada en Vegueta, donde hoy se encuentra la sede y el paraninfo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. La ambulancia lo llevó y allí fue operado y pasó malos momentos como consecuencia de nefastas decisiones clínicas. Aquel día que se lo llevaron Mono corrió tra la ambulancia y desapareció. Contaba mi madre que cuando iba a quedarse con él en el hospital, veía frecuentemente al perro por los alrededores y se le acercaba para recibir las caricias y chucherías que ella le daba. Por nada del mundo consiguió que se separara de aquel lugar y regresara a casa pues, al final, siempre se le escapaba. Desde aquel día que se fue Carlos Juan, el perrito no volvió más a casa, hasta que su dueño, tras pasar por la Clínica Santa Catalina para una segunda operación reparadora de la anterior, regresó en la ambulancia. La llegada de Mono fue coincidente, ambulancia delante y él detrás moviendo su rabo de alegría. Fue impactante para todos nosotros.

Conmigo no tenía un trato diferente. Lo recuerdo acompañándome al Colegio Salesiano y esperándome en la puerta que da a la calle Alejandro Hidalgo para volver a casa a la hora de comer. Todos los chicos lo conocían y acariciaban, pero él sabía por qué estaba allí y para qué. Se preocupaba de todos los hermanos por igual.



Pasados los años y ya mayor, un día de esos que acostumbraba a marcharse regresó a casa malherido. Unos desalmados le amarraron unas gomas de bicicletas alrededor de su cuerpo y le prendieron fuego. Tampoco supimos nunca dónde fue y cómo pudo llegar el animalito hasta nuestra casa. Un vecino que era practicante (ATS) lo vió en la cancela y nos avisó. Las heridas eran horribles y para quitarle los restos de la goma que le quedó pegada a su cuerpo tuvimos que hacerlo con sumo cuidado. No mostró queja alguna y se dejó curar mansamente y sin mostrar signos de dolor ¡Qué mal recuerdo tengo de esa acción tan canalla! Las curas se perpetuaron en el tiempo. Cuando sanó de sus heridas externas acudía a la casa de su salvador y se acostaba en la puerta del jardín para esperarle. De esa forma le demostraba su agradecimiento. Sus salidas se limitaron para siempre a ese corto recorrido entre ambas casas. Ya no iba de correrías ni a buscar a sus dueños. Estaba desilusionado con las personas, pues aquellas heridas fueron muy dolorosas para él. Se le veía triste y sin ganas de vivir. Cuando mejoró Carlos Juan habló con nuestro padre para dejarlo unos días y mientras se reponía en la azotea de la casa, pues teníamos miedo a que volvieran a hacerle daño. Así se hizo durante un tiempo. Una noche de festejos sonaron los fuegos artificiales y el perrito se asustó, se subió al muro de la azotea y se tiró al jardín. A la mañana siguiente lo encontramos acostado debajo de unos geranios con aquella mirada tan especial que ponía de no haber roto un plato. Él se diría ante nuestro asombro: "No es nada, simplemente me he lanzado al vacío desde un tercer piso..." 

A los pocos meses, se fue al mismo lugar donde vamos todos cuando acaba nuestro ciclo. Para nosotros fue muy injusto e impactante que viviera de esa forma tan cruel y triste sus últimos días.

En su memoria, he dejado constancia de su presencia y nombre en uno de mis libros (Chicho). Allí entre sus páginas está el recuerdo a nuestro fiel y querido amigo Mono.  

  



 


     

 

lunes, 5 de junio de 2017

Desde las sombras (05.06.2017).


El chico se sentaba en la cancela cuando llegaba la oscuridad. En aquellos tiempos la luz no había llegado a la calle de Ciudad Jardín. Así que cuando el día se despedía, todo eran sombras. Pero él la silueta que esperaba era la de su padre que regresaba siempre a oscuras. Lo conocía por su andar y el cigarrillo Vencedor moviéndose en su mano derecha al ritmo de sus pasos. El corazón le daba un vuelco: «Por fin» se decía. Una caricia con los dedos entre sus pelos y un «Hola Quinillo, ¿me esperabas? Sin más, le daba la última calada al cigarrillo para luego apagarlo:«Vamos adentro, anda que aquí hace frío» y el chiquillo se agarraba a la cintura de lo que dejó de ser sombra para convertirse en sí mismo.

viernes, 3 de febrero de 2017

La casa abandonada (03.02.2017).

"La Casa abandonada". Capítulo del libro "La Banda del Cerepe y Hurto en el Zoo del Parque Doramas" de Joaquín Nieto Reguera; publicado por Cíclope Editores (2011). Colección Doramas (Nº2).


Ciudad Jardín fue siempre una zona residencial. Allí vivían familias canarias adineradas y muchos extranjeros, sobre todo ingleses. La mayor parte de las casas eran mansiones coloniales que lucían hermosas entre jardines muy cuidados y donde correteaban los niños y sus mascotas, en caso de los ingleses unos perros alargados que arrastraban sus orejas por el suelo y a los que los chiquillos llamaban salchichas. Sus dueños eran empresarios, profesionales liberales y diplomáticos que elegían el lugar buscando tranquilidad.
Algunas de aquellas mansiones quedaron con el paso de los años como lugar de vacaciones, pues sus dueños volvieron a sus países de origen para luego regresar en los meses de invierno y disfrutar del buen tiempo de la Isla. Y otras quedaron deshabitadas. Tal era el caso de la casa abandonada situada en la Calle Rafael Dávila. Los cerepes la llamaban así pues permanecía cerrada y eso daba lugar a que los miembros de La Banda la visitaran continuamente adueñándose de ella y haciendo uso de todo lo que encontraban.
Al día siguiente del paso por el subterráneo, un domingo de calor insoportable, los jóvenes tardaron en reunirse frente al Hotel Las Palmeras. Sólo Toni el Morocho y Gavi llegaron fieles a la cita ocupando el murito que daba paso a la entrada de las oficinas.
—Estos no vienen y perdemos la mañana —dijo Gavi con gesto de no gustarle la tardanza de sus amigos.
—Estarán descansando de haber dormido la noche... —bromeó el Morocho.
—Ya tú ves, pues hoy era el día perfecto para ir a darle una vuelta a los pichones de la casa abandonada —Gavi cambió la conversación—. Al menos una docena podríamos traernos y llevarlos mañana al Mercado del Puerto para ganarnos unas pesetas.
—¿Y qué problema hay en que vayamos los dos, hacemos el trabajo y nos compartimos las ganancias? Seguro que tocamos a más... —propuso Toni.
—Por mí, de acuerdo. Pasamos por mi casa y cogemos una de las jaulas. Después, a la vuelta podremos llevarnos los pichones a mi azotea, los metemos en el palomar y mañana vamos temprano como un tiro a venderlos —sentenció Gavi.
—Pues andando y que la gente siga durmiendo...
Mientras cruzaban Ciudad Jardín iban recordando cuando entraron por primera vez en la casa abandonada. Habían observado la ausencia de personas en la vivienda y llevados por la curiosidad decidieron saltar la valla y atravesar el enorme jardín para entrar. Se encontraron con una gran mansión. Toda ella era de madera. La planta noble, donde se ubicaban los salones, despachos y comedor, estaban abiertos al exterior a través de terrazas que daban al jardín donde había una piscina, en aquel momento vacía. Una escalera de servicio conducía a un sótano donde estaban la cocina, la despensa y una bodega. Frente a la puerta principal, una ancha escalera con barandales metálicos daba paso a la planta con ocho habitaciones y sus respectivos baños. En el piso superior estaban los aposentos del personal de servicio, una zona tan amplia como la baja y con tantos cuartos como la inferior, pero que sólo disponía de dos aseos, uno para hombres y el otro para mujeres. Desde allí se podía acceder al cobertizo sin ventanales donde anidaban las palomas. De los pichones se escogían aquellos que ya comían solos y estaban punto de arrancar el vuelo. Esas eran las condiciones que exigía el puestero del Mercado para quedárselos.
Aquella primera vez que entraron en la mansión pasaron mucho miedo. No sabían que podrían encontrase. A ello hubo que añadir los ruidos de las pisadas sobre la tea y un cierto tufillo a antigüedad y por tanto a misterio. Todo ello hacía que les temblaran las piernas cada vez que se movían pausadamente e intranquilos.
—Esta vez va a ser distinto... —dijo Gavi sonriendo.
—Eso espero. Hemos entrado tantas veces y nunca ha pasado nada que no entiendo porqué no va a ser igual —aseveró el Morocho dejando claro que no tenía dudas sobre lo que pudiera suceder.
Pero una vez dentro de la mansión Gavi volvió a percibir las mismas sensaciones que obtuvo en la primera visita. Miró a su amigo y estuvo a punto de decirle que desistieran, pero aquel inició el ascenso por la escalera sin darle oportunidad alguna y sin que le quedara otro remedio que seguirle. Subieron con premura hasta que se pararon en la puerta del vestíbulo para abrirla lentamente y no asustar a las aves que estaban echadas en los nidos o que daban los primeros pasos por el suelo del habitáculo. La tarea se hizo con eficacia. Enseguida cogieron ocho lindos pichones de diversas parejas y colores. Después, cerraron la puerta e iniciaron el descenso compartiendo el peso de la jaula que llevaban agarrada por un asidero de cuerda lo suficientemente ancho para que cupieran sus manos.
Gavi había perdido sus temores y estaba mucho más relajado mientras bajaban, pero tanto a él como a su amigo los corazones les dieron un salto cuando en el vestíbulo principal les esperaba, cerrándoles el paso un hombre que con cara destemplada, con los brazos en jarras y con dureza en su voz, les interrogó sobre lo que estaban haciendo:
—¿A dónde van con esas palomas? —el individuo tenía una gran estatura, una espesa barba y su apariencia era la de un mendigo pues su desaliñado aspecto así lo delataba. Los chicos se pararon y cruzaron una mirada de perplejidad ante la situación que se les había presentado y que debían superar.
—Cada mes venimos a llevarnos nuestros pichones —dijo lo primero que se le ocurrió el Morocho.

                               Imagen original del libro realizada por el  Ilustrador José Socorro.
—¡Sus pichones, sus pichones...! —repitió el hombre elevando el tono de la voz—, querrán decir mis pichones, pues de ellos me alimento. Y, además, esta casa es privada. Es mi casa, yo la habito desde hace mucho tiempo ¿Cómo se les ocurre venir aquí a romper la intimidad y a apoderarse de mis propiedades?
Aquellas últimas palabras no gustaron a los chicos. Estaban seguros de que su interlocutor mentía pues conocían muy bien el tiempo que la casa llevaba vacía.
Pero no era cuestión de desmentir sin saber qué tipo de personaje era aquél y cómo podía reaccionar, así que Gavi tomó la palabra para tratar de apaciguar sus ánimos:
—Decimos que los pichones son nuestros porque las palomas lo son. Se trata de palomas anilladas por nosotros, que pertenecen a nuestros palomares y que no regresan pues vienen a criar aquí ya que así se han acostumbrado. Hace mucho tiempo que venimos a llevárnoslos.
El hombre se quedó pensativo durante unos segundos pero rápidamente reaccionó contestando en el mismo tono de acritud que antes había empleado:
—Parece lógico lo que dicen, pero no me van a engañar pues no todas las palomas están anilladas, un buen número de ellas no tienen marca de propiedad y son salvajes.
—Bueno —intervino Toni apoyando a su amigo-, Usted tiene razón, algunas son salvajes pero sólo aquellas que siendo pichones nosotros no las hemos escogido para nuestros palomares porque no son bonitas o tienen defectos en el plumaje...
Los chicos notaron como el hombre había encajado sus razonamientos, pues bajó los brazos de su cintura y optó una pose más relajada. Inmediatamente se acercó al escalón bajo y apoyando su brazo izquierdo en el barandal les dijo:
—Bien, parece que dicen la verdad. Bajen, hablemos y seguro que llegaremos a un entendimiento.
Los chicos respiraron tranquilos e iniciaron el descenso. Luego, los tres se sentaron en el suelo del vestíbulo enfrascándose en una larga conversación, que a medida que pasaba el tiempo se iba haciendo más sincera y entrañable, lo que acabó por romper la mala impresión del principio.
A lo que sí llegaron rápidamente fue a la conclusión de que aquel hombre era todo un personaje con una historia muy singular. Dijo llamarse Alfredo y haber cumplido los cuarenta y cinco años aunque aparentaba tener menos edad. Desde muy joven había dejado los estudios y su hogar para viajar por el mundo, pues esa fue siempre su ilusión. Había visitado todos los continentes y trabajado en miles de trabajos circunstanciales con el único objetivo de financiarse la siguiente aventura. A la vuelta de uno de esos viajes, al verse sin posibilidades económicas decidió alistarse en La Legión. Según comentó a sus nuevos amigos había estado en las refriegas de las colonias españolas en África y cansado de la vida militar había decidido licenciarse para no tener que tomar nunca más las armas en sus manos.
Después de ese buen rato Alfredo les pidió dos pichones a los chicos para el almuerzo y mucha discreción sobre su estancia en la mansión abandonada, pues según argumentó no quería que nadie le viniera a molestar ni a compartir hogar, pues se encontraba muy cómodo en la soledad. Ellos le prometieron el silencio más absoluto y que seguirían visitándole con más asiduidad para charlar y conocer aspectos de sus aventuras, así como para llevarles algo de comer. La despedida fue muy amigable.
Los dos amigos salieron sonriendo de la casa pues había cumplido sus expectativas. Se iban, además, satisfechos por la nueva amistad, pero cuando dejaron atrás la calle Rafael Dávila se encontraron con una nueva sorpresa, pues un despliegue muy grande de la policía militar ocupaba la calle contigua. Entonces, no tuvieron tiempo de intercambiar palabra alguna pues dos soldados muy fornidos los tomaron por sus brazos y en volandas y con la jaula incluida fueron llevados ante la presencia de un mando que estaba sentado en la parte delantera de uno de los jeeps allí estacionado.
—Estos son los chicos, mi teniente —dijo uno de los soldados.
El mando descendió del auto con parsimonia y los miró de arriba abajo. Los dos amigos, hijos de militares acostumbrados al ambiente militar notaron de inmediato que por su juventud se trataba de un oficial de academia. Éste, tras el ritual de amedrentamiento les preguntó:
—¿Qué fuisteis a hacer a esa vivienda?
—A pescar, es que no nos ve. Y haga el favor de decirles a sus soldados que nos quiten las manos de encima —les dijo el Morocho rotundamente. Una cosa era encontrarse de improviso con un desconocido en una casa abandonada y otra muy distinta moverse entre militares, algo que toda la vida habían hecho.
—Me parece que os la dais de listillos. ¿Sabéis con quién estáis hablando? —prosiguió con su táctica.
—Quien no sabe con quiénes está hablando parece ser usted. Le repito lo que le pidió mi amigo. Haga el favor de decir a sus soldados que nos quiten las manos de encima o tendrá que dar explicaciones a nuestros padres en el regimiento —le dijo Gavi en el mismo tono que había empleado el militar.
El joven teniente captó inmediatamente el mensaje y supuso que la información que los chicos le habían mandado no podía ser improvisada, así que hizo una indicación a los soldados y una vez que fueron liberados continuó con el interrogatorio:
—Luego hablaremos en el regimiento con quien haga falta, pero ahora es necesario que me digáis con quién os habéis encontrado en esa casa abandonada.
—Con nadie —dijo rápidamente Toni—, la casa, como usted dice está abandonada.
—Quiero deciros chicos que os podéis meter en un buen problema si no colaboráis con nosotros. Si sois hijos de militares estáis obligados a ayudar y a no dar un disgusto a vuestros padres ¿Este hombre que veis en la foto es un prófugo, así que os repito: ¿Está en la casa? —el teniente les enseñó una foto de Alfredo. Iba vestido de legionario y de su pecho colgaban dos condecoraciones que ellos conocían muy bien: La Laureada y la de San Hermenegildo. Su amigo se trataba, por tanto, de un soldado ilustre.
—No hemos visto a nadie, esa casa lleva muchos años vacía. Y con ese militar no nos hemos encontrado —Gavi se aseguró de ser rotundo y no dejar dudas que pudiera llevarles a desconfiar de sus palabras-. Es más un profesional con esas condecoraciones no puede ser un prófugo, así que está perdiendo el tiempo. Allí no hay nadie...
—Bien, que los chicos no se muevan de aquí, luego veremos en qué queda todo esto. Avisad a los otros que vamos a entrar. Los chavales están mintiendo y el vecino que llamó a la Policía Armada lo ha identificado. Iremos con cuidado pues es probable que esté armado —dijo el teniente con autoridad. Los chicos se cruzaron una mirada y no les hizo falta decirse nada. La situación era crítica para su amigo.
Se quedaron en silencio mientras veían como los soldados seguían a su teniente muy pegados a las fachadas de las casas. Cuando llegaron a la cancela fueron saltándola uno a uno en silencio. La espera se hizo interminable, pero a los pocos minutos aparecieron de nuevo, pero esta vez con Alfredo. Lo llevaban a la carrera, esposado y rodeado de todos aquellos que habían intervenido en la operación. La escena era terrible pues el reo no podía correr a la velocidad que imponían sus captores y en varias ocasiones tuvieron que arrastrarlo.
Muy pronto llegaron a la altura de los chicos. Estos no salían de su asombro. Tenían la esperanza de que pudiera burlar el asedio, pero no hubo suerte y allí estaba el detenido. Alfredo los miró de reojo al pasar y ellos comprobaron su tristeza. Ahora, vendría lo peor, pensaron, tener que enfrentarse a la reprimenda de sus progenitores. Todos se fueron a los jeeps y una vez que fue introducido en el auto, los mismos soldados que llevaron en volandas a los chicos volvieron para acercarlos al coche. Allí el oficial le preguntó a Alfredo si los había visto en la casa. De nuevo, les volvió la preocupación pero esta vez unida a ligeros temblores en las piernas
—Los vi entrar, pero ellos no me vieron. Vinieron a buscar pichones. Cada mes lo hacen —la respuesta llenó de alegría a los jóvenes, si bien no lo reflejaron, sólo Toni se dirigió al oficial para decirle:
—Le queda claro, teniente. No le hemos mentido, por tanto nos vamos, si bien sería mucho más humano que tratara con más respeto a un militar mucho más galardonado que usted y del cual tendría mucho que aprender.
Al teniente se le sonrojaron los cachetes y atropelladamente se dirigió a ellos para despedirlos:
—Venga, largaos de aquí, no me hagáis cambiar de opinión y hacer que os tenga que llevar con vuestros padres para que os enseñe modales...
Pronto la calle quedó vacía, sólo un vecino que había visto toda la operación aplaudió el paso de la comitiva. Gavi y Toni se miraron y no fue necesario que dijeran nada, aquel personaje había sido el delator. Tendrían tiempo de pensar en ello. Emprendieron el camino a casa sin hablar y sin poder quitarse de la cabeza lo ocurrido. Estaban apenados por la suerte que podría correr aquella persona que con el tiempo había comprendido lo negativo del uso de la armas y aunque en parte les había mentido, demostró tener muy buenos sentimientos, lo que les llenaba de consuelo.